Pavo salvaje y aligátor al noroeste del lago Ockechobee

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Regreso de nuevo al norte de La Florida, a la punta noroeste del lago Ockechobee, al pueblo de Moreheaven, esta vez con la organización Osceola Outdoors cuyo mandatario y profesional es Mike Tussey con el que he cerrado la cacería días atrás en un tiempo récord. Me ha acompañado, de nuevo, Fabricio, el hermano de Kerli, el valet de mi condominio, tan sólo para conducir hasta el lugar de esta nueva cacería.

 

El último pavo de la colección

La meta no es otra que intentar abatir el Osceola wild turkey que es el último de los Wild turkeys que aún no he cazado, salvo el South Pacific –que no figuraba entre los que entonces se podían, cazar como los quince que cacé en otra ocasión–. Mientras estoy en el puesto esto es lo que pasa por mi mente.

Los americanos, que siempre encuentran tiempo para inventarse cosas nuevas con el fin de seguir tentando a los cazadores, habían puesto en marcha un nuevo Gran Slam, el de los pavos salvajes, guajalotes o Wild turkeys. Tengo que confesar que, en un principio, no le había hecho mucho caso, ya que, no solamente lo consideraba una especie menor, sino que no dejaba de pensar que era un nuevo sacacuartos.

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Zona en mapa donde transcurrió el artículo.

Pero, mira por dónde, sin comerlo ni beberlo, me fui encontrando con que ya tenía esa nueva colección. Resulta que, salvo los dos últimos pavos, que he ido a cazar adrede, los demás han ido cayendo, casi sin darme cuenta, en medio de cacerías mayores, en las que los iba cazando por simple entretenimiento. Cuando me quise dar cuenta, me encontré con que sólo me faltaba uno. Los otros seis los había cazado en Campeche, Tamaulipas, Texas –en diversas ocasiones– y Palarikovo. Este último es el único europeo que cacé, en diciembre de 2012, cuando acudí a la convención anual del SCI Baviera Chapter que organiza y preside Norbert Ullmann y que se ha convertido en un clásico, ya que cuenta con la presencia, casi siempre, del presidente del SCI de ese año, el presidente electo para el siguiente y varios expresidentes.

Por lo tanto, desde diciembre de 2012 sólo me quedaba el Osceola turkey, que se encuentra únicamente en el estado de Florida en EEUU. Allí acudí dos veces el año pasado, pero no tuve éxito. Y como no me suelo dar por vencido, de nuevo me encuentro aquí, metido en un blind portátil, que acabamos de trasladar de emplazamiento, dispuesto a conseguirlo.

Creo que ha llegado el momento de entrar en detalles de lo que estoy haciendo. Como decía, el año pasado, por mi cuenta, me metí en Internet, localicé y elegí uno de los cientos de sitios que aparecen en este estado para intentar conseguir pavos, jabalíes y alligator. Referente a este último, yo ya tenía uno bastante bueno que había cazado hace muchos años, pero no descartaba conseguir otro mayor. Así fue como me desplacé en dos ocasiones a diferentes lugares, pero sin lograr mi meta, aunque la verdad es que durante la primera intentona sólo cacé unos jabalíes de los que infectan la Florida, ya que no vimos nada más.

En la segunda, sin embargo, tengo que reconocer que en parte fue culpa mía. Habían localizado un aligátor, al parecer enorme, que rechacé debido a la importante cantidad de dinero que me pedían, pero bien que me arrepentí… Por tanto, llamaron a otro cazador americano que llegó en unas horas en su propio avión y cazó el animal que yo, estúpidamente, había rechazado. Todo esto aparece en mi penúltimo libro, el número 14, editado este mismo año. En ese mismo libro también relato cómo conocí a un par de tipos que me cayeron muy bien y con los que pensé cazar este año. Uno de ellos, Orlando Paz, fue el que se ofreció a localizarme un aligátor de tamaño considerable, como el fallido del año anterior, entre los indios que él conocía, sin tener que pasar por ninguna organización, y que estuviera a muy buen precio.

Y así estuvimos todo el invierno, hablando cada dos por tres de ese gran caimán que, según él, tenían localizado y que estaba esperándome. Finalmente, cuando llegué a Miami para mi estadía invernal, huyendo del frío de Madrid y de España, en general, nos pusimos en contacto, aunque no llegamos a vernos, para concretar la fecha de la cacería del aligátor y del pavo, que era lo que me interesaba más, a partir del 12 de marzo. Pues bien aunque resulte increíble y después de más de un año haciendo planes, Orlando no ha vuelto a dar señales de vida, se ha evaporado, es … como si se hubiese volatilizado. Así que he vuelto a buscarme la vida por mi cuenta. Y heme aquí con un nuevo outffitter que he buscado a través de Internet, como decía al inicio de este relato, cuyo nombre es Mike Tussey. La verdad es que enseguida me entendí con él, gracias a la ayuda, como otras muchas veces, de mi yerno Marcos, y de un amigo cubano de Mike, un médico llamado Rubén Ricardo que me llamó alabando la figura de Mike con el que había cazado muchas veces.

De Orlando es mejor olvidarse por el momento. Cuando aparezca de nuevo, si es que aparece, ya oirá lo que tengo que decirle.

 

Puesto de espera de pavo salvaje

Decidimos que podría iniciar mi cacería el lunes 24 de marzo, saliendo de Miami de madrugada, sobre las 03:00 horas, para estar en la cita que había cerrado con mi cazador, a ser posible, antes de las 05:30 h. El viaje, acompañado de nuevo por Fabricio, lo hicimos de maravilla. Cuando llegamos, Mike nos estaba esperando y nos llevó al que sería nuestro lodge. Hizo que me pusiera una camisa y una gorra de camuflaje, ya que insistió mucho en que los pavos basan su única protección en una vista excelente. En un santiamén pidió por teléfono mi licencia de caza y la del Wild turkey, que costó 160 dólares.

Nos trasladamos en su todoterreno acompañados por su ayudante, Anthony, a la zona de caza situada a poco más de media hora, donde nos acabamos de pertrechar. En un vehículo pequeño de cuatro ruedas, una especie de rhino, como el que había tenido en mi finca, nos acercaron a unos 500 metros. En un santiamén Mike desplegó una casamata portátil con una facilidad asombrosa, en la que instaló dos sillas y un trípode para apoyar la escopeta que debería usar en el caso de que apareciese el tan ansiado pavo.

A todo esto no he hablado de que la caza en esta organización se basa en cazar con escopeta. Me proporcionaron una repetidora en la que Mike introdujo tres cartuchos,  me dijo cómo funcionaba el seguro, por si acaso yo lo desconocía. Me señaló, igualmente, un pavo disecado, adonde debía apuntar si el animal llegaba. En caso de que apareciera tenía que esperar hasta que se encontrase, como mínimo, a una distancia de 40 yardas, para que el tiro fuese eficaz. Durante el tiempo que permanecemos en espera, he tenido la oportunidad de preguntarle de qué estaba relleno el cartucho del 12 que me había proporcionado. He logrado saber que, al parecer, tiene una mezcla de hasta tres variedades de perdigones en número aproximado de 150. Cuando le pregunté que por qué no usaban un pequeño rifle, como un 22 magnum o un .222, obtuve poca información, tan sólo que nunca lo habían hecho.

353 - Marcial (7)La verdad es que me he quedado un poco extrañado y no sé si es por no destrozar al animal, cosa que no tiene sentido, ya que éste puede destrozarse más con un cartucho de escopeta, o porque consideran más deportiva la caza con escopeta con el fin de conseguir la aproximación del bicho a la distancia adecuada con los métodos que usan. De esto también tengo mis dudas y ya más adelante, si lo considero oportuno, hablaré de ello.

Hemos permanecido en el blind de camuflaje cerca de tres horas pudiendo ver tan sólo dos grupos de hembras que se aproximaron hasta nuestro refugio. Durante todo este tiempo, hemos vivido un amanecer muy oscuro y pasado por agua, pero ni un vestigio de macho alguno. Mike se ha pasado casi todo el tiempo conversando a través del teléfono con su ayudante Anthony que, desde otro emplazamiento, intenta localizar más animales. Parece que, por fin, Anthony le dice algo sobre unos machos, por lo que Mike decide levantar el campamento.

 

Un concierto de reclamo

En un abrir y cerrar de ojos, Mike pliega el refugio, mientras Anthony acude a recogernos. Fue así como nos desplazamos hasta el nuevo lugar. Instalados nuevamente con todo tipo de precauciones, Mike me informa que los pavos se encuentran frente a nosotros, a unas 300 yardas, ocultos entre una paja alta por lo que, poniéndose de pie y mirando con mucha precaución, puede verlos. Por mi parte, yo sigo escribiendo este relato.

353 - Marcial (4)Gracias a los prismáticos, que conseguía que Mike me dejase de vez en cuando, podía distinguir a Anthony moviéndose con el todoterreno detrás de las pajas donde se ocultaban los machos, intentando sacarlos de allí. Por fin los vi, todavía a más de 200 yardas. En seguida me di cuenta que había, por lo menos, dos machos grandes y otros más pequeños. En ese momento empezó la sinfonía de llamadas de Mike de todo tipo: primero con el clásico aparatito que siempre llevaba en la boca y, luego, haciendo rechinar con un palito la tapa de una cajita sobre la que había vertido unos polvos, logrando un ruido estridente que asemejaba la llamada en celo de las hembras.

Por cierto, no había dicho que Mike había colocado dos hembras de plástico como señuelo delante de nuestro refugio.

Cuando llevábamos más de cuatro horas en nuestro segundo emplazamiento, los animales, poco a poco, se fueron acercando. Mientras el grueso del grupo de los pavos se desplazaba a la izquierda, saliéndose de nuestro campo de visión, un precioso macho, sin duda el mayor, se aproximaba poco a poco hacia las falsas hembras que teníamos delante. Lo tenía perfectamente encañonado y si hubiese sido un rifle en lugar de una escopeta, ya habría acabado todo. Sin embargo, Mike me aconsejó esperar hasta que se cumpliese la ley de las 40 yardas. Por fin, cuando creí que la distancia era la correcta y aunque no las tenía todas conmigo, apreté el gatillo y el proyectil hizo el resto, poniendo al animal patas arriba sin enterarse de lo que se le había venido encima. ¡Estaba muerto!

353 - Marcial (5)Mike se fundió en un abrazo conmigo. Había conseguido, por fin, mi último pavo salvaje, el Osceola wild turkey. Lo que vino después se puede imaginar, fotos de todo tipo con el teléfono, la tableta y la cámara de fotos. Los tiempos en los que me quedaba sin fotos por no aparecer la necesaria cámara en el momento adecuado ya quedaron atrás.

Ni que decir tiene que se trataba de un precioso ejemplar, con una gran barba y unos espolones considerables, que es en lo que se basa la medición de este nuevo trofeo.

Quedaba tan sólo una celebración muy especial. De uno de los bolsillos del chaquetón-mochila de Mike, sacaron tres botellines de Wild turkey, un bourbon rojizo que cada uno de nosotros se tragó de golpe. Recogimos todo en un segundo y regresamos a casita. El 50% de la tarea estaba realizada.

 

Conclusiones a la caza anterior

Lo que me temía que pasara acaba de suceder. Por más que quiera ser benévolo con los cazadores que me asisten en mis cacerías, siempre terminan fallándome. He llegado, incluso, a pensar que la culpa sea mía y no de todos los demás. Sin embargo, quiero ser justo y que sea el lector quien juzgue lo que acaba de suceder.

Todo comenzó cuando la cacería del pavo terminó y me comentaron que el cocodrilo o aligátor solamente se puede cazar durante el día.

Al terminar la cena, a la que, por cierto, invité yo, y lo digo sólo para que se comprenda que quería tener supercontentos a mis cazadores, les pregunté a qué hora quedábamos para cazar al día siguiente.

Con gran asombro, echan mano del teléfono y de su previsión del tiempo y me dicen que había probabilidades de lluvia de un cuarenta por ciento y que si llovía las posibilidades del aligátor eran de cero. Si no llovía vendrían a por mí a las 09:00 horas. Quedando en esto nos fuimos a dormir.

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Enorme envergadura de la boca del caimán abatido.

Por cierto, llovió bastante hasta el amanecer. Sin embargo, el día amaneció estupendo y soleado, por lo que suponíamos que a la hora acordada tendrían que venir a por nosotros. Pero, de eso, nada. A las 10:30 llamé a Mike para ver lo que estaba sucediendo y enseguida apareció. Nos dijo que hasta las dos de la tarde, siempre y cuando no lloviese, no podríamos salir. Así, sin darme más explicaciones y, lo que es más, me dijo que, si quería, me podía ir. Ya salió el inevitable y retorcido gringo, pero no seré yo quien lo juzgue. Era como si no tuviese ganas de cazar, no hubiese aligátor o éstos fueran muy difíciles, con lo poco que le costaría tenerme contento intentando buscarlo como fuese. En lugar de tomarle la palabra y regresar, quise ser prudente, mostrarme tranquilo e intentar reconducir lo que veía muy difícil.

Por eso cambié de tema y le dije que, a pesar de haberme prometido medir el pavo la noche anterior, todavía no lo había hecho y que hacerlo era muy importante para mí. Entonces decidió que le acompañase a donde tenía el pavo para proceder a su medición y tomar todo tipo de fotos.

Una vez más echó mano de la previsión del tiempo, en la que vio que había un veinte por ciento de lluvias anunciadas para la tarde. De nuevo insistió en que si no llovía a las 14:00 horas aparecería a por mí. Y así estamos.

De lo que sí estoy seguro es de dos cosas: nunca entenderé a estos tipos y, desde luego, nunca más cazaría con ellos. Como el aligátor sólo es un capricho y no una nueva especie, tampoco tengo tanta necesidad de permanecer aquí, por lo que, casi con toda seguridad, regresaremos esta misma tarde a Miami.

Me falta sólo decir un par de cosas: la primera es que anoche cené aligátor y, como la primera vez que lo hice, me supo a gloria; la segunda es la medición del pavo, que fue la siguiente: longitud de la barba 9 4/16’, longitud de los espolones 1 4/16’ cada uno y el peso que dio fue de 18, 9 libras.

A todo esto, todavía no había quedado en nada con el taxidermista, que aún no ha dado señales de vida.

 

No debería haber quedado así…

Aquellos que me conocen y siguen mis relatos, y teniendo en cuenta que para mí el aligátor no es una especie nueva, lo lógico es que piensen que habría echado cuentas con este individuo y hubiese regresado a casa.

Sin embargo, saliéndome esta vez de la lógica, y a pesar de que el bueno de Fabricio, al igual que yo, no comprendía lo que estaba pasando, decidí seguir estoicamente en mi sitio y no iniciar una de mis clásicas espantadas… Y eso que veía muy pocas posibilidades de conseguir este segundo animal.

Finalmente, dejamos pasar las horas contestando a mis correos, escribiendo algo más sobre mi nuevo libro y leyendo… La mañana parecía que se estaba estabilizando y no llovía. Sin embargo, sobre las 13:00 horas del mediodía empezó a llover con ganas, por lo que si nos ateníamos a lo que me habían advertido, que con lluvia ni hablar, estuve tentado de plegar velas, recoger los bártulos y largarnos definitivamente.

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Gran aligátor abatido al norte de Florida, segundo protagonista de este relato.

Pero, mira por dónde, me aguanté y sobre las 14:00 horas Mike vino a por mí, y de nuevo me sacó la licencia para el aligátor telefónicamente, que fueron 52 dólares. En total el coste de las dos licencias fueron unos 230.

En plena lluvia salimos a nuestra tarea. Lo lógico es que pensase que me estaban dando el ‘paseíllo’, pero encima gastándome más dinero. La verdad es que no había lógica alguna, aunque, al final, y a medida que se iban desarrollando los acontecimientos, comprendí lo que había pasado. Dejaré esto para el final, pensando de nuevo en unas conclusiones definitivas y pasemos al desarrollo de los acontecimientos desde el momento que salimos del lodge.

En el coche volvía a estar Anthony. Sin explicación alguna cogimos camino adelante hasta encontrarnos con otro individuo y, sin presentaciones ni nada, nos subimos a su coche. Se trataba de un muchachote enorme con el coche más sucio que se pueda imaginar, que ni donde poner los pies tenía. ¡Qué menos que tirar toda la porquería en vasos, botellas vacías, platos de plástico y qué sé yo que más se acumulaba a mis pies!

Pero, por otro lado, este nuevo personaje enseguida me dio la impresión, como me lo confirmaría más adelante, de que sabía lo que tenía entre manos, aunque lo que tenía en ese momento era un vaso de litro de coca cola y una bolsa de fritos enorme de la que no dejó nada mientras conducía.

No tuve más remedio que preguntar a Mike hacia dónde nos dirigíamos y me contestó que a la propiedad del muchachote. Llegamos a una preciosa finca de naranjos, con un impresionante sistema de riego por conducción de agua entre canales que, sin duda, habían recuperado de los pantanos, ya que en ciertos lugares había vestigios de ellos. A partir de ese momento, a veces con lluvia y otras sin llover, recorrimos esos canales sin bajarnos del coche ni un momento y tan sólo con breves paradas cuando John, que así se llamaba el muchachote, creía ver algún caimán en el agua o en la tierra.

 

Pescar para cazar

Así fue como divisamos uno en tierra al que incluso dudé en tirar y que, según mis acompañantes, podía pasar de los nueve pies. Sin embargo, lo descartamos.

Por fin, cuando llevábamos más de tres horas deambulando, John pegó un frenazo acompañado de una exclamación y echó pies a tierra dirigiéndose hacia la parte trasera de su vehículo, apareciendo, momentos después, con una caña de pescar, a mi entender muy fina, con una potera en el extremo, que para los que no lo sepan es un anzuelo de tres puntas para enganchar lo que se quiera.

Anthony le siguió inmediatamente con otro artilugio similar, mientras que Mike echó mano de un pequeño rifle muy bonito, un Rugger de calibre .204, que tengo que confesar no conocía, y que era una bala pequeña parecida a un .222 magnum.

Me la dio cargada con tres balas, con el seguro puesto y con la mira a dos aumentos. En ese momento comprendí que la cacería consistiría en enganchar el animal con las poteras, intentar arrastrarlo lo más cerca posible de la orilla y, desde mi posición, intentar un disparo a la cabeza en cuanto se pusiese a tiro.

353 - Marcial (11)Para mí lo más increíble fue que John enganchó al animal a la primera y Anthony lo hizo después de varios intentos. Poco a poco fueron acercando el animal, que yo todavía no había visto, a la orilla y, al hacerlo, éste empezó a patalear y levantó una nube de tierra que oscureció todo. Yo no hacía más que mirar hasta que llegó un momento en que el aligátor pegó un salto, sacó la cabeza y sin dudarlo, y casi sin apuntar, disparé, alcanzando al animal en la cabeza, milagrosamente en el cerebro, por lo que ese pequeño calibre fue más que suficiente para dejarlo patas arriba en un abrir y cerrar de ojos. Yo no salía de mi asombro y mis compañeros se quedaron impresionados.

La verdad es que para mí fue una chiripa, pero el caso es que un animal impresionante yacía en tierra panza arriba, muerto. Se puede imaginar las felicitaciones y la sorpresa cuando una primera medida nos dio cerca de doce pies de largo.

A continuación fotos y más fotos, mediciones y más fotos en todas las posiciones inimaginables y, por fin, subimos a la furgoneta ese peso muerto de más de 750 libras, según creían que pesaba mis acompañantes. De aquí cambiamos de nuevo de coche, di los datos definitivos para el taxidermista y me enteré de lo que me iba a costar, que no me pareció demasiado, y encargué que me preparasen los dos animales enteros, cosa que se demorará unos ocho meses…

 

Por Marcial Gómez Sequeira.

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