100 Elefantes 100: Valoración de los colmillos (II)


Por José García Escorial

En la actualidad, la principal virtud de un cazador profesional de elefantes es que sepa juzgar, sin fallos, la calidad, medidas y peso de cada colmillo de marfil que lleva en vivo un elefante. Esto, dicho así, puede parecer una gran herejía y todos los que emulan al bíblico Nemrod, que son abundantes entre los discípulos de San Huberto, me querrán llevar a la hoguera por anatema. Pero , aún quemándome vivo, seguiré afirmando que esta es la cualidad que considero de mayor mérito en la caza actual deportiva del elefante.

Los tiempos han cambiado mucho. En el siglo XIX cuando iniciaron la caza comercial de marfil en el sur del continente, todo lo que encontraban era bueno, daba igual hembra grande que macho mediano, todos llevaban marfil que iría a engrosar el creciente deposito de su carreta tirada por bueyes. En el resto del continente, donde el marfil se sacaba al hombro hasta los centros de venta, cuanto mayor fuera el peso que transportaba el nativo, la gran mayoría sometidos a la esclavitud, mayor era el beneficio que suponía.
 
Determinar la calidad
A partir del siglo XX se inicia, en África oriental, la caza deportiva. Los escasos clientes que se podían permitir participar en un safari de varios meses de duración, acababan consiguiendo un ejemplar de gran peso: las 100 libras siempre ha sido un mito un cuasi imposible de conseguir, es el numero mágico. Los llamados cazadores blancos eran una especie muy escasa, con enorme conocimiento y experiencia en la caza de elefantes que, por supuesto, no dejaban pasar la oportunidad de que sus opulentos clientes consiguieran unos colmillos de marfil que, en la actualidad, marearían a cualquiera por su calidad; pero lo tenían muy claro veían un aparato y decidían su tiro.
Si ves un aparato con dos metros de colmillo por fuera de la boca, no necesitas calcular nada, solo apremiar a tu cazador para que no pierda la oportunidad. Pero ese no es el día a día de la caza actual. La gran mayoría de los permisos CITES que se otorgan cada año, por encima del 70 %, corresponden a elefantes de la zona occidental, en la que el profesional tiene que adivinar lo que lleva el elefante escondido en su boca, no como los clásicos elefantes orientales, que nos enseñan casi todo su marfil fuera de la boca. Con los datos anteriores, se entiende, por lógica y por necesidad, que la gran mayoría de los elefantes que he cazado se encuadran entre los que no enseñan su tesoro.
Juzgar con precisión longitud, grosor y peso final de un elefante en vivo, no es tarea fácil, y es ese momento lo que distingue a un buen cazador profesional de elefantes de otro que no lo es. Cuando uno analiza el tamaño del trofeo de un kudu, un corzo, un marcopolo o un búfalo, y tiene experiencia en estos animales, comprueba lo que se ve del animal. En el elefante hay que adivinar lo que lleva dentro, y esto es una gran complicación que sólo con mucha experiencia, dedicación y afición se llega a dominar, o por lo menos a acertar con mayor seguridad. Conozco a profesionales de mucha edad que nunca, ni de jóvenes ni en la tercera edad, supieron con solvencia determinar el peso de unos colmillos dentro del animal; no sé de ningún ayudante o pistero que supiera de estos menesteres.  Yo creo que nunca se lo plantearon, es decisión del profesional, no suya, por lo que no son de gran ayuda en este aspecto, es el PH el que se la debe jugar antes de tomar la determinación del disparo. He conocido a profesionales muy fiables en determinar la calidad de un trofeo, pero no he conocido a ninguno que lo asegurara con precisión, siempre con dudas y terminando diciendo al cazador «Si te gusta, tírale», escapando de la responsabilidad de la decisión. El valor económico de un safari de elefante grande atenaza la decisión del profesional más talentoso, por supuesto ya no hablamos del novel o de los que tienen poca experiencia o de los que no aprenderán nunca. Yo estoy convencido de que muchos grandes elefantes, con mucho marfil, se murieron de viejos porque en sucesivas ocasiones nadie dio la orden de tiro por no saber decidir con rotundidad la calidad del trofeo.
 Colocarse a 15 o 20 pasos de un elefante de sabana, con el aire en la nariz del cazador, es tarea relativamente sencilla, al alcance de cualquiera; no digamos ya si uno está acompañado de un pistero local, sin necesidad de que éste sea sobresaliente, nos meterá sin problemas entre las patas del animal. Tampoco es complicado tomar la decisión de seguir las huellas de un elefante que haya pasado unas seis horas antes si estas tienen un buen tamaño, por encima de 50 centímetros, y están lo suficientemente desgastadas, por lo que nos señalan que no se trata de un animal joven. En la época seca, los pisteros siguen a buen ritmo los rastros, a veces se pueden tomar un rato para ver la dirección, si es que han parado o han deambulado alimentándose, pero lo habitual es que reemprendan la marcha con la huella buena. 

Elefante movido…
De repente, el pistero que va adelante ordena parar y señala extendiendo el brazo en una dirección. Ha visto al elefante. Es el momento en el que el profesional se adelanta con su cazador pisándole los talones. Es sorprendente lo mal que se aprecia a un animal de este tamaño dentro del bosque africano.
Al cazador poco experimentado le costará ver al animal, hasta que divise una mancha gris oscura, casi siempre inmóvil. Si sólo se persigue a un ejemplar, la tarea es mucho más sencilla; si es un grupo de varios machos, habrá primero que determinar el número, situarlos sobre el terreno para que, al avanzar, no le demos el aire a ninguno de ellos, lo que provocaría la segura estampida de todo el grupo.
Yo tengo la siguiente teoría, con refrán incluido de mi colección, « Elefante movido, dale en ese día por perdido». Si le das el aire a un elefante y éste se larga a todo meter, casi nunca más, en ese día, te dará la oportunidad de poder ponerte a tiro. Tengamos uno o varios ejemplares, y si ya hemos decidido que pueda ser de tiro, tenemos que ponernos muy cerca para poder determinar con la mayor exactitud la calidad del trofeo. En este rececho final hay que tener paciencia, no hay prisas si el viento es bueno y tenemos suficiente luz.
 Al meternos en el terreno del animal hay que evitar hacer ruido alguno, por eso, antes de este momento, el arma debe de estar con un cartucho en la recamara y andar con gran precaución mirando al suelo para evitar tronchar una puñetera ramita que nos delate; los elefantes son muy cegarrutos, apenas ven, pero con ese apéndice nasal tan colosal, la trompa, huelen de modo extraordinario, y con esas orejotas, tan grandes como pantallas de radar móviles, si parados las despliegan, captan todos los ruidos a su alrededor.
Botellitas para el viento
Ya estamos a la menor distancia posible del elefante, apenas 10 metros, solos delante el profesional y el cazador, el resto del grupo a una pequeña distancia –así se hace menos bulto– pero no lejos por si se les puede necesitar. El profesional ha comprobado repetidas veces el viento, que es favorable para los cazadores. Si el profesional es cuidadoso, llevará siempre una bolsita de tela o una pequeña botella de plástico que contenga talco o ceniza, que le permitirá determinar la dirección del viento; son legión los profesionales que no llevan nada encima nunca, confían en que lo lleve el pistero de confianza, pero a este a veces se le olvida. Si tampoco el cazador o los acompañantes llevan la dichosa botellita, el profesional se pasa el tiempo inquiriendo al equipo la dirección del viento, lo que no deja de ser una coña por la improvisación y la falta de esa profesionalidad que se supone.
Personalmente tengo un surtido de pequeñas botellas, siempre viajo con más de una, y, de modo sistemático, cuando me visto por la mañana, una la meto en el bolsillo de mi camisa –bien sea si voy de caza de elefantes o de perdices–, botellita que, en muchísimas ocasiones, es la que ha servido al grupo cuando hemos cazado elefantes, ya que nadie más la llevaba. Nunca he utilizado la bolsa de tela que puede ser muy practica y determina muy bien la dirección del viento, pero es una guarrería que va manchándolo todo. Desde hace muchos años, veinte exactamente, utilizo unas botellitas de color pardo de plástico flexible que una vez descubrí en un vuelo de Lisboa a Johannesburgo y que correspondían a las botellitas de licor que me bebí. Fue un viaje memorable. Componíamos el grupo 16 personas y conseguí que todas, con billetes de turista, pudieran viajar en clase business y en gran clase, ya que era en la época en la que pisábamos muy fuerte en South African Airways. Por eso recuerdo muy bien la fecha, el verano de 1992. Jamás, personalmente, he utilizado talco porque da olor, prefiero la ceniza muy fina, no da olor y la encuentro todos los días en el fuego del campamento.

Cantidad de marfil
El elefante, ajeno a nuestra presencia, o está quieto o apenas se mueve. El profesional, con los prismáticos, observa al animal; al cazador novel, los ojos se le irán detrás de los colmillos, pero no es sólo eso lo que hay que comprobar. La altura de un elefante es determinante. Un ejemplar muy grande, tiene una cabeza de gran tamaño y los colmillos le llegan hasta la altura de los ojos, lo que es, al medir, una mayor longitud de marfil. Hay viejos elefantes occidentales con colmillos sin romper que tienen tanto marfil dentro del cráneo como fuera.
En una ocasión estábamos cazando elefantes  y ya todos los cazadores habían acabado menos uno. El profesional decía que no veía ningún ejemplar de tiro que se acercara a las 60 libras. Decidí irme con ese grupo y, con el primer elefante macho adulto que vimos, le pedí que me lo radiografiara. ¡Le quitó 7 pulgadas (18 centímetros) de longitud interior a mi estimación! Le dije que se equivocaba y horas más tarde se lo demostré con todos los colmillos del campamento. Por la tarde vimos un ejemplar similar al de la mañana. Lo tiramos y nos dio unas cumplidas 60 libras, en vez de las poco más de 50 que el hubiera considerado sin saber apreciar con exactitud el marfil que podía llevar dentro.
Estos elefantes, tipo sur occidentales –lo que se llama Whankie Bulls, ya que su origen más importante es el Parque Nacional de Hwange, en Zimbabwe (la gran mayoría de este país, todos los de Botswana y de los de Namibia y muchos de Sudáfrica)–, de gran tamaño corporal, con colmillos muy gruesos y generalmente cortos, sobre todo en comparación con los elefantes orientales, los medidos, por mi, más largos tenían 32 pulgadas por dentro. La media son 28 pulgadas y con 30 son muy grandes, por lo que habría que añadir mínimo 28 pulgadas a lo que se considera que puedan tener por fuera, a la vista.
No se puede aconsejar disparar a un ejemplar sin haberle visto las dos puntas. Es raro el elefante que tiene las puntas gemelas, ya que los colmillos son herramientas de trabajo para cortar, empujar, alimentarse y una desgasta más que la otra. Cinco pulgadas en un colmillo más corto que el otro es normal; también hay elefantes  que tienen en una punta el característico ‘dedo’, un desgaste producido por cortar hierba que hace una forma que recuerda al apéndice digital humano, más bien a una uña. Si se ve un colmillo muy bueno hay que tener paciencia y ver el otro. Hay mucho elefante monopunta y aún más con un colmillo roto en la raíz. Aconsejar disparar un monopunta es difícil, hasta la fecha no lo he hecho nunca, no tiene sentido cobrar un elefante con un solo colmillo de 70 libras en zonas donde es fácil conseguir un 50 libras por punta. La cuenta es sencilla, 50×2 es 100, 70 x1 es 70; si encontrara un elefante con un solo colmillo de 80 libras bien cumplido, cazando con una persona que tuviera en su haber ya elefantes grandes, le podría aconsejar que le disparase, siempre podría hacer una replica artificial del colmillo y disponer en su salón de un par de colmillos espectacularmente estéticos. Si la diferencia entre el colmillo bueno y el corto (roto o no) supera las 10 pulgadas, el profesional debe advertir muy en serio de esta anomalía al cazador. Tampoco es lo mismo encontrar a un ejemplar disparejo en los primeros días del safari que en los últimos, si no se ha encontrado nada mejor puede ser que sea aconsejable cazar ese ejemplar con un gran colmillo y otro de menor peso.

Elefantes viejos
Para saber si el elefante es un ejemplar viejo hay que considerar varios factores, que nos hagan llegar a la conclusión de que se encuentra en los últimos años de su vida –los elefantes dejan de alimentarse por desgaste de sus molares y mueren en libertad antes de los 60 años , dependiendo de si han vivido en zonas con alimentación más abrasiva o menos agresiva para el desgaste dental. Ninguno de los Magníficos del Kruger, que se encuentran en el Museo de Letaba, superó los 60 años–  que puede ser a partir de los 45/50 años.
Hay que analizar varios detalles. Señalar que el elefante produce marfil  hasta el día de su muerte rellenando la cavidad hueca de los colmillos y reduciendo el espacio que ocupa el nervio dental, por lo que, claro, pesan más unos colmillos casi macizos por dentro que unos huecos de nervio muy largo y pesado.
Siguiendo la huella, hay dos motivos para saber si es un elefante viejo. El primero que la huella presente los talones muy lisos; este gran desgaste sin relieve, demuestra que sus zapatillas están muy usadas y es un claro  síntoma de vejez. En ocasiones extraordinarias, pudiera ocurrir porque ese animal en concreto pisa mal por una cojera o similar, produciendo un desgaste más acusado de lo que es normal. La otra causa, es que los restos vegetales que vaya comiendo apenas muestren mordeduras por tener los molares casi desgastados.
Otro síntoma por el que podemos adivinar que es un animal anciano, es porque la curvatura de su espalda esté muy hundida; esto pasa con todos los mamíferos terrestres, incluido el hombre, las vértebras se hunden por lo que la espalda se dobla. Un elefante con la columna vertebral arqueada, es un ejemplar con muchos años. La ultima causa es muy sencilla de observar, pero se la pasan por alto la mayoría de los profesionales. Cuando, una vez abatido, les preguntas, no saben responder, me refiero a que si tienen mucho, poco o nada de pelo en el rabo. La calvicie no es determinante de la edad, pero los ancianos suelen andar escasos de pelo; en este caso, los elefantes muy viejos no tienen ni un solo pelo en el rabo que cuelga absolutamente calvo. ¡Adiós a la idea de hacerse pulseras de pelo de cola de elefante!, pero, casi con total seguridad, se tratará de un animal muy viejo. Comprobar este extremo no suele ser complicado con el uso de prismáticos y dada la corta distancia desde la que se observa al elefante previamente al disparo. 

The thick is the trick
Delante tenemos un ejemplar de gran altura, con la espalda hundida, con la cola sin pelos, su huella, de gran tamaño, estaba desgastada, los restos vegetales que encontramos apenas mordisqueados, tiene dos colmillos intactos y no muy desiguales… ahora es el momento de fijarnos para intentar adivinar su peso y longitud. Por haberlo visto muchas veces sabemos que los colmillos tienen que superar a la trompa en reposo y fuera del labio aproximadamente un metro, unas 40 pulgadas. Intentar adivinar el grosor es lo más peliagudo, y además lo más definitivo. En inglés se dice que The thick is the trick (el truco es el grosor), y que sea un par de pulgadas más o menos es determinante para que sea un trofeo de tiro o haya que dejarlo pasar. No hay fórmulas que valgan para acertar, sólo la apreciación, fruto de la experiencia de haber cazado y medido en el campamento muchos colmillos, puede ser la guía que nos lleve a poder determinar con fiabilidad el grosor en el labio. En varias ocasiones, una vez abatido el animal, le he preguntado al profesional el grosor, y ha sido incapaz de dar una respuesta coherente con la medida real, por lo que hubiera sido imposible juzgar bien al animal si no se tenía claro un aspecto tan determinante como el grosor en la boca del paquidermo. Por ultimo, apreciar si la punta conserva el grosor o si esta está afilada como un lápiz, que, seguro, supondrá una merma bastante importante en la báscula. 

La piedra filosofal
Ya tenemos, o creemos tener, todos los datos. Ahora, mentalmente, hay que sumar, restar, dividir, multiplicar e informar al cazador para que dispare o que no lo haga. La formula que yo utilizo, que me enseñaron a mí hace años, que la aplico siempre, que se la he pasado a muchos cazadores profesionales y que jamás la he visto publicada en ningún libro o articulo, es la que sigue –parece que voy a revelar el secreto de la piedra filosofal que convierte todo en oro. Pues es más o menos pero en vez de oro al final es en marfil–.
La longitud total que uno cree en pulgadas –pongamos por ejemplo 40 por fuera  y 30 dentro de la boca–  nos da una cifra de 70. Ya tenemos un dato, 70. El siguiente es la circunferencia en pulgadas del colmillo en la boca, siendo 19 el cero y cada digito, para arriba o para abajo, es un 10 % más o menos. Lo explico con el siguiente ejemplo: si ya teníamos 70 y creemos que en la boca tiene 19, que es cero, el peso seria de 70 libras. Si fuera de 18 pulgadas en la boca, seria un 10 % menos, es decir 63 libras, y si tuviera 21 significa un 20 % más, que añadido a 70 x 20 % más daría 84 libras. Esta formula está contrastada desde hace muchos años con miles de colmillos de Whankie Bulls, y funciona casi con rigor matemático. Aunque, a su vez, tiene, de mi cosecha propia, bonus positivos o negativos. Cada bonus es un 5 % de más o de menos: si es muy viejo (huella desgastada, sin pelos en la cola, espalda hundida, molares sin actividad) tendrá un 5 % de bonus positivo, Si es muy grande lo mismo. Pero si el cuerpo no tiene gran tamaño, hay que quitar un 5 %, si el colmillo pierde grosor, otro 5 % hasta el  10 %; todos estos son bonus negativos.
El elefante tipo, de 70 de longitud con 19 en la boca, pierde un poco de grosor, no es muy alto, ni de cabezota enorme, y la cola tiene algún pelo largo, por lo tanto no hay bonus positivo, pero si un negativo de 5 %. A las primera 70 libras le quitamos 3,5, y podemos decir al cazador: «Dispara, si no tiene el nervio muy grande andará sobe las 65 libras, si lo tiene enorme sobre las 60 libras, es un claro elefante de tiro». La gran mayoría de los cazadores hará caso realizando un buen disparo y un precioso trofeo se habrá cobrado. 

Por último, la belleza
Vamos a simplificar la formula base. La suma del total de la longitud del colmillo, tanto del exterior como del interior, en pulgadas, se convierte en paridad a libras. La circunferencia del colmillo en la boca en pulgadas, se pasa a libras, sumándose con las que nos dio la longitud. En la boca 19 pulgadas es 0, cada pulgada de más  de 19 es un 10 % a añadir, cada pulgada de menos de 19 es un 10 % a restar. Luego se aplican esos bonus positivos o negativos de mi cosecha, que al final es peso de más o de menos.
 Por último, hay un concepto inmaterial, que es la belleza. Por regla general, el estándar actual en la moda es el de las personas alargadas y de poco esqueleto, por tanto, en los colmillos, muchos prefieren los ejemplares muy largos y delgados. Yo, sin decir la grosería que de modo plástico cuento en África, afirmo que los grandes colmillos son los que combinan longitud y grosor, sin ahondar más en este tema tan escabroso del tamaño. 
Para este calculo se necesita disponer del tiempo suficiente para ponderar todos los datos, y aconsejar de modo efectivo, de acuerdo también con la calidad media de la zona, aunque todos los cálculos de estos parámetros, en más de una ocasión, se pasan por alto ante la evidente calidad del trofeo que tenemos por delante.
Recuerdo que, cazando con una persona con la que tenia gran confianza, vimos un elefante que, nervioso, se alejaba. Le puse el trípode y le urgí en el tiro. El no dejaba de preguntarme que cómo era. Yo sólo le respondía que tirase ya que el animal estaba intentando poner tierra de por medio. Cuando, al final, el elefante estaba en el suelo, el cazador, agitado, me preguntó una vez más que cómo era, yo le contesté que cojonudo, casi llegó a las 80 libras. Y es que hay momentos en que hay que olvidarse de fórmulas y otras zarandajas antiflogísticas para pasar a la acción.
 Ahora viene la anécdota negativa que me hizo cambiar mi modo de ver las cosas. Cazaba con un profesional muy conocido, dueño de una compañía de caza de altas ‘campanillas’, con colección de video y programa propio de televisión en América. Era el primer día de caza. Acabábamos de pasar un elefante con un peso en sus colmillos de por encima de 50 libras y bonito. Pero era el primer día de caza y queríamos llegar a las benditas 60 libras que eran la media  de la zona. Veríamos después una media docena más de machos adultos sin interés. Cuando chequeamos a otro elefante, le filmé en mi maquina de video y le analicé hablando a la cámara y diciendo que no era un elefante de tiro. Para mi sorpresa, cuando llegamos al coche este profesional, con el que ya había cazado en muchas ocasiones, me dijo que informara al cazador de que íbamos a tirar a ese elefante. Yo protesté diciendo que era un elefante pequeño. Pero tanto el profesional como el pistero afirmaron que estaba equivocado y que los colmillos pesarían por encima de 60 libras.
Ante tanta autoridad, informé al cliente (ya tenia mucha experiencia y había cazado más de 50 elefantes, varios de ellos con este profesional, sin cometer ningún error con anterioridad). El cazador,  con un solo tiro frontal de cerebro, abatió el elefante. Desgraciadamente yo tenia razón. Con dificultad, uno de los colmillos superó las 40 libras (el peor elefante cazado hasta la fecha con mi presencia).
El reconocido profesional se escondió sin dar nunca la cara. Pasado un tiempo le insistí para que hiciera una oferta suculenta y que el cazador volviera a cazar con el, pero no lo hizo. La realidad patente es que, apenas con dos horas del primer día de caza, en uno de los safaris de mayor precio, se acabó con un trofeo muy por debajo de lo esperado. El mismo cazador, el mismo año, cazó conmigo en Tanzania. Todos los trofeos que consiguió lo hizo conmigo de cazador profesional. Me volqué con el. Mi desaparecido hijo me echó una mano. En tan solo 10 días de caza consiguió dos búfalos, un león, un magnifico y complicado roan, media docena de antílopes variados y una cosa inédita: hizo un doblete de gatos servales. Y pudimos tirar un elefante mejor que el conseguido en el fallido safari anterior, pero ya la cartera estaba exhausta. Aunque toda esta dedicación y éxito no fue suficiente para que volviera a contratar con nosotros, y tenía razón ya que le fallé.
A partir de ese elefante, me dije a mi mismo que nunca permitiría que un cazador nuestro, en mi presencia, volvería a tirar un elefante en contra de mi voluntad. Si al fin y al cabo el responsable voy a ser yo, por lo menos me tendré que equivocar yo, cosa que, gracias a Dios, nunca ha pasado, y han sido muchos los elefantes que se han dejado de tirar porque mi consejo fue negativo, sin importarme que fuera el mismísimo San Huberto (perdón por la irreverencia) el cazador profesional de turno.

El peso final y la picaresca
Ya sé que el mejor escribano echa un borrón, pero como en esto de la caza no se va a responsabilizar prefiero, por experiencia, que el errado sea yo para que no se me quede cara de lila, como me pasó en ese caso.
Los cazadores profesionales de esa compañía jamás entendieron el error tan descomunal de su jefe. Con el paso del tiempo he aprendido que las prisas no son buenas compañeras en esto de la caza: tómate las cosas con calma, pondera la situación y resuelve, es una buena triple receta. Ese muy conocido profesional quiso hacer en el primer día de caza todo el trabajo del safari, y se ofuscó sin poder ver lo evidente. 
 Hablando del peso final, muchos cazadores sufren una decepción cuando varios meses después reciben sus colmillos de elefante montados sobre una peana y, siendo los suyos, el peso difiere bastante del que le dieron en el campamento. Y es que, en esto, hay un poco mucho de picaresca.
Hay compañías de safari que cobran de acuerdo con la calidad de lo que se abate: a más marfil más pago, y suelen desmontar la cabeza para extraer los colmillos a la mayor brevedad posible para pesarlos en verde. Pero aquí no hay quejas porque así lo ponen en su lista de precio. El problema viene por la utilización de una báscula (scale en inglés) trucada, que, por supuesto, pesa de más, como todas las basculas de los tramposos en  todo el comercio mundial.
La sorpresa se la lleva el cazador, que al cabo de meses se entera de que su elefante de 60 libras al final tiene grabado un peso oficial de 50, y sólo tendrá derecho al pataleo.
La única solución es comprobar el peso en origen antes de liquidar, y para eso hay que disponer de una bascula propia electrónica que no deje lugar a dudas. Aunque parezca muy exagerado, ya en una ocasión tuve que volver a pesar todos los colmillos de una expedición con una bascula mecánica, que adquirí en la ciudad más cercana, ante la evidente falsedad en los datos de la de el campamento, y no se liquidaba por peso en esta ocasión, pero sí las propinas que estaban de acuerdo con el falso pesaje. Y, además, sabía que en España tendría al cabo de meses a más de una docena de cazadores disgustados.
En la actualidad me muevo con esas pequeñas balanzas electrónicas que no se pueden trucar, y más de un profesional se ha quejado del uso. Me parecen igual de tramposos que los que pretenden que no saque mi metro para comprobar los trofeos y que no se pueda comprobar que el kudu que han dicho que andaría sobre las 56 pulgadas en realidad no supera las 50. A ellos les da igual que el kudu tenga más o menos, el problema con el cazador al final, lo voy a tener yo, no ellos.

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