Sinfonía… al lubricán

 

No es una hora, ni siquiera un rato, es… una sensación, íntima y misteriosa, que embelesa el alma y la recoge en su intimidad más hermosa. 

 

El lubricán –perro-lobo/lobo-perro– es luz que se difumina en el lienzo de las sombras y juega con las percepciones. Y vemos lo que no vemos sin ver lo que presentimos. El matojo que se mece con la brisa que lo acuna, se hace guarro a nuestros ojos y acelera los sentidos que presienten, pero ignoran. Y el guarro se hace matojo y se esfuma entre las sombras. No le vemos, pero está, y nos gana la partida porque es sabio y porque sabe que la luz del lubricán nos confunde y debilita ante sus sabios instintos.

 

 

Paraísos perdidos…

Queríamos hacerlo, y lo hicimos, un poco… a la antigua usanza, sin amaños, artificios, artilugios… sin todas esas ‘ventajas’ que facilitan el ganarle la partida. También ‘a pelo’, con paralela y superpuesta, sin ópticas, ni faros, ni otras prerrogativas que no fueran ganarle el aire en sus propios dominios. ¡Y sin luna! Así se las ponían a no sé qué rey…

 

Y no nos fuimos al monte. Le buscamos en calizos secarrales –del sureste madrileño–, oteros y blancos altozanos polvorientos, salpimentados de ralo tomillo aceitunero, espartales harapientos, que zarpean como alacranes, y alguna tímida encina… Le husmeamos, sin hallarle, por rastrojos y barbechos, en los cerros y angosturas de Valpardillo, Las Hijosas, Los Carrascales, Monte Pendón, muy cerca de Villarejo… Y apenas sin darnos cuenta, nos topamos, de bruces, con un rincón del paraíso. Entre dos secos arroyos, padeciendo los rigores del estío –Valdeojos y San Pedro–, un remanso de agua y paz, un poco mayor que un charco, un fresco espejo de vida envuelto para regalo entre inhiestos carrizales, cañaveras y juncales mecidos por el oreo.

 

Sinfonía en do mayor…

Montamos el chiringuito. Le medimos las querencias para entrar a encenagarse, echamos el humo al aire y… a esperarle. El cielo empezó a caer. Volaron los azulones, pollas de agua, zampullines y algún porrón despistao. Levantó una perdicera en busca de su sustento pintando en el horizonte el miedo de las polladas (que también, por suerte, vimos algunas a lo largo el camino). Vencejos y golondrinas, negras bandadas de tordos, pajarillos remolones y sedientas arrapiezas aventaron con sus plumas la lámina de cristal. El chapoteo en el agua y sus gorgojeos y graznidos, conformaron un concierto de música natural inundando el paraíso de armonía… 

 

Nos olvidamos del tiempo, del mundo y sus avatares, disfrutamos del andante maestoso, ritardando, hasta el grácil allegro, desembocando, tumultuoso, en un presto, sforzando forte, fortissimo… Toda una fantasía de sensaciones dirigida por una fantasmal batuta que armonizaba acordes de trinos y zumbidos al compas, lento, del deambular de la luz camino de su ocaso. Y al lubricán… el silencio, también música y magia.

 

¿Y el guarro…?

Entrar entró. Antes del preludio y con el sol en sus confines. Desenterró sus pezuñas del fresco cenagal y asomó su jeta venteando entre los carrizos. Demasiada luz… demasiado pronto para nuestras escasas pretensiones de ganarle la mano. De ganarle la partida mejor ni hablamos. Gruñó, molesto, pero no se amilanó en su afán de alcanzar el agua fresca del charcón, midiendo la distancia y sabedor de nuestras limitaciones. Su instinto ancestral le marcaba el límite, la frontera que nunca debería cruzar para no exponer. Y no la cruzó. Mostró al aire sus ebúrneas defensas que brillaron entre el verde con la dorada luz del poniente. Se irguió, hirsuto y orgulloso, desconfiado y desafiante, emitiendo su mensaje de poder sobre aquel reino de fango… y callaron los susurros.

 

Estuvo entre ‘la de los dos ojos’, a un suspiro de la frontera que separa el éxito del fracaso. Templó nuestros nervios aguzó nuestros sentidos, crecieron las expectativas… Pura ilusión. Por alguna extraña y misteriosa ancestral razón, él lo sabía, su instinto poderoso jugó sus bazas con las cartas en la mano y nos ganó, limpiamente, la partida de la vida, la suya. Por eso nos resignamos y no nos arrepentimos. 

 

¡Qué podíamos haberlo hecho de otra forma! ¡Por supuesto! Pero nunca hubiera sido lo mismo… nunca hubiese sido tan dulce la derrota en una batalla perdida. Él lo supo, nosotros también. Por eso lo dijo, gruñó contento, cuando se retiraba a sus cuarteles…

 

Cazando… al lubricán

Llegó la calma… y volvió la magia. La luz se difuminó por la raya del poniente con un rastro de cárdenas pinceladas impresionistas. Y el negro firmamento se pobló de sueños, de caminos infinitos de estrellas dibujados al azar. El cielo hermoso de las noches de los que esperan fantasías, en forma de guarro, entre las sombras.

 

Siguiendo el trazo infinito de la Vía de la leche, los guiños de Altair en la cola del Aquila, de Deneb en la de Cygnus, de la brillante Vega en la Lira… Los gemelos, Castor y Polux, en la elíptica con Antares –la roja anti Ares, dios guerrero–, en la cola del escorpión, de Aldebarán en el toro y de Regulus, a los pies del león… El cielo fantástico que sólo disfrutan los esperistas…

 

Regresamos, melancólicos, a este lado del mundo, al hábito de lo cotidiano, con la hermosa sensación de haber vivido, sentido, un lance muy especial en plena comunión con el ritmo que marca la naturaleza… y su música.

 

¿Cazar…? Cazar, no cazamos; pero estuvimos cazando… CyS

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