La Espera

encinas
Una tarde de finales de mayo. Son las siete y media. Me encuentro encaramado en lo alto de un gran alcornoque encima de unas tablas sujetas a la trifurcación de las ramas principales. Es un árbol centenario situado en la suave ladera orientada al suroeste de una colina poblada de verde jara todavía manchada con el blanco de alguna flor tardía, amarillos espinos, morados cantuesos, arbustos y árboles característicos de los Montes de Toledo.

Por Ignacio Gallastegui
Estoy en campo abierto sin alambradas que lo acoten. Doy vista a un clarito en el que, atado a un chaparro, hemos colocado un comedero con maíz. Los últimos días hemos observado las huellas de un jabalí de considerable tamaño. No hace falta comentar la incierta ilusión que me sujeta ahí arriba.
Desde mi atalaya observo un bello paisaje en el que el color verde de las praderas y las siembras comienza a ceder al amarillo pajizo característico del verano. El sol calienta aún con fuerza, pero una recia brisa se compadece del cazador templando el ambiente. Los olores de la primavera ascienden  hasta mi altiva posición. Las encinas muestran sus nuevos y frescos brotes primaverales.
La atmósfera se presenta inestable con amenaza de tormenta. De cuando en cuando caen pesados goterones que chocan contra el suelo marcando su situación. Este año ha sido generoso en lluvia y el campo lo agradece vistiéndose con sus mejores galas. Los arroyos aún corren alegres aliviando la sed de las tierras y sus habitantes. Especialmente ciervas y corzas recién paridas.
Escucho los trinos y alardes de los pajarillos que alegremente vuelan a mi alrededor. Identifico al ruiseñor, de vez en cuando un mirlo, y muchos otros que no sé etiquetar. En ocasiones, el vuelo a reacción de alguna pareja de torcaces que, como arriesgados pilotos, surcan el cielo a gran velocidad demostrando su pericia.
El aire arrecia generando incertidumbre. Las nubes se forman y se disipan continuamente. Parece que la atmósfera no acaba de decidirse. Lentamente la sombra de mi alcornoque comienza a alargarse delatando el movimiento del sol hacia su ocaso. Esta noche tendré luna creciente, casi llena. Unas perdices se llaman con su peculiar lenguaje. Año tras año sobreviven en esta zona tan hostil para ellas.
Pasa el tiempo y los pájaros van ocupando su lugar en los ramajes. Comienza a llamar el autillo. Es un canto crónico. Escucho unos ladridos lejanos. Son unos mastines que cuidan una pequeña finca cercana. El aire transporta su sonido.
Silencio. Pronto a mi espalda aparece la luna. Se muestra pletórica, hinchada de luz. La humedad del ambiente actúa de filtro creando un sutil velo que atenúa su brillo. Su ascensión genera un aire especial que me recuerda la brisa marina.

La noche se impone
lunaPor fin todo se detiene y la quietud de la noche se impone en el paisaje. Silencio. Silencio… nada se mueve. Me recuesto en los tablones y dejo volar mi mente. Me siento en paz e íntimamente unido a mi entorno. Formo parte del paisaje. Soy un habitante más del robusto alcornoque. Inmerso en la naturaleza me siento individuo, me siento más persona. Me acompaña la soledad. ¡Discreta compañera!
Transcurren lentamente los minutos. El tiempo se estira. Las agujas del reloj se mueven con gran dificultad. Parecen cansadas. Refresca. Me echo la manta y me ajusto bien la ropa. Son las doce. Me relajo de nuevo. Acuso cierto cansancio. La situación no es precisamente cómoda. Me pregunto una vez más… ¿Me dará plantón este guarro? Repaso la situación… ¿Habré cometido algún error? ¿Habrá olido mi rastro? ¿Cuánto tiempo seré capaz de aguantar? Llevo casi cinco horas.
De repente me siento un excéntrico y no poco ridículo… ¿Cómo es posible que me haya colocado voluntariamente encima de un árbol, solo, en  medio del campo y en situación tan incómoda? ¿No sería mejor estar disfrutando de una agradable tertulia con un grupo de amigos alrededor de una buena mesa o tomando una copa en algún garito de moda? Debo de estar chalado… ¡Craack…! ¡Craack…! Silencio. ¡Craack…!
¡Se evaporan mis elucubraciones! Mis músculos se tensan, mis sentidos se agudizan al máximo, se me olvida el cansancio, escucho mi respiración algo acelerada. Me esfuerzo en controlar mi ansiedad. ¡Quieto! Quieto… quieto…
Se acerca entre las jaras. Le oigo resoplar… Es un momento crítico. Está evaluando la situación. Recela. Se para… No le veo, adivino su presencia y deduzco sus movimientos. Intento localizarle con los prismáticos… Recorro el terreno con detalle, me detengo en las sombras… ¡Nada! Sé que está muy próximo. Repito una y otra vez el procedimiento…. ¡Carajo! ¡Un movimiento…! ¡Ahí está! Inmóvil, con sus orejotas enhiestas, levantando la jeta en actitud de cata. Estudia el aire, el silencio, la aparente normalidad…Veo su lomo… ¡Parece grande!
Me muevo con estudiada parsimonia, me encaro el rifle, miro por el visor… ¡No está! Cambio otra vez el arma por los prismáticos y… ¡No le veo…! Silencio…
Mi experiencia me recuerda que esta actitud es propia de machos expertos que a la menor sospecha desaparecen como por arte de magia, sin ruido alguno, como si se evaporaran.

No caer en la tentación
jabali02Pasa el tiempo y nada se mueve. Me quedo dudando… ¿Qué hago? ¿Me marcho? Quizá me ha olido o ha oído algo… ¿Me habrá sentido al encarar el rifle…? Inevitablemente pienso en la cena, la cama, el confort de mi casita del pueblo. La tentación de abandonar es grande. Me duele todo el cuerpo y la frustración me embarga. ¡Otra espera sin resultado! ¡Maldita sea mi suerte! ¡Y van…! Debo de ser tonto…
Recapacito… ¿Y si espero otros quince o treinta minutos más? Por si acaso… ¿Acaso… qué? Pues no lo sé. Definitivamente no soy tonto sino que debo ser idiota, pero… ¡me quedo!
¡Criiick…! ¡Criiick…! Silencio. Miro el reloj que marca las dos menos cuarto. Desesperadamente registro el terreno… ¡Nada…! ¡Nada! Silencio. ¡Craack…! Miro y requetemiro… ¿Qué es eso? ¡La cabeza de un zorro! ¡Lo que faltaba! Desaparece a la misma velocidad que mi mente lo maldice… ¡Me marcho…! ¡Craack…! ¡Ese ruido no lo hace un zorro! ¡Quieto parao…! ¡Craack! ¡Craack! ¡Craack…! ¡Está comiendo! Miro al comedero… ¡Nada! ¡Pero si le oigo masticar! Miro ávidamente entre las jaras… ¡Nada! Pero sigue masticando… ¡Seguro! Veo un chaparro al borde del monte, a la izquierda del comedero, que da una sombra muy oscura. Miro y… ¡Está ahí! Sólo asoma la jeta para coger maíz y se retira a masticar. ¡La madre que lo parió!
Me echo el rifle a la cara y miro a través del visor… Enciendo la cruz de la retícula… Busco… Busco… Aparece el cabezón… le fijo la cruz en la base del breve cuello… ¡Puuuuummmmm! El estruendo rompe el silencio. El campo se sobrecoge. Me quedo un poco aturdido. Cojo los prismáticos y veo sus patas coceando el aire. ¡Ni se ha movido! Ha quedado en el sitio… Me embarga una enorme satisfacción. Al mismo tiempo reconozco, con respeto, la destreza del sabio animal. Ha estado a punto de ganarme la partida. ¡Cuantos lances habrá superado! Hoy terminaron sus montaraces andanzas.
Abandono mi atalaya y me acerco con prudencia. Le dirijo el haz de luz de mi linterna y observo su figura inmóvil, oscura como una sombra más de la noche. Miro de nuevo el reloj. Son las dos y cuarto. No está mal. ¡Me has puesto a prueba!
Saboreo mentalmente lo acontecido, las decisiones acertadas, mi insensata terquedad, la siempre importante dosis de suerte. Soy feliz. Ha sido un aguardo de ley. Si atajos. De poder a poder. Mi ilusión se renueva.
El protagonista pesará unos 90 kilos y tiene una boca aceptable. Haré una tablilla como testimonio de esta noche de mayo. Comeremos carne de este jabalí para dar sentido a su sacrificio.
La luna le rinde homenaje… yo también.{jathumbnail off}

Deja un comentario