Un arrendajo en la oliva

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Por Carlos Ruiz Merello

No queda duda alguna sobre las sensaciones y lo cercana que se siente la naturaleza durante una espera. Los sentidos se agudizan y los sonidos del monte se convierten en música que acelera el pulso y tensa los nervios cuando el guarro entra en la baña.
Es muy posible que la mayoría de los cazadores de hoy día, encuentren la espera como una de las modalidades de caza más aburridas.

Quizá esto es debido a que el porcentaje de éxito es bastante bajo, salvo en cercones o fincas con mucha densidad de caza. Recuerdo cuando era pequeño e hice mi primera espera con una escopeta del 20, encima de un olivo. Mi padre me dejó allí durante tres largas e interminables horas; no vi nada y me aburrí una barbaridad.
No saqué nada positivo de aquella experiencia. Sin embargo, reconozco que hoy día es la modalidad de caza que más me gusta y más practico.
Una de las cosas que más me apasiona de las esperas, que en ocasiones desespera, es el bajo porcentaje de éxito. Precisamente eso, la dificultad las hace más apasionantes. Cuanto más nos cuesta conseguir algo, más mérito tiene lo conseguido. De hecho, cuando cazas un guarro de espera, aunque no tenga la boca que deseabas, te acuerdas de ese lance para siempre. Supongo, aunque no tengo experiencia al respecto, que hacer esperas en cercones en los que entran guarros absolutamente todos los días, que te ven y no se asustan porque están acostumbrados a verte, debe ser muy poco emocionante y satisfactorio.
Existe otra razón por lo que la espera es una de las modalidades de caza que más me gusta y que la diferencia del resto. En una espera, cuando ha pasado una hora desde que estás encima del árbol, el cazador está completamente integrado en el monte de los guarros, corzos, arrendajos, etcétera… y salvo que el viento sople mal, éstos no se percatan de la presencia del cazador, comportándose como lo hacen todos los días. Es fácil entonces, que se presenten algunas gratas situaciones como que una torcaz se coma el maíz del comedero, unos corzos que correteen bajo la atenta mirada de su madre, un que ratón trepa por un tronco… y el cazador observa todo desde lo alto de un árbol sin que ninguno de los anteriores lo sepa. Saber disfrutar de esta situación es lo que hace que la espera no sea, en absoluto, aburrida.
En definitiva, la espera es menos tediosa si nuestro objetivo no es sólo conseguir cazar un animal, sino disfrutar de la naturaleza y sentirse por unas horas parte de ella.

AGUZANDO EL OÍDO
Es la espera la modalidad de caza en la que el oído del cazador más trabaja para adivinar, cuando cae la noche, qué es lo que está ocurriendo a su alrededor, en plena naturaleza.
El silencio de la noche sin vehículos transitando por los caminos, sin pájaros piando, sin tráfico en las carreteras cercanas, te permite oír cómo un cochino levanta un canto a lo lejos, cómo un corzo ladra, cómo un cárabo marca su territorio o, si tienes suerte, cómo un guarro se aproxima lentamente.
De hecho, es fácil distinguir qué animal se está aproximando: un guarro, una guarra con rayones, una piara, un corzo, una cierva, un venao…
Si oyes durante tu espera cómo un jabalí se aproxima, es tu día de suerte. Puede pasar mucho tiempo desde que lo oyes, hasta que entra al comedero o la baña. El guarro no tiene ninguna prisa, no ocurre como en las monterías en las que está apretado por los perros y no tiene tiempo de indagar si todo está en su sitio.
En las esperas, un guarro, sobre todo si es ‘el guarro’; dará vueltas alrededor del comedero buscando un olor diferente; algo que no esté en su sitio y parece como si estuviera esperando que cometieras un error, un movimiento inoportuno que hace crujir una rama o que el cañón de tu rifle golpee tu silla y suene un simple ¡tinnn!
Por fin, después de tres horas colocado en tu puesto, después de haber estado estudiando el comedero durante semanas, después de haber hecho ya varias esperas sin éxito, el guarro está entrando. Tú esperas; no haces ruido; no hay viento, todo está en calma… El guarro ha entrado el día anterior, pero nada te asegura que llegue a comer en tu comedero o bañarse en la baña.
En cualquier momento puede percibir algo extraño, desconfiar y volver al monte a seguir dando vueltas. ¡Cuántas veces ha estado uno a escasos metros del puesto que hasta hemos tenido que controlar nuestra respiración por miedo a ser oídos, para que al final el cochino salga sin hacer ruido a buscar refugio en el espeso monte!
Por eso, si consigues cazar ese guarro, quedas satisfecho y lo recuerdas para siempre.
La espera, no es mejor ni peor que otras modalidades: es diferente. He explicado algunas características que la hacen distinta del resto, pero habría muchas más.
Y, quizá falte la más importante, aunque no se si le sucederá a todo el mundo: ¡cómo late el corazón cuando estás de espera y un guarro está entrando al comedero! Es diferente a todos los demás latidos.

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