Aguardando en Los Jarales a un gran macareno

20120517-esperas-foto-aperturaTexto y fotografías: Antonio Mata
El lance siempre es el lance… eso no hay quien nos lo quite. Pero siempre quedan en la retina, en el rincón perdido de los sueños realizables, esas pequeñas cosas, esos detalles, esos momentos, inolvidables, que hacen que la sangre vuele por las venas y el corazón, a ciento y pico, te haga sentir hasta dolerte… Es la caza.

El regreso siempre tiene otras connotaciones distintas. Vuelves con la satisfacción de haber logrado tu propósito, con la sensación de haberlo hecho bien y con el sabor del triunfo en la boca, pero la cansina monotonía te retrotrae…
Has perdido la emoción que anhelabas camino del monte; ese apretón de adrenalina que empujaba el acelerador y el ansia por saber que tenías que estar en lugar oportuno en el momento preciso, en el instante exacto en el que tendrías que cruzar tu destreza, tus eternas sensaciones de cazador, con el instinto animal capaz de superar todos tus sueños y previsiones… Ése, ya lo dejaste por allí desparramado, debajo de la vetusta encina, junto a aquella laja de piedra que te sirvió de soporte para la última foto, en ese hermoso rincón de la dehesa en el que has logrado, otra vez, superar tus propios retos, tus propios miedos.
Y eso… eso se nota en el ánimo.

Venía con premio
La carretera es monótona por los últimos recovecos de la manchega llanura, por la Mesa de Ocaña, camino del valle del Tajo en su lento transitar hacia Toledo en las tierras ribereñas arancetanas. Al fondo norte de la noche, el cielo pierde su negrura y sus estrellas y se dora de reflejos de la gran ciudad que nos espera. Ganas hay, muchas, de llegar donde Roberto –un hermoso y acogedor rincón, en plena Ciudad Universitaria, de la que toma su nombre: Cervecería Universitaria− para reponer fuerzas con esos deliciosos filetes de corzo a la plancha que reaniman hasta el espíritu más abatido. ¡Qué mano tiene Roberto!

Desde que abandonamos Los Jarales, por el carril que te deja a las afueras de Las Labores, a un tiro de piedra del Puerto Lápice –que hubiera dicho el paisano más ilustre de estas tierras−, la conversación siempre ha girado en torno al pedazo de navajas que tenía el esperado invitado que vuelve con nosotros en el maletero.
La entrada que ha hecho, rodeado de la piara, con los rayones delante, y un par de escuderos a los que, a la vista de la lente de la cámara fotográfica, alguno no hubiese dudado en soltarles un buen zurriagazo −¡joder con los escuderos!−, y el resultado final, porque… venían con premio.

Antonio no cabe en sí de gozo. Cuenta, recuenta y requeterecuenta el lance, aunque Luis y el que suscribe se lo sepan de carrerilla… porque estábamos apenas a medio metro de él cuando aconteció todo lo sucedido. Pero hace muy requetebién en disfrutarlo, no todos los días se lleva uno por delante un macareno que, a primera vista, y ahí está el recuerdo gráfico, tiene que andar muy cerca del mal llamado ‘vil metal’. Llama a uno y se lo cuenta. Llama a otro y se lo vuelve a contar, y al tercero, y al cuarto…

Luis conduce y se sonríe. Yo saboreo el hermoso recuerdo, y la esperanza, de haber logrado un buen reportaje; de la deliciosa cerveza que nos ofreció José, el guarda, en el chozo, para rematar la faena y del rato que me entretuve, mientras aviaban al guarro, en contemplar las estrellas en el cielo de mi tierra. Sobre el confín suroeste, en dirección a Villarrubia, la de los Ojos del Guadiana, el gran Orión, el Cazador, hermosa coincidencia, reinaba sobre el ocaso con su espada al cinto (las llamadas Tres Hermanas), seguido del Can Mayor (hasta en el cielo, el cazador lleva su perro) con la luminosa Sirio, la más brillante de nuestro hemisferio, alumbrándole en el infinito lance. Aunque la más hermosa, casi sumergida en el baño de oro del horizonte… es el lucero vespertino, y del alba en la mañana, la diosa Venus en todo su esplendor.

Esto también es la caza…

El ‘lance’ del Vizcaino
Por Los Jarales, nuestro señor Don Quijote se las tuvo serias con el Vizcaíno. Así nos lo narra el más famoso manco de nuestra Historia en el capítulo octavo, el de los molinos –que por estas tierras abundan− y así queda reflejado en la leyenda de cerámica que da entrada a esta hermosa heredad manchega que se ubica justo entre el borde de la llanura eterna y las primeras atalayas de los toledanos montes.

Entre el Cerro del Serijo, el Morrón Raso, la Manciporra y la Sierra Gorda, configuran un circo semicerrado, abierto hacia el suroeste, desde el que la vista se pierde en lontananza camino de Argamasilla o del Campo de Criptana. En el mismo centro de este circo se despliega Los Jarales, alfombrados de olivares y coronados por retamas y hojarascas, aprendices de encina, en los sopiés y en las cuerdas de sus lomas. Y de jaras, que no sería este su nombre si no fueran éstas la abundancia de su espesura. Por no faltarle a la finca, no le falta ni la ermita de una virgen marinera donde las haya, la Virgen del Carmen. Y el chozo… resquicio de otros tiempos de pastores y rebaños serreños que no puede faltar en ningún lugar manchego que se precie de serlo.

Se le terciaron los nervios. Si azorado venía, Antonio, por la espera, y la esperanza, de lograr lo que Luis le había contado –algo muy grande−, en cuanto echamos el pie a tierra afloraron los fantasmas, que, digamos los que digamos, siempre afloran. Cuándo, dónde, por qué, cómo, para qué… Nos recibió José, guarda de los de verdad, de los de toda la vida, de esos enraizados al monte que conocen desde el resuello del cárabo hasta el frufrú del aleteo de la alondra en el lubricán. Esperamos la llegada de otro Antonio (y van tres, lo bueno abunda), el guarda mayor, que, en cuatro trazos nos desdibujó las dos esperas. Hora de es de mentar al otro Luis (y van dos) y a Diana, compañera de fatigas editoriales, que sería la encargada, si llegaba el caso, de dar buena cuenta de otro de los macarenos. Tras partir en dos las cuadrillas, nos encaminamos al encuentro, cada uno del suyo, con nuestro destino, escenificado en guarro. ¡Qué Dios reparta suerte!, taurina y hermosa expresión, nos deseamos mutuamente.

Ventolera de poniente
Había ventolera. Antonio guipaba con el rabillo del ojo a la Sierra Gorda. Aunque José ya le había aventurado que no dábamos el aire en nuestra postura (y yo no me cansaba de decirle que el viento no era solano, y que a la caída amaina), no las tenía todas consigo.

Bien es verdad que nuestro puesta era de torreta y ahí… es más difícil que te la jueguen. Recorrimos caminos –muy bien señalizados y con sus nombres en placas−, veredas y alguna trocha. Nos acercamos, lo justo, a ver comer a las ciervas y a ‘esperar’ a alguna guarra que apareciera con sus rayones, e inmortalizarla en foto. Algunas aparecieron…

Continuamos nuestro viaje, eterno para el que espera el momento, hasta ese lugar elegido en el que jugar el lance. Y llegamos…

Tras las primeras precauciones y sigilos, tocaba colocarse en el puesto. La ascensión no era complicada, pero, ¡dichoso nervios!, el primer percance surgió cuando, al acceder a la caseta de madera, Antonio se pegó un porrazo en plena frente. Susto, pocas quejas y… ¡a lo nuestro! No es que hubiera más contrariedades, pero en estos casos ya se sabe. Las maderas que crujen, la cámara que hace el ruido típico… de una cámara, y el jodido viento que, en algún momento, nadie sabía de qué lado rolaba. El más tranquilo José, la experiencia es un grado. Luis sin parar de mirar con los prismáticos… y de moverse. Antonio… repasando mentalmente todos los pormenores del lance, el rifle en el ventanuco, la distancia calculada, la postura cogida… Y yo tocando las narices. Que si ponte de esta forma que te saco un plano; que si apunta hacia las jaras que te saco otro, que si… ¡Pero te quieres estar quieto de una puñetera vez!

El primero no…
Y el protagonista, el auténtico actor principal de esta película… sin querer entrar a escena. En un momento dado, José me explica el recorrido que suele hacer la piara cuando entra… si es que entra. Bajan a beber a la balsa. ¿Qué balsa? Allí a la izquierda en el borde de las jaras. Luego suben por aquella trocha y llegan hasta ahí delante, a comer. ¿Os queréis callar? Nos callamos. Pasa el tiempo. La sensación de eternidad se acentúa. ¿Seguro que es el instante oportuno? ¿Y si el destino ha jugado su aciaga jugada? Pueden haber entrado antes. Pueden haber decido que hoy es mejor… al otro lado del monte. Nos han oído, nos han olido, nos han visto… Pasa el tiempo y cunde el desespero. La inicial seguridad de José ya no es tal y poco a poco dejamos las armas en prevengan. Yo la cámara, Antonio el rifle. Luis y José los prismáticos. El viento silba en la cuerda… y allí no pasa nada.

Aguantamos. Porque era nuestro deber y había que hacerlo. La sensación de eternidad se estiraba como una goma. Son animales, su instinto es poderoso y, en su terreno, son capaces de burlar y dominar a cualquier cosa que se interponga en el camino de su supervivencia… por eso tienen las navajas largas y afiladas, porque han sido capaces de sobrevivir las mil celadas que la vida ha colocado en sus caminos y no han dejado la suya al albur de la suerte. Aguantamos. Un poco más. Controlamos justo ese instante en el que el ser capaz de templar el pulso, afianzándote en tu posición de dominar un entorno que te es hostil, te puede llevar a cruzar la línea que separa el triunfo del fracaso…

Aguantamos y… entraron. Sin pasar por la balsa. Como por arte de magia, desde dentro de las jaras, apareció el primer rayón, luego dos, tres, cuatro más… Después las madres, cuidando de su prole. Tras ellas dos escuderos. ¡Enormes! Tanto que, a través de mi particular visor, estaba convencido de que uno de ellos era el protagonista. Sonaba la cámara en mitad de un silencio, acunado por el viento, que se cortaba. Cuando ya estaba convencido de la inminencia del lance, escucho la voz de Luis ¡por la derecha! Y aparece el monstruo. Es tan grande que los escuderos a su lado han vuelto a ser eso, escuderos. ¡El primero no, el segundo! Y en medio del ventanuco aparece, majestuoso, amenazante, todopoderoso… imponiendo su respeto… y sin saber lo que le espera. Enfoco, disparo y, cuando sé que le tengo a buen recaudo pienso en decirle a Antonio que a la de tres para intentar plasmar la suerte suprema. No me da tiempo. El disparo me sorprende y a la siguiente vez que le enfilo ya está, solitario, en el suelo, vendiendo cara su vida que se aleja. Está muerto. Hemos ganado. Y lo celebramos con unas palmadas en el hombro. Nada más. Y nada menos…

No siempre se gana
Lo demás… es parafernalia. Las sensaciones hermosas se quedan entre las jaras, en el eco del monte, en el dichoso viento que, como dije, amainó en la anochecida. Tomamos la cerveza, con José, en el preciso chozo que se ambienta y se llena de olores monteros en la temporada. Aviamos, al guarro, y… carretera y manta. La urbe y sus miserias nos esperan. Y los filetes de corzo de Roberto, que faltan estaban haciendo… ¡Ah, se me olvidaba! Antonio se derrumbó, sí, le pegó ese bajón tan hermoso, el del trabajo bien hecho, que te deja tieso cuando todo ha concluido… aunque no paró de contarlo a todo el que se cruzó por su camino. Y Diana… no tuvo suerte. Ella estaba en la cuerda y allí el viento… no perdona. Bueno el que no perdona es el guarro que bien sabe lo que se hace. Otra vez será…

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