Los trece cazadores de los mil elefantes (II)

El autor con un típico elefante de Selous, Tanzania, de cuerpo pequeño y grandes colmillos… y de los que ya no queda ni el recuerdo por culpa de los furtivos.

Continuamos con esta historia de la caza de la sabia mano del maestro Sánchez Ariño, un nuevo capítulo en el que nos presenta tres nuevos cazadores de leyenda de ese club de privilegiados héroes, que lograron la hazaña de abatir más de mil elefantes…

Théodore Lefebvre

El cazador francés Théodore Lefebvre fue el único en llegar a los mil elefantes, independiente de los otros muchos de su nacionalidad que cobraron  bastantes centenares de ellos también. Nació en el norte de Francia en 1878, falleciendo en 1955 a la edad de 77 años, después de pasar casi cincuenta años en el Ubangui-Chari (actual República Centroafricana).

Lefebvre con otro elefante en el Ubangui-chari en 1909.

Hacia mediados de 1906 llegó al referido Ubangui-Chari empleado por una compañía que se dedicaba al comercio de productos locales, siendo enviado a una zona remota para comprar a los nativos cera y marfil, a cambio de productos exportados de Francia. Para su protección le entregaron un fusil militar Lebel, del calibre 8 mm, utilizando la munición reglamentaria que disparaba una bala monolítica de bronce macizo. Como estaba, prácticamente, sin contacto con el resto del mundo, comenzó a cazar durante su tiempo libre, como simple distracción, pero poco a poco se fue interesando más por esta actividad hasta el punto de que acabó abandonando la compañía comercial después de un año para hacerse cazador profesional, centrándose principalmente en la persecución de los elefantes, entonces abundantes por todas partes. Contra todas las teorías de caza y balística, especialmente en cuanto a los elefantes se refiere, Lefebvre alcanzó grandes éxitos con el 8 mm Lebel, como fue cobrar la casi totalidad  de sus mil elefantes, además de muchos búfalos, rinocerontes, etcétera, pues fue un gran tirador que nunca disparaba si no estaba seguro de colocar la bala en el punto justo, que es el secreto del éxito, dicho sea de paso.

Lefebvre tuvo la oportunidad única de ser el primero en entrar en zonas que nunca habían sido visitadas por los blancos, territorios totalmente vírgenes. Esto me hace pensar que Lefebvre fue un cazador de cantidad y no de calidad, pues todas las fotografías que existen de él con elefantes son ejemplares muy ‘mediocres’. Sus zonas de caza favoritas fueron las áreas de Buca, Marali, Bossangoa, Fort Crampel y M’Bres, localizadas al norte, noreste y noroeste de la capital, Bamgui. Yo tuve la oportunidad de cazar por allí entre 1955 y 1959, encontrando muchos y muy buenos ejemplares que, lógicamente, no podrían compararse con los tiempos de Lefebvre, repitiendo que resulta extraño que nunca apareciera  en una foto algún gran ejemplar.

Lefebvre con un elefante cazado en la zona de Marali, Ubangui-chari, en 1920.

En 1953 publicó un pequeño libro sobre sus experiencias titulado Mes chasses en Afrique, cosa que hizo de forma muy vaga sin ninguna información sobre la calidad de los trofeos conseguidos, los mayores colmillos que cobró, etcétera, nada de nada, lo mismo que tampoco hizo referencia a las otras armas que debió de utilizar, citando sólo el 8 mm Lebel. En general es una obra imprecisa, nada informativa y de escaso interés, francamente decepcionante… lo que ‘fue un pecado’, pues nadie mejor que él pudo dar una idea sobre la caza en el Ubangui-Chari en aquellos lejanos días que él pudo disfrutar al máximo.

Como curiosidad citaremos los datos balísticos del 8 mm Lebel, que disparaba un proyectil de sólo 198 grains (12,7 gramos), con una velocidad inicial de 2.380 pies (780 metros) y una energía de 2.481 libras/pie (343 kilogramos/metro), en teoría lo menos adecuado para enfrentarse a los elefantes, de los que, sin querer levantar falsos testimonios, hace pensar que muchísimos de ellos se marcharon heridos…, por muy buen tirador que fuera Lefebvre, pues un elefante con un gran volumen, masa y resistencia siempre fue un gran oponente para los calibres medianos y pequeños.

Los famosos proyectiles monolíticos, de los que todos hablan ahora como si fuera lo último, aparecieron nada menos que en 1891, para ser utilizados por el fusil militar Lebel de 8 mm disparando una bala de bronce macizo, siendo los franceses los primeros en utilizar esta nueva munición en su ejército.

Harry Manners

Mi gran amigo y extraordinario cazador de elefantes Harry Manners nació en Grootfontein, África del Sur, el 17 de noviembre de 1971, falleciendo el 5 de mayo de 1997 a la edad de 80 años. Ese día, después de la rutina habitual, se sentó en el salón de la residencia donde vivía desde hacía dos años, en Nelspruit, África del Sur, comenzó la lectura de un libro que yo le había enviado y, a las tres y media de la tarde, abandonó este mundo de la forma más tranquila, sin enterarse, debido a un paro cardiaco.

Harry Manners con una buena selección de marfil, fruto de sus cacerías en Mozambique protegiendo a los nativos y sus cultivos de los destrozos de los paquidermos.

Cuando Harry tenía seis años sus padres se fueron a vivir a Lorenzo Marques, la antigua capital de Mozambique, hoy redenominada Maputo, donde  su padre se dedicó a consignatario de buques, y donde Harry pasó los próximos cincuenta años de su vida. A los 17 años, sin que su familia lo supiera, se fue con su amigo Wally Johnson para intentar cazar su primer elefante, él armado con un viejo rifle del 10,75×68 y Wally con el 9,3×62 que ambos habían adquirido ahorrando hasta el último céntimo. Después de las emociones consiguientes, Harry  consiguió ‘su’ elefante, que pesó cada colmillo exactamente 80 libras (36 kilos). Ante este primer éxito, siempre que podía se dedicaba a la persecución de los elefantes, adquiriendo la necesaria experiencia sobre la marcha, abandonando el trabajo en la oficina de su padre en 1939, para dedicarse de lleno a la caza. Hacía  principios de 1940 el gobernador general de Mozambique, a la vista de los grandes destrozos que causaban los elefantes en la agricultura del país, además de numerosos accidentes mortales entre la población nativa, decidió retirar la protección de la que habían disfrutado estos animales, declarándolos dañinos, cuya caza quedaba libre e ilimitada en todo Mozambique, lo que no dejó de ser un disparate por parte de aquel señor. Ante aquella oportunidad excepcional Harry  se dedicó a la caza de los elefantes de la forma más activa, continuando así hasta 1958 cuando el sentido común, junto con las nuevas reglamentaciones, puso final a aquella anarquía con las lógicas limitaciones.

Ante la nueva situación que puso punto y final a la búsqueda de marfil, Harry se convirtió en guía profesional de safaris, uniéndose a su amigo Wener von Alvensleben que acababa de crear una compañía con esta finalidad, industria que comenzaba entonces en Mozambique de forma floreciente. Durante los casi 19 años que se dedicó de forma muy activa a la caza de los elefantes, cobró unos mil de ellos, lo que le dio un promedio de 52 al año, aproximadamente, entre ellos un fabuloso ejemplar con colmillos de 185 y 183 libras (84 y 83 kilos), casi al final de su carrera como buscador de marfil, en 1957, cerca de la frontera con Nyasaland, actual Malawi, en una zona montañosa y alejada del distrito de Milange, de muy difícil acceso, siento prácticamente Harry el único cazador que operaba por allí. Esta fantástica pareja de colmillos es la cuarta mayor conseguida hasta la fecha. Un enorme error de Harry fue vender esa súper excepcional pareja al precio normal del mercado de marfil, que era entonces el equivalente de tres euros actuales por kilo, algo de lo que estuvo arrepintiéndose hasta el último día de su vida, pero… con eso se quedó.

Tony con su gran amigo Harry Manners en 1992.

El comerciante hindú que normalmente le compraba el marfil a Harry, se guardó los colmillos como una gran inversión, cosa que así fue sin la menor duda, pues hoy día valdrían fácilmente un millón de dólares; pero su codicia, y el engaño al despistado de Harry, tuvo también un mal final para él, pues se los robaron sin haberse tenido nunca más noticias sobre ellos, lo que hace temer que se cortaran en pedazos para tallar figuritas para los turistas y demás basuras de souvenirs, lo que sería un verdadero crimen. Por lo menos quedó la fotografía de Harry, con sus inmensos colmillos, como prueba absoluta de que sí existieron…

Durante sus actividades, Harry consiguió varios elefantes superando también las 100 libras (45 kilos), siendo su segunda mejor pareja de colmillos 132 y 130 libras (59,796 y 58,890 kilos). Al igual que hicimos otros cazadores, Harry fue utilizando diversos calibres en sus actividades, principalmente el 10,75×68 Mauser, .375 Magnum y .404 Jeffery, todos ellos de repetición. Me comentaba Harry que nunca le gustaron las armas de dos cañones o express, teniendo una pobre opinión sobre el 10,75×68 Mauser y el .458 Winchester, por su  errática y pobre penetración en disparos a la cabeza de los elefantes, junto con su escaso poder de parada en caso de un ataque, a pesar de que durante años no tuvo más remedio que utilizar el 10,75×68 Mauser al no disponer de otra cosa. El .404 Jeffery y el .416 Rugby los consideraba unos calibres magníficos para cazar elefantes, pero como sus municiones no eran siempre fáciles de encontrar en Mozambique, además de muy caras, prefirió centrarse en el .375 Magnum. A lo largo de su vida tuvo cuatro rifles de este calibre, todos ellos marca Winchester modelo 70, empleando la munición británica Kynoch, o sea armas de serie y precio reducido, pero que le dieron siempre los mejores resultados. Con ellos paró 35 cargas de elefantes, viviendo para contarlo, pues fue un gran tirador que conocía perfectamente la anatomía de estos animales y dónde impactar desde cualquier ángulo de tiro en los puntos mortales. Una cosa curiosa es que siempre utilizó balas blindadas para todo, incluidos los animales de piel fina. Además del referido millar de elefantes cobró también unos 500 búfalos, 49 rinocerontes y 21 leones, aparte de los consabidos antílopes.

Harry Mannes con su fantástico par de colmillos del elefante abatido en Mozambique de 183 y 187 libras 83,9 y 84,8 kilos), en 1957.

Con la independencia de Mozambique y los grandes desastres que siguieron,  Harry  se vio obligado a regresar a África del Sur después de 50 años, perdiendo todas sus propiedades allí y todo lo que le había costado una vida conseguir. Gracias a sus conocimientos sobre la fauna entró a trabajar en el Parque Nacional Kruger, teniéndose que adaptar a su nueva existencia. En 1980 publicó un libro sobre su vida y actividades en Mozambique, titulado Kambaku, pero esta edición surafricana sólo contenía una parte del manuscrito de Harry, por lo que en 1986, gracias a mi amistad con el dueño de la editorial Amwel Press, en Estados Unidos, se publicó el libro completo, correspondiéndome el honor de hacer el prólogo a esta nueva edición, libro que recomiendo a todos los amantes de África, la caza y la naturaleza, sobre  como fue Mozambique en sus ‘tiempos dorados’.

Durante mis frecuentes visitas a África del Sur me reunía con Harry, charlando de forma interminable recordando cuando él cazaba los elefantes en Mozambique y yo en el primitivo Congo, y es que la nostalgia es un imán poderoso para los que tuvieron recuerdos felices. Harry hablaba portugués, inglés y afrikaans, además de bastante español que le gustaba practicar conmigo. Se casó, tuvo tres hijos varones, lo mismo que yo, pero se divorció y en el plan familiar siempre lo encontré a ‘falta de algo’.

Después de jubilarse en el Parque Kruger se fue a vivir a un lugar muy cercano a Johannesburgo, donde solía visitarle, comer juntos, etcétera. Como tenía un problema de bronquitis crónica, que se le agudizaba con los fríos inviernos de Johannesburgo, en 1995 se marchó a una residencia en Nelspruit donde el clima era perfecto para él, y allí es donde falleció tranquilamente sin darse cuenta de que se marchaba de este mundo.

Hasta su muerte Harry y yo continuamos una estrecha amistad, conservando sus numerosas cartas con gran afecto. Harry escribió el capítulo sobre mí en el libro Cazadores de elefantes, Hombres de Leyenda, lo que fue un honor para mí. Con su ‘marcha’ África perdió uno de sus más grandes cazadores de elefantes y yo un entrañable amigo… pero así es la vida.

Pete Pearson

Pete Pearson nació en Australia el 16 de Enero de 1877, transcurriendo allí su juventud, hasta que, al cumplir 23 años, decidió marcharse a África en busca de nuevos horizontes, y allí permaneció  hasta su muerte el 10 de septiembre de 1929, a la temprana edad de 52 años, en el hospital de Kampala, Uganda, debido a un cáncer en el estómago. Pearson fue una persona de fuerte constitución, recio y con 1,90 metros de estatura.

Pete Pearson en Uganda en 1928, un año antes de fallecer.

Como muchas de las personas de la época victoriana con espíritu de aventuras y amor por la caza, se fue a la entonces África Oriental Británica, desembarcando en el puerto de Mombasa en 1903, después de cierto tiempo en África del Sur, donde había participado en la guerra angloboer como voluntario en una unidad montada. Desde Mombasa se trasladó a Kampala, en Uganda, utilizando el nuevo ferrocarril que unía ambos puntos, con la idea de hacerse cazador profesional de elefantes, así por las buenas, sin haber tenido nunca la menor experiencia en esta actividad, siendo una extraña decisión. Una vez en Kampala adquirió un rifle express del calibre .577 Nitro, con expulsores automáticos, marchando al distrito de Masindi donde había muchos elefantes con grandes colmillos.

A principios de 1904 conoció en Kampala a Bill Buckley, quien acababa de regresar del Enclave de Lado, donde abatía elefantes furtivamente de forma ilimitada. El referido Enclave estaba bajo la bandera del entonces Estado Independiente del Congo, que era propiedad particular del rey Leopoldo II de Bélgica, y convertido en Congo Belga el 15 de noviembre de 1908, como colonia de la Corona belga.

Tony Sánchez Ariño en el monumento a la memoria de Pete Pearson, en Bakumi, Uganda, en 1962.

Buckley le explicó todo sobre este territorio, donde habían incontables elefantes con grandes colmillos, y lo que había que hacer, que era cruzar el río Nilo, desde la orilla derecha a la izquierda, cazar tantos elefantes como se pudiera, evitando a las escasas patrullas belgas, cruzar de nuevo a la orilla del Nilo bajo control británico y vender el marfil, siempre en gran demanda, consiguiendo grandes beneficios. Ante el panorama Pete Pearson se asoció con Buckley realizando juntos una de estas expediciones furtivas, donde consiguieron una gran cantidad de marfil. Pero esta sociedad duró sólo un corto tiempo, seguramente debido al carácter poco sociable y huraño de Pearson. Desde entonces Pearson cazó siempre solo, sin colaborar con nadie, operando en el Enclave de Lado hasta la muerte del rey Leopoldo II de Bélgica en 1909, cuando se terminó el acuerdo con los británicos, volviendo el territorio a manos de éstos en 1910, quienes dividieron el Enclave entre el Sudán Meridional y Uganda, poniendo esto punto final a la caza furtiva de los elefantes en ‘aquel paraíso del marfil’, después de años de anarquía cinegética…

Peter Pearson en el enclave de Lado en 1905.

Pearson fue un hombre que nunca llevó una contabilidad de las piezas cobradas, pero más o menos se calcula que entre los elefantes cazados en el Enclave de Lado, Congo belga, Tanganyika, Ubangui-Chari y en control en Uganda la cifra total fue sobre los 2.000 ejemplares, entre ellos bastantes superando las 100 libras, con tres  parejas conseguidas en el Enclave de Lado con más de 150 libras por colmillo (68 kilos).

Al comienzo de sus actividades como cazador profesional de elefantes Pete Pearson utilizó un express del .577 Nitro, continuando así hasta que comenzaron a aparecer los rifles de repetición  en sistema Mauser con grandes calibres. Después de experimentar unos y otros, le dio su preferencia al .375  H&H Magnum, aparecido en 1912, convirtiéndose en un gran entusiasta de él, utilizando preferentemente un rifle de este calibre que le fabricó especialmente la firma John Rigby de Londres con la acción original Mauser, dejando el express .577 Nitro relegado a un plano secundario, siendo el resto de su vida un decidido partidario de las armas de repetición.

A su muerte, en 1929, entre el Príncipe de Gales, Sir William F. Gowers y varios amigos y compañeros de Pearson, le erigieron un monumento en un lugar llamado Bakumi, en plena escarpadura que domina el lago Alberto, desde donde Pete Pearson ojeaba a los elefantes para cazarlos, a un lado de la pista que une Masindi y Butiaba en Uganda, y donde tantas veces paré yo para visitarlo y rezar alguna oración por el más que olvidado Pearson, tan lejos de su tierra australiana…  Continuará. CyS

Por Tony Sánchez Ariño

Ver aquí Los trece cazadores de los mil elefantes (I)

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