Tras los perros de rastro. A traílla con el Cantábrico de fondo

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Tengo que reconocer, sin negarle la mayor a mi querido y reseco terruño manchego, que Asturias me tira, como se suele decir, y sin que nadie se ofenda, más que a un tonto una tiza. A la mínima de cambio, ya estoy en danza por Cudillero o Luarca. En este caso concreto, la excusa era más que justificada: una jornada de caza de jabalí con perros a traílla. ¡Vamos, cómo para pensárselo!

En cuanto me lo propusieron Adolfo y Rafa –Rafael González Muñiz, nuestro querido amigo y director de la revista de caza, asturiana cien por cien, Orbayu Naturaleza, y del programa de la Cadena Cope del mismo nombre– me faltó tiempo para cruzar el Negrón, esa tremenda frontera natural en forma de túnel que separa Asturias de Castilla, y lanzarme cuesta abajo, entre las cumbres de la Sierra de los Grajos, Peña Ubiña o Brañalavera, engalanadas como novias por jirones de niebla, camino de Vetusta, la románica, modernista y hermosa ciudad de Oviedo.

POR LAS CUMBRES DE SANTA ANA
La cita era, al lado de Cudillero, en el Maribel, restaurante de cazadores por excelencia en el que se juntan las cuadrillas y en el que se hace honores a unas de las mejores fabes con jabalí de todo el Principado. Los ladridos de los perros en los remolques, nerviosos por dar rienda suelta a sus ancestrales instintos rastreadores, denotaba la presencia de sus dueños en la barra del bar haciendo acopio de fuerzas para la dura jornada que se estaba preparando. Aunque la mañana despuntaba radiante, las cercanas cumbres, renegridas por la niebla, auspiciaban que no iba a ser nada fácil.
Amanecía por las cumbres de Santa Ana con la cuadrilla –Emilio, Ángel, Rafa, Roberto, su padre, o Adrián y Rodri, sus hermanos, entre otros– al completo colocando las traíllas a los protagonistas del día: los perros de rastro. Varios grifones astur cántabros, grandes azules de Gascuña, grifones azules, también franceses de Gascuña, y sabuesos españoles, nobles animales con buen oído, mejor ladra y magníficos vientos, capaces de rastrear hasta la extenuación, durante horas y horas, cualquier atisbo de rastro de jabalí –despreciando el rastro de corzos o zorros, entre otros, en un monte espeso y realmente duro, con el lecho plagado de ramas desgajadas de eucalipto, enormes helechos y tremendos y amenazadores espinos–, al que después, una vez localizado y cercado, son capaces de levantar, como la mejor de las rehalas, realizando, si es necesario, la parada hasta que llegan los monteros.
La cuadrilla se dividió en dos. El objetivo estaba muy claro: situar exactamente al jabalí en su reciente encame, justo después de la amanecida, para evitar que pudiese volver a pasar por el mismo rastro y así despistar a los perros. Unos monte arriba y otros monte abajo, cada cual ¡a cumplir con su objetivo!

ORGANIZACIÓN Y SEGURIDAD
No tardaron, apenas unos minutos, los perros en dar con el primer rastro. Sus ladridos, y su tirar con ahínco de sus trailleros, delataban su intensidad. Rascaderos, bañas, comederos y, sobre todo, patadas, (huellas) indicaban la dirección seguida por los guarros, que, en un primer momento, parecen haber tirado monte arriba. Cortamos el monte para llegar hasta la salida y comprobar que, efectivamente, allí no estaban. Lo más probable, seguro, es que el rastro que encontramos de entrada no fuese sino todo lo contrario, de salida y habrían escapado monte abajo. El suelo, frondoso y con una buena cama de helechos impedía ver bien la dirección de las patadas. La comunicación por los trasmisores con los otros miembros de la cuadrilla así lo indicaba: lo han localizado en la parte baja y, por lo que creo entender, ya lo tienen ubicado. Me llamó la atención un hecho curioso. A pesar del frescor matutino, casi frío si no fuese por el esfuerzo realizado, los perros muestraban en sus caras la fatiga por el tremendo esfuerzo realizado, sus largas lenguas delataban un jadeo constante y se revolcaban, imitando a otras bestias, por el suelo. Ante semejante incógnita, fruto de mi desconocimiento, interrogué con la mirada a Rafa que de inmediato me explicó que lo hacen para refrescarse con el rocío mañanero de la hierba. Me parece admirable.
Cortamos de nuevo el monte, a toda leche y por la zona más dura, hasta llegar a los coches. Por caminos muy bien preparados y perfectamente transitables, pero que es necesario conocer a la perfección, nos precipitamos monte abajo hasta el límite de un hermoso prado colindante con una espesa hondonada por la que, después, pude comprobar que discurría un apacible arroyo. Allí estaba el resto de la cuadrilla con los perros impacientes por lanzarse tras el jabalí. Llegaba el momento cumbre.
Como si de un cónclave solemne se tratase, el jefe de cuadrilla sondeó la opinión de todos y entre todos determinaron la situación del encame, las posibles piezas –un guarro grande con su escudero– y los distintos emplaces de los miembros de la armada, a los que, siguiendo un orden riguroso establecido al principio de temporada, les correspondía disfrutar del lance final para el que se había preparado todo aquel espectacular ‘ritual’. Discutieron los posibles escapes, el lugar en el que realizar la suelta y sobre todo, las instrucciones de seguridad, impartidas por el jefe de cuadrilla, para evitar posibles enfiladas. Y los perros… ansiosos e impacientes, esperando la suelta.
El proceso de colocación de la armada se produjo con bastante celeridad, la mancha, o mata, como aquí se la denomina, era pequeña y, tras colocar los collares, nos encaminamos hacia la suelta. Buscamos un acceso fácil para descender y vadear al arroyo y nos metimos en la espesura. Por la zona que transitábamos, paralela a donde yo imaginaba que estaba el encame, no era demasiado tupida y se podía seguir bien a los perros, aún atraillados. Cuando llegamos al lugar señalado, si pensarlo dos veces, se produjo la suelta.

LA SUELTA Y EL LANCE
Aunque, según me comentaron después, hay varias formas de realizarla –se puede lanzar un perro puntero que sea capaz de latir en espera, es decir que no se lance sobre el guarro en cuanto llega (porque lo puede destrozar), o se puede, incluso, entrar en la mancha con los perros en traílla, hasta el mismo lugar del encame, y soltar allí, con la correspondiente dificultad de tener que atravesar las mancha, sobre todo si es tupida y espinosa, aguantando a los perros que tiran como demonios; en este caso concreto se lanzaron los perros a una y se perdieron con premura por la mancha. Tras colocarme detrás de una escopeta, en una gatera natural por la que había posibilidades de escape, escuchamos las ladras uniformes de los perros que se trasformaron en aullidos tras latir al cochino. Un silencio tenso, y muy hermoso, se apoderó del bosque. Una brisa muy ligera y agradable, que supuse gélida en los lances de cumbre en pleno invierno, refrescaba las frentes sudorosas y ayudaba a controlar el resuello.
Por desgracia, para mí y, sobre todo, para mi compañero y protagonista de puesto, los aullidos de los perros eran cada vez más lejanos. Una mirada de resignación confirmaba mis peores temores, el guarro había roto por cualquier sitio menos por el nuestro; concretamente, y lo supimos después, por el lado contrario de la mata. La expectación se fue diluyendo y, un tanto arrebujados, porque empezaba a hacer frío, nos fumamos un cigarro y confiamos en que algún otro tuviera mejor suerte. Y la tuvo porque, tras un largo silencio, en realidad no había pasado más de media hora, escuchamos dos zurriagazos que rindieron honores a un magnífico cochino y al noble, leal y sufrido trabajo de unos perros que habían cumplido con su trabajo a la perfección.
Aunque con las expectativas del lance había perdido toda la perspectiva de lo que había sucedido con los trailleros, después me explicaron que desde el momento de la suelta cada uno sale hacia una posición determinada –por supuesto con todas las medidas de seguridad– de posible salida de los perros. Culminado el lance comenzaron a escucharse los gritos de llamada y, con el apoyo de las emisoras, se realizó con bastante rapidez la recogida, a pesar de que alguno, posiblemente siguiendo otro rastro, tardó un poco más en volver.

¡AY, ASTURIAS…!
Las cervezas fresquitas en el Maribel, las anécdotas y los comentarios del lance, la alegría, porque todo se había desarrollado perfectamente, sin ningún contratiempo, con seguridad y con éxito, y, sobre todo, el aroma a las fabes con jabalí que se trajinaban en la cocina, reconfortaron cuerpos y almas logrando esa paz, tan necesaria, de espíritu que se logra con el trabajo, y el disfrute, bien realizado.
En los remolques, aún jadeando, con sus largas lenguas de fuera y sus largas orejas empapadas por el sudor, los grifones, azules y sabuesos, también disfrutaban de un merecido descanso.
Por la cuerda de Santa Ana el sol doraba los hermosos bosques y verdes prados de esta bendita tierra asturiana. Y a sus pies… el Cantábrico meciendo a Cudillero. ¿Se puede pedir más?

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