Cacería del borrego Dall en Alaska (IV)

Yes, my friend. That’s a goddamn nice legal ram”.

Por primera vez en mi vida tenía ante mí un borrego Dall trofeo, de belleza impresionante. Su hermosura me causó una conmoción tremenda. Porque cuando volví a asomarme a través del spotting scope mi corazón se detuvo un instante, como para tomar aire antes de zambullirse en la profundidad de algún mar, como para tomar vuelo; y de pronto explotó en una carrera de latidos, que más bien parecían golpes violentos. Mi corazón se sacudía con fiereza en el pecho, bruscamente. Nunca olvidaré la forma en que sentía las agitaciones entre las costillas.

El carnero yacía tranquilo a unos metros por encima de los abedules, sobre un pedrusco que dentado se recortaba con los últimos colores del día. La distancia que nos separaba del hermoso animal era de alrededor de una milla. Mas el problema mayor no era la longitud que nos apartaba del morueco, sino que el río Copper también y con mucho más fiereza se interponía entre el dall y nosotros. Así que lejos de imaginar una posible estrategia de asecho para el día siguiente, lo que teníamos que ir planeando era cómo habríamos de cruzar el río. Las opciones eran intentar a nado y morir en el intento de hipotermia o ahogamiento, o buscar comunicarnos con el campamento base y pedirle a Armando que nos trajese la barca que inútil descansaba sobre una de las paredes de la cabaña.

No tengo idea durante cuánto tiempo contemplamos al borrego, pues mientras lo hacíamos el tiempo se detuvo. Terminamos de admirarlo cuando las sombras de los árboles y las montañas nos rodearon, y el dall se convirtió en un espectro difuso color gris.

Al día siguiente, una llamada realizada por Steve dinamitó todas nuestras esperanzas de dar caza al borrego con el que soñé toda la noche anterior.

Resulta que temprano en la mañana del séptimo día Johnson llamó a un amigo suyo para pedirle consejo respecto de cómo llegarle al borrego que ocupó nuestros sueños. Y desafortunadamente le informaron que aunque lograra cruzar el Copper, la zona en la que se encontraba el dall pertenecía a una reserva india en la cual no se permite la caza. Así que: “There goes our chance of shooting that nice ram. I’m sorry, man”. Así concluyó mi guía. En pocas palabras, su conclusión fue: ya valió madres ese borrego.

Derrotados como siempre, pero ya mucho más acostumbrados a la desilusión, nos reunimos para definir el plan, que, palabras más, palabras menos, consistiría en subir a todas las cumbres que teníamos alrededor para desde ahí, aprovechar la ventaja de la altura y tratar de encontrar un dall con nuestros prismáticos, telescopios y todo el equipo de óptica que cargábamos con nosotros.

La maldita nueva ley nos impidió aprovechar el vuelo a esa nueva zona para buscar un borrego tirable. Consecuentemente, caminaríamos, ascenderíamos a oscuras, rezando e implorando a los cielos que en alguna ladera o collado se apareciera un morueco al que pudiésemos darle caza.

El campamento se encontraba en la falda de una montaña, que desde el río se apreciaba que de la cima le crecía una inmensa peña que si lográbamos trepar, iba a resultar un inmejorable punto para gemelear el área, los barrancos, cauces, cañadas y valles que nos rodeaban. Por lo que terminando el desayuno, atacamos la primera cuesta que encontramos, llevando en las mochilas únicamente agua y alimentos, pues esa noche dormiríamos en el mismo campamento.

Encumbrar la maldita peña fue un tormento para mis muslos y rodillas. Empapado y exhausto, subí desnudándome poco a poco cada quinientos metros. Primero me quité la chamarra, luego el chaleco, posteriormente el suéter y la camisa. Al final, los últimos cien metros los escalé con la ropa térmica y los pantalones puestos únicamente.

Desde la altura, una vez recuperado el aliento, volví a impresionarme con la belleza de la Cordillera de Alaska. Resulta imposible encontrar las palabras adecuadas para describirla sin quedarse uno corto. Pero la yuxtaposición de piedras, tundra, taiga, nieve, los extensos bosques de coníferas y las blanquísimas cumbres, hacen del paisaje una quimera.

Por cerca de tres horas ‘peinamos’ los alrededores. Primer nos entretuvimos con un oso negro que, altanero y temerario, paso con paso se acercaba a una zona de tiro. A mí me urgía tirar. Así que le dije a Steve que si el descalzo se ponía a cuatrocientas yardas, dispararía. Empero esto jamás sucedió, porque mientras yo lo seguía con la retícula de mi mira, intercalando con mis binoculares y midiendo la distancia, Jason habló: “Steve? There are some rams over that summit”.

Mientras mi guía y yo tonteábamos con el oso, el neozelandés, utilizando el scope de Steve ubicó a un grupo de nueve borregos a un par de kilómetros de distancia, sobre una montaña mucho más baja que en la que nos encontrábamos. Aún desde la distancia, mi guía alcanzaba a distinguir a por lo menos uno legal, lo que resultaba sumamente esperanzador; aunado a lo anterior, también detectamos que el grupo de borregos descendía lánguidamente en dirección al río. Por consiguiente, en el momento que Steve Johnson se percató de ello, ordenó que recogiéramos nuestras cosas y bajáramos lo más rápido posible para buscar un punto desde el cual pudiera analizar a los borregos de más cerca.

Y bajamos. Ellos corriendo, yo casi rodando. Pero al final, logramos encontrarnos nuevamente en la falda de la montaña con suficiente luz para investigar dónde podríamos colocarnos para ver de más cerca al grupo de carneros.

Ya nos disponíamos a seguir a Johnson cuando éste nos ordenó que preparásemos una tienda de campaña, comida para dos noches y nuestras mochilas; que él iría a echar un ojo y que nosotros lo esperáramos con todo listo, pues si encontraba un buen borrego entre los nueve, nos trasladaríamos a la falda de la montaña en la que se encontraban los carneros, para que al día siguiente, con la primera luz del alba, iniciáramos el asecho.

Johnson se fue cargando con solamente su spotting scope, y Brady y yo comenzamos a empacar. Un curioso y extraño nerviosismo circulaba por mis venas mientras que desinflaba mi colchón, enrollaba mi bolsa de dormir y empacaba mis alimentos. Jason también preparaba sus pertenencias y las de Steve en silencio. La atmósfera se sentía densa.

Diez minutos después, el neozelandés y yo, con nuestras pertenencias y las del master guide reposando a nuestros pies, fumábamos en silencio. Pero después de la tercera o cuarta calada, el packer me preguntó que en qué pensaba. Le respondí que, por un lado presentía que por simples probabilidades tenía que haber un buen macho entre ese grupo de nueve borregos; pero que, por el otro lado, para la suerte que habíamos estado teniendo, tampoco me sorprendería si Steve regresa y me dice nuevamente que nada; o que puros chicos, o que lo sorprendieron o que se regresaron a la cumbre o que simple y sencillamente desaparecieron. Jason, en cambio, me dijo que se sentía seguro y lleno de ilusión, que porque él había sido el que los encontró; y que nada le gustaría más que participar con tan fundamental aportación en nuestra cacería.

De pronto, escuchamos los pasos de Steve acercarse. Mi corazón comenzó otra vez a rebotar de nerviosismo. Cada paso, martilleaba en mis nervios y los destrozaba. Era como en la escuela, segundos antes de que te anunciaran tu calificación final. Y un paso tras otro, el guía se acercaba. ¿Qué noticias traería? ¿Qué noticias traería? ¿Qué noticias traería?

Súbitamente apareció Johnson entre la maleza y nos dijo: “Come on, guys. Follow me. Bring all the stuff. I spoted at least two shooters”. Y con una enorme sonrisa nos levantó el pulgar como símbolo de victoria.

Nos abrazamos los tres, recogimos las mochilas y nos trasladamos nuevamente a otro lugar para montar campamento.

En el camino encontramos una presa construida por castores, lo que jamás había visto en mi vida. Me pareció espectacular. Pero no todo fue espectáculo y risas, pues en un tramo tuve que quitarme las botas y cruzar un arroyo. El frío, o el dolor, o más bien el doloroso frío me dejó por un instante atónito. Si no hubiera sido porque me gritaron que siguiera moviéndome, me quedaba petrificado, con el dolor carcomiéndome desde las plantas de los pies hasta las rodillas, y hubiese muerto congelado. Quizás exagero. Pero no quisiera volver a meter un pie descalzo en las heladas aguas de la cordillera de Alaska.

Afortunadamente mis botas no se mojaron. Me sequé con el par de calcetas que llevaba puestas, y acto seguido me enfundé un par de calcetas de lana nuevas, que se sintieron de maravilla en mis maltrechos y adoloridos pies.

Luego al fin alcanzamos el punto donde reposaría nuestro nuevo campamento, esta vez consistente en una sola tienda de campaña, la cual Jason y yo levantamos, mientras que Steve sigilosamente corroboraba que los borregos seguían donde los había dejado un par de horas antes. Cuando éste volvió, nos confirmó que ahí seguían los carneros, y entre ellos por lo menos dos tirables.

Esa noche, justo antes de dormir, le pregunté a Steve que si creía que al día siguiente cazaríamos mi borrego, a lo que mi guía me respondió: “The mountain will decide, my friend. The mountain always decides who gets a sheep and who doesn’t“. Acto seguido, apagó su lámpara de cabeza, cerró su libro y se acomodó en su bolsa de dormir para caer en un largo y profundo sueño.

(Continuará).

Por H. E. Cavazos Arózqueta

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