El elefante de la ópera en las cataratas Victoria

¡Cuántas veces has soñado con el lance…! Cuántas veces lo has imaginado derrumbándose, cuántas te has preguntado cómo alojarías la bala, cuánto has leído sobre ellos y… cuántos errores cometiste llegado el momento.

Nos vamos a Zimbabue, cataratas Victoria, uno de los paraísos terrenales para cualquier morador de la tierra, un mundo de recursos naturales donde una inmensa sabana arbolada ofrece una vastedad de frutos para sus huéspedes.

Pero antes que nosotros se dieron cuenta aquellos cazadores británicos de elefantes, que acudieron diez años después de que David Livingstone se encontrara con las cataratas en 1851.

William Finaughthy, cuyos descendientes viven actualmente en Victoria, fue uno de aquellos safaristas eternamente envidiado cuando regresaba a casa con 200 elefantes en un mismo viaje, o su compañero Henry Hartley que logró 1.200 machos, siendo el mayor con 122 libras durante aquella época dorada.

Rodesia era la Europa africana y Victoria Falls era la llamada de los cazadores de elefantes en ese momento, que llegó a oídos de Frederick Selous, cuando ya se cansó de reunir todos los antílopes de África del Sur y decidió atravesar el Limpopo, hacia aquel vergel de paquidermos, para llegar a recolectar en torno a 450 libras de marfil, antes de marcharse a Tanganika. Podría estar nombrando a tantos cazadores de época en estos territorios que daría para un nuevo artículo. Pero todo este tiempo pasó a la historia, aunque, por algún motivo, la naturaleza ha elegido este punto del planeta para que convivan un buen conjunto de elefantes eternamente… Y hacia allí nos dirigimos.

Cuaderno de caza

Teníamos diez días por delante. En un safari de este tipo el cazador debe ser consciente de que esos días no significan veinte salidas, ni estas salidas significan doscientas horas de práctica de caza. Estamos en un país donde existen muy pocas leyes, pero, además, este lugar está dentro de un continente donde los únicos que tienen la llave de la solución son los africanos, y su propia idiosincrasia no les dará jamás una conclusión definitiva. Comparto lo que estaréis pensando, poco más o menos lo que ocurre en nuestra vieja nación, quizá será porque dista tan sólo doce kilómetros del continente africano…. Dejémoslo ahí.

Dicho esto, en la primera mañana nos encontramos con que el permiso de caza no se adaptaba al profesional, ya que el originario había sufrido un accidente de tráfico en el anterior safari y tuvimos que sustituirlo por un profesional nuevo. Algo que al ranger de turno le costó mucho entender cuando fuimos a sellar los papeles en la oficina central del Main Camp, en Hwangue. Una vez que terminamos de explicárselo con peras y manzanas y todo tipo de croquis, asintió con la cabeza y llamó a su jefe porque, obviamente, una decisión tan complicada debía estar sometida a un consejo superior. Cuando, por fin, lo arreglamos, ya habíamos perdido el primer día de caza.

Tuve la suerte de que el cazador y su mujer son personas muy africanizadas y conscientes del lugar donde estamos. Lo que más me gustó era la paciencia y el objetivo que fijó el cazador: «¡Quiero cazar un elefante!». Solucionamos, por fin, los papeles y, con los rifles sin abrir, regresamos para la cena en el campamento.

Estrategia

Yo me había adelantado unos días para realizar prospecciones y que el área y el camp estuvieran en plenas condiciones, aprovechando el driver y yo para cargar el Toyota de calabazas, verdadera delicia para los elefantes, lo que nos permitiría ahorrar tiempo en buscar huellas y acudir directamente a los cebaderos. Estábamos en un bloque cuyo nombre me reservo, anexionado al Parque Hwangue. Dentro del parque tuve el privilegio de cazar un búfalo con mi padre, tres años atrás, y contar en un día del orden de mil elefantes.

La idea de las calabazas nos daba mucha información y con un poco de suerte sacaríamos algún elefante viejo del parque a nuestra concesión, así que comenzamos a trabajar. Nos repartimos en dos coches cebando puntos estratégicos en los que los animales encontrarían agua y la golosina de la calabaza. Llegamos a cebar doce puntos, así que íbamos con las armas preparadas para cualquier oportunidad paquidérmica o antilopélica. Ese día aprovechamos para recorrer parte de la concesión, pero sin éxito. Como he mencionado antes en un safari de este tipo la estrategia y la captación de información forman parte de la misión, aunque no se esté cazando literalmente.

Repasando las huellas en los puntos de agua.

A decir verdad, ese día no vimos ningún elefante, algo raro para el lugar y el momento en el que estábamos, mediados de julio, quizá pronto, a mi juicio, pues prefiero finales de agosto o, si no, abril. En cualquier caso, fue inexplicable no ver absolutamente nada, hasta que la luna nos iluminó con la potencia de un foco… No me pregunten por qué, pero la luna se queda más llena en África más noches de lo normal, no me tomen por loco, tengo testigos. Ya sabemos que esta circunstancia afecta negativamente a la caza, aunque no del todo a los elefantes, y la realidad es que no vimos un rabo de nada.

A la mañana siguiente fuimos a revisar las calabazas y, de los doce puntos, ocho estaban machacados. Vimos algunas huellas grandes, pero no lo suficiente, así que recorrimos 200 km en coche entre maleza, ríos, etcétera. Abrimos nuevos caminos, los buscamos por todas partes, pero todo eran huellas que no merecían la pena, así que, finalizado el día, con el foco lunar en la jeta, y con 2º grados de temperatura en la bañera del Land Cruiser… nos fuimos de vuelta a casa.

Una de las partes más divertidas de un safari es precisamente cuando ocurre esto. Sabes que están, pero no logras cazarlos. Mejor aún cuando, además, eres plenamente partícipe en la toma de decisiones y, del mismo modo que lo era yo, quise hacer partícipe al cliente y a su mujer. La opinión del cazador puede ser igual o más válida que la de muchos profesionales, se equivoque o no, está en su pleno derecho de opinar, sugerir o discutir lo que se está planeando, entre otras cosas, insisto, el safari completo se compone también de estas conversaciones de campamento. En cada persona está la capacidad de otorgar a los profesionales lo que corresponde en su debido momento, pero, hasta lo que entra dentro de la lógica y los conocimientos de un cazador, bienvenidas sean sus sugerencias…

El caso es que constatamos movimiento de noche de todo tipo de animales, pero sin el tamaño de huella que esperábamos, así que decidimos al día siguiente llevarnos otro puñado de calabazas en el Toyota y explorar otra concesión más alejada, en pocas palabras, empezar de cero.

Tardamos un par de horas en llegar y ahora es cuando actúa la psicología en los safaris. Para que negarlo, los ánimos un poco bajos, al menos yo, porque el cazador, cuyo nombre también me reservo, estaba convencido de que todo estaba sucediendo como debía de ser, nada de facilidades ni garantías, estábamos cazando elefantes en Zimbabue y la frase resonaba: «¡Quiero cazar un elefante!». Efectivamente, después del periplo, cuando llegamos al punto de agua que queríamos cotejar… ¡ahí estaba la huella!

La huella

El seguimiento de la huella es la parte más importante a la hora de cazar elefantes. Nos informa del tamaño corporal, a mayor tamaño, mayor edad, con lo cual mayores colmillos (en teoría). Pondré algunos ejemplos. Al igual que en los humanos en sus manos y pies, el patrón de marcas y fisuras de las plantas de las patas es determinante, es decir, los jóvenes tienen diseños rugosos y los más viejos texturas más lisas y plantas más estropeadas. Por otro lado, los machos dejan una doble huella debido al desvío que hacen sus patas traseras hacia al lado de las delanteras. Las hembras tienen pisadas más precisas y marcan en el mismo punto sus patas traseras y delanteras. Otra diferencia del rastro de macho o hembra es la muestra de orina, mostrándose la micción de las féminas en la parte posterior de las huellas y la del macho en el centro del recorrido… por razones obvias. Con lo cual esta señal nos dará la información aproximada del tamaño, antigüedad, edad y sexo. Normalmente, no es necesario aplicar todas estas leyes, simplemente con ver una huella en la que te quepan dos plantas de tus pies seguidas y que las heces y orina sean frescas, es suficiente para ir tras él.

Retomando a lo que vamos. Ahí estaba la huella que buscábamos, no de uno, sino de dos ejemplares que reunían todos los patrones. Esas huellas entraban en nuestro cazadero y regresaban al parque todos los días. La distancia entre el bebedero y la linde del parque era de 500 metros, y sus costumbres eran muy estrictas. Según los pisteros, el rastro indicaba que la disciplina de estos machos era la de entrar sobre las 18:30 horas todos los días a beber. A esa hora ya es de noche y, si queríamos observarlos y juzgarlos con rigor, tras varios descartes, por más que quisiéramos todo iba encaminado a aquello a lo que todos mirábamos hacia arriba con resignación: aquel árbol de cinco metros de altura…

Así quedó nuestro blind.

El árbol

Un ebony, combretum, imburbe, iron o lead wood… con todo ese abanico de nombres podías llamar a nuestro nuevo compañero de caza.

Era temprano y teníamos tiempo suficiente para esperarlo ese mismo día, así que, sin dudarlo, nuestro equipo construyó una plataforma que soportaría nuestro peso entre las ramas; una vez arriba les esperaríamos con la idea de juzgarlos y, a tenor de sus colmillos, diseñar una nueva estrategia. Así es la caza y así estaba la situación, no hay más.

Nuestro personal se puso manos a la obra mientras nos dimos una vuelta en busca de búfalos. Cortamos varias huellas, pero, con una distancia de dos horas, no queríamos comprometernos en regresar muy tarde al punto de partida, así que decidimos volver a ver como marchaba nuestra construcción del blind en aquel árbol. Cuando llegamos ya estaba todo preparado para subir. Lo encontramos perfectamente acomodado y nos quedamos arriba el cazador, el profesional, un tracker y yo, el resto se marcharon a otro punto con el coche. A los veinte minutos, Maxi, el tracker me pone una mano en el hombro y susurra: «¡Elephants!». Apenas eran las 17:00 horas, con lo cual no podían ser los que esperábamos. El árbol tenía altura suficiente para no dar aire, pero cuando me giro en su dirección, me encuentro tres trompas por encima de las copas de los árboles apuntando hacia nosotros… O nuestro árbol no era lo suficientemente alto o algo habíamos hecho mal, el caso es que, como solemos decir, esos tres se ‘cortaron’ y no entraron.

Subiendo a nuestro querido árbol.

Seguimos esperando y, exactamente como dijo Botasblancas, tal como lo rebautizamos haciendo honor a su indumentaria, a las 18:10 h., ya de noche, se empieza a oír como la sabana comienza, literalmente, a crujir. Ese sonido en la noche no podía ser sólo de dos elefantes; sin embargo, no veíamos nada en ese cambio de turno entre el sol y la luna. Los prismáticos nos ofrecían una silueta donde apreciábamos enormes masas devorando las calabazas, sólo se oía la maleza rompiéndose a su llegada, el estallido de las gigantes calabazas de 20 kilos y las zambullidas en el agua. No sabíamos cuántos había, los teníamos apenas a diez metros debajo de nosotros, uno de ellos llegó a apoyar su cuerpo en el tronco de nuestro árbol. Desde luego no eran dos y cuando miraba a través de los prismáticos cada vez había más y más, no paraban de llegar, el ruido que hacían nos permitía casi hablar con naturalidad… Comenzaron a beber y el sonido a través de la trompa era como el de un sistema de tuberías y cañerías en serie, las calabazas seguían estallando en cada bocado, ya no sabíamos cuántos podíamos tener debajo, el ruido era estremecedor… ¡Estábamos invadiendo su intimidad!, veníamos buscando los dos ‘fantasmas de la huella’ y nos encontramos con toda ‘su pandilla’. La luna, perezosa, seguía sin manifestarse, y los prismáticos tan sólo nos daban una silueta, era imposible buscar el trofeo entre la treintena de monumentos que teníamos a nuestros pies. Hubo un momento en el que nos inclinamos para mirar directamente en línea recta hacia abajo, cuando, de pronto, la tabla de madera sobre la que estábamos rugió entre las ramas y las cuerdas, generando un chirrido que hizo que la actividad se congelara como si se detuviera el tiempo.

En ese momento nos quedamos inmóviles todos: espías, actores, calabazas e, incluso, el movimiento del agua de la charca se detuvo. Sólo se oía el latido de nuestro corazón, al menos del mío que de un momento a otro iba a salir disparado por la boca. Así aguantamos unos diez minutos. Pasado ese tiempo nos sorprendió la luz de la luna descubriendo a ‘los fantasmas de la ópera’. Los elefantes pronto regresaron a su disfrute quitando importancia a ese ruido del árbol y fue cuando pudimos levantar nuestros prismáticos, ahora sí, en busca del más viejo y el de esos colmillos soñados. Pronto vimos a nuestros dos amigos. Destacaba su tamaño y corpulencia respecto al resto, pero siempre se mantenían tras las hembras, con lo que ni pudimos ver el trofeo, ya que, poco a poco, se marcharon y finalizando su actuación. Cuando concluyó el espectáculo y bajamos ya eran las 23:00 h. y seguíamos en tensión.

Ya los teníamos muy cerca, el plan estaba funcionando y con superávit, así que, al día siguiente, nos fuimos de nuevo al árbol. Si merecía la pena ya veríamos de qué manera le perseguiríamos, además el cazador me insistió que quería cazarlo conmigo, hacerle el backup, perseguirlo, juzgarlo, todo; me concedió el honor de participar en el lance a su lado, nuestra amistad ya estaba conformada y ahora quedaba afianzarla saliendo por la puerta grande, ya estábamos cerca y con seis días por delante. En cualquier momento iba a ocurrir algo, no sabíamos qué, pero estábamos cerca de que pasara algo grande. Los dos llevábamos un .470, él con un Express Rigby de su abuelo y yo con un Chapuis. Ya llevaban sobrando balas muchos días y pronto íbamos a calentar los cañones, teníamos la ilusión rebosante, así que, al día siguiente ya estábamos todos en nuestro árbol como auténticos babuinos. Pasadas las ocho horas colgados, sólo acudieron al agua dos kudus y dos sables, uno de ellos desmesurado. De vuelta al campamento con los cañones fríos una noche más.

Plan B

Recuerdo, a la mañana siguiente, hacer nuestro grito de guerra antes de subir al Toyota y, por algún motivo astral, sabía que de un modo u otro ése era el día. Decidimos volver al mismo sitio, pero con una disposición más relajada, si veíamos huellas de búfalo cambiaríamos el rumbo y ya veríamos lo que pasaría con el elefante. Efectivamente, cortamos unas huellas recientes de un grupo muy grande y emprendimos la marcha detrás de los búfalos. Mientras tanto, los trackers arrastrarían ramas grandes enganchadas al Land Cruiser, peinando y limpiando de rastro viejo todo el paso de elefantes a lo largo de la linde con el parque, para descubrir, ya con nosotros, huellas cien por cien nuevas. Al ser el terreno de arena nos daría una información muy exacta de cuando están cruzando, ya que el tener en la concesión varios puntos de agua, no sabríamos dónde acertar con la espera. Así que, después de tres horas tras los búfalos, cuando los encontramos echados en su momento de descanso, nos aproximamos a ellos arrastrándonos como leones hasta que localizamos el macho con los codos apoyados en el suelo y los prismáticos en la cara, momento en que llegaron las 12:00 horas. Algún lector habrá sufrido esta hora en África, en el que el sol está a 30º de inclinación llevándose consigo todas las térmicas y generando una tendencia de 360º en la dirección del viento, así que ya pueden imaginar lo que ocurrió. En menos de un minuto el polvo de talco se fue en dirección a ellos provocando una huida que convirtió la manada en una nube de polvo.

Un alto en el camino con nuestro amigo botas blancas, como se adivina en la foto.

El lance

Habíamos fracasado en los doce puntos de calabazas, habíamos convivido con un árbol y nos habíamos quedado a 50 metros de un grupo de 30 búfalos, ¡todo sin éxito!

El plan B, por no llamarlo el G, debía funcionar, estábamos en el ecuador del safari, pero ya iba apeteciendo un poco más de acción. Comimos un poco y a las 14:00 horas nos dispusimos a repasar la linde del parque que habíamos limpiado de rastro viejo. Muy despacio desde el Toyota fuimos revisando cada centímetro hasta que, tras un frenazo repentino, vimos dos huellas de una pareja de machos: eran los dos del principio, los que entraban a las 18:30 h., pero esta vez cambiaron su horario, quizá porque empezaba a hacer más calor y prefirieron beber dos veces o bien porque les dio la gana acudir a esa hora y tener su charca en exclusiva.

Fue todo muy rápido, nos bajamos del coche en silencio y, a paso ligero, fuimos ganándoles distancia, tardamos apenas cinco minuros hasta que los vimos. Nuestro pelotón se detuvo y Max señaló desde su espalda con los dedos índice y medio el dos. Yo solamente vi uno en todo momento, pero no lograba verle los colmillos entre la maleza.

Busco y repaso cada hoja con los prismáticos entre los huecos de las ramas, cuando, de pronto, asoma un macizo de marfil precioso del colmillo izquierdo. Los elefantes, al igual que los humanos, son zurdos o diestros, con lo que siempre tendrán un colmillo más alisado. Nos faltaba revisar derecho. Lo teníamos muy cerca y el viento franco en nuestra cara, así que, nos acercamos un poco más en busca de un nuevo ángulo, cuando, de pronto se gira en dirección al parque dándonos el cuerpo entero y el colmillo derecho. A la voz de «¡shoot!», el cazador le encañonó y, tras el trueno del .470 el elefante se derrumbó ipso facto. Fue todo tan raudo que nos miramos todos hasta que Botasblancas nos recordó que había que cumplir el protocolo con los tiros de gracia, así que, antes de los abrazos, le mandó el segundo tiro de su Express. De pronto, el elefante se movió, así que hice yo lo mismo y le mandé otro proyectil, momento en el que se levantó como un venado tras un calentón de agujas y salió como un misil en dirección al parque.

La carrera

No es la primera vez que se pierde un elefante herido, pero, además, éste iba directo al Parque Hwange. Esto supone que, una vez que entre, el animal ya es del estado y significa dos cosas: una, que no puedes pistearlo, y dos, que si aparece muerto no es tuyo, eso sí, a pagarlo igualmente, con lo cual el drama que se avecinaba era infernal.

Era tan endemoniado todo, y tenía tantos pensamientos en mi cabeza, que, sin pensarlo, salí como un cohete detrás de él, no perdí el tiempo ni en recargar el cartucho que había consumido, corrí a todo lo que daba hasta que le alcancé a unos 20 metros por detrás, ofreciéndome su grupa, su columna y sus dos caderas, en uno de esos tres puntos debía detenerlo con un tiro mortífero, así que, conteniendo la respiración, le apunté a la columna y cayó la bala cinco centímetros a la derecha de su espinazo. En ese momento, de forma simultánea, el elefante se dio la vuelta, a la vez que yo abría el Express y descubro la sorpresa que una de las vainas se había dilatado y no salía de los cañones, dejé de intentarlo y pude sustituir sólo una. Antes de cerrar el rifle oí

Nuestros dos protagonistas, cazador y presa. En la foto se aprecia el grosor del marfil con 50 libras.

dos tiros que venían de atrás, pero la mole seguía arriba. Cuando quité el seguro ya tenía el elefante de cara a menos de diez metros. Éste sí era el momento de la verdad: un tiro en el cerebro o nada. Lo habíamos preparado muchas veces, sabía lo que tenía que hacer en esa situación y mantenía la suficiente frialdad y templanza, estaba seguro y preparado, por lo que, ya con un monotiro como defensa, le apunté en su sitio, aunque el ángulo era difícil, pues tenía la cabeza levantada e inclinada hacia su izquierda, busqué la primera arruga de la trompa, pero decidí irme directo entre sus ojos, le apunté más bajo para alojar la bala en su balón de rugby, hasta que apreté el gatillo cuando apenas estaba ya a seis metros de mí.

El tiro quedó entre los ojos, pero más arriba de su cavidad craneal, ¡qué difícil es el tiro frontal…!, y le supuso una picadura de una avispa. Se giró y salió corriendo de nuevo al Hwangue. Esprintamos tras él, ya casi sin fuerzas, mientras recargaba la única y última posibilidad. Cuando me ofreció el tiro, le apunté de nuevo a la columna… ya habíamos errado dos veces, si fallaba una vez más se metería en el parque en dos pasos, no había más solución que ésta, rematarlo de un tiro en la columna o una guerra burocrática, tampoco era tan difícil. Apunté con toda sobriedad, contundencia, precisión y muy mala leche, hasta que, tras el estallido del rifle, vi como clavaba la grupa sobre sus patas traseras, derrumbando, acto seguido, sus cinco toneladas, apenas a 60 metros del parque. ¡Dos segundos después estábamos abrazándonos y gritando…! Acto seguido caí derrotado en el suelo boca arriba empapado en sudor. Sin darme cuenta me había rajado los pantalones, la camisa, tenía brazos y piernas llenas de arañazos, pero no importaba, la felicidad era desbordante, ¡habíamos cazado un elefante!, es más, habíamos cazado el mismo elefante varias veces, ¡qué disparate, lo habíamos logrado! No hay palabras que logren explicar la sensación interna, no hay transcripción posible, es una emoción que el que no lo haya experimentado aún, tendrá que acudir a África y probarlo si quiere saber más. Pero, en todo ello, hay algo que hicimos mal, lo dejo en manos de su sabiduría o sentido común… Aquí me tienen para comentarlo cuando quieran.

   Por Julio González Marco / Atlas Hunting Outfitters

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