Redunca de montaña, un reto para el recechista

“Nunca conocí una mañana en África en la que no me despertase feliz”, Ernest Hemingway

Cuando uno comienza su andadura viajando por primera vez al cono sur, siempre lo hace atraído por animales de los que podríamos llamar ‘iconos africanos’, bien sean antílopes o caza más exclusiva, como los cinco grandes. Lo que nunca suele conocer el nobel visitante de aquellas remotas tierras es que en ella habitan una serie de especies muy interesantes para el recechista de montaña. Tal es el caso del protagonista de nuestro artículo de este mes. El redunca de montaña (Redunca fulvorufula), mountain reedbuck (inglés), redunca de montagne (francés), rooiribbok (afrikaans) o bergriedbock (alemán), es uno de los máximos exponentes de la caza montañosa que podemos encontrar en el continente negro junto a otros antílopes de talla pequeña, como pueden los casos del vaal rhebok y el klipspringer.

Un tipo de rececho muy deportivo que nos exigirá buenas piernas, en ocasiones largos disparos y transitar lugares de indudable belleza natural en los que este tímido rumiante tiene su hábitat. El famoso cazador sudafricano Peter H. Flack recogía en su libro Hearts of an afican hunter un párrafo muy ilustrativo en el que deja constancia de su atracción por esta especie: «El miembro de los diez pequeños con el que más he disfrutado durante su caza ha sido el redunca de montaña. Cada vez que vuelvo al Karoo, ellos me atraen como un auténtico imán hacia sus montañas».

Redunca fulvorufula

Siempre ha existido una pequeña confusión entre el vaal rhebok (Pelea capreolus) y el redunca de montaña, ya que el primero no está relacionado con el género Redunca a pesar de su nombre rhebok. El vaal o antílope corzo/cabrio es la única especie del género Pelea.

El nombre científico de nuestro protagonista, Redunca fulvorufula, proviene de la unión de dos palabras latinas, como son «redunca», que significa torcido o curvado y que hace referencia a la forma de sus cuernos, y «fulvorufula», que incide en el color rojizo de su cuello y cabeza.

Tal vez las características más relevantes de su anatomía sean unas glándulas debajo de las orejas (que desprenden una esencia que ayuda a los machos a marcar su territorio) y unos característicos cuernos curvados hacia delante, con unas protuberancias blandas en la zona de la base. El peso de los machos suele alcanzar los 40 kilos, mientras que las hembras ronda los 34 kilos, con una altura de cruz de unos 72 centímetros.

Subespecies

Los manuales científicos reconocen tres subespecies de redunca de montaña:

Soothern mountain reedbuck (Redunca fulvorufula fulvorufula): distribuido por toda Sudáfrica, el sureste de Botsuana y el sur de Mozambique. Sus poblaciones superan con creces los 30.000 ejemplares, experimentando un importante aumento, tanto en los ranchos privados como en las reservas estatales.

Chanler´s mountain reedbuck (R. f. chanleri): esta vulnerable subespecie con una población estimada de menos de 3.000 individuos puebla parte de Etiopía, Kenia y Tanzania, junto por algunos lugares del sur de Sudán y Uganda.

Western mountain reedbuck (R. f. adamuae): la tercera de las subespecies habita las remotas montañas de Adamua, en Camerún, junto con pequeñas franjas de su vecina Nigeria, encontrándose pequeñas poblaciones muy aisladas, que la hace la más vulnerable de todas.

Comportamiento

Con una dieta basada exclusivamente en hierba, los podremos encontrar en montañas y colinas donde abunde el pasto, cercanas a lugares donde puedan encontrar agua, ya que son muy dependientes de ésta.

Durante las horas centrales del día aprovechan para descansar tumbados, sirviéndose de la orografía de aquellos andurriales, utilizando la sombra de grandes rocas o arbustos para protegerse del calor y permanecer camuflados frente a sus depredadores naturales, como el chacal, el caracal y el leopardo, junto con los perros que suelen utilizar los furtivos para su caza. Los pequeños suelen ser también predados por diversas águilas y los molestos babuinos.

Son activos de día y de noche, alimentándose principalmente a primera y última hora del día. Utilizan, igualmente, la noche para bajar a las llanuras donde encuentran abundante pasto e incluso tierras de labor. Durante el amanecer los podremos encontrar en las zonas altas de colinas, calentándose con los primeros rayos de sol.

Nos podemos encontrar con grupos de hembras de unos dos a seis individuos junto con sus crías, que suelen transitar territorios de varios machos dominantes, cuyos cuarteles suelen rondar entre las 10 a 30 hectáreas, dependiendo de las zonas. Los machos viejos suelen ser solitarios junto con los machos jóvenes sin territorio que defender, formando éstos, en ocasiones, rebaños de solteros que suelen ser bastante inestables.

Animales con unos sentidos muy desarrollados de vista y olfato, suelen localizar a su perseguidor con facilidad, emprendiendo una instantánea huida que los aleje del peligro unos cientos de metros, para parar de nuevo e intentar localizar la amenaza.

Recuerdo que, hace ya unos años, me encontraba recechando en las inmediaciones de las montañas de Winterberg. Nuestra intención era conseguir un buen macho de vaal rhebok y llevábamos dos días desesperados tras ellos, sin poder estar a distancia de tiro durante aquellas jornadas. Una de las tardes y ante la imposibilidad de llegar a una distancia prudente de los animales, se me propuso hacer un pequeño ojeo para intentar tener alguna remota posibilidad. A mí aquella proposición no me hacía mucha gracia, pero, la verdad, es que, al ver que era bastante peregrina tal y como la habían concebido, no dudé en aceptar aquella pequeña locura cinegética.

En resumidas cuentas, se trataba de que, Scharl, uno de los granjeros blancos que vivían en aquellas montañas junto a dos morenos subordinados, subieran hasta la cuerda de aquella montaña para ojearnos los asustadizos vaalies.

Así las cosas, comenzó la batida intentando reconducir a nuestro semental y sus doncellas hasta nuestra posición. A los escasos minutos, los animales, lejos de acercarse a nosotros, se perdían en la inmensidad de la montaña. Era tal la distancia que ni con ayuda de los prismáticos lograba diferenciar más que puntos de color tostado.

Eso sí, a la media hora de espera, los que parecían seguir la caja del arroyo fue un grupo de reduncas de montaña. Primero pasaron junto a mí varias hembras con sus crías. Yo sabía que necesariamente debían de ir acompañadas, por lo que me mostraba muy atento ante la posible presencia de un buen trofeo.

Y fue así como, en décimas de segundo, vi un macho que bajaba a toda velocidad hacía nuestra posición, junto con dos hembras más. Al girar la cabeza para intentar avisar a mi PH, volví a la posición en la que se encontraba el animal y éste había desaparecido en aquel pastizal, mientras que las hembras volvieron a pasar a escasos metros de mí. Comentando con Owen la situación, llegamos a la determinación de que el animal se había echado, intentando pasar desapercibido ante nosotros. Como nuestros aplicados ojeadores se encontraban ya cerca de nuestra posición, los dejamos pasar hasta que llegaron a nosotros. El animal seguía sin aparecer por ningún lado. La verdad es que lo fácil hubiese sido dar por concluida nuestra jornada, ya que el sol hacía tiempo que se había perdido en el horizonte, pero, perseverantes, decidimos avanzar hasta el lugar donde yo había visto por última vez al animal. Como si se tratase de una cacería de liebres, dábamos cinco pasitos y nos volvíamos a parar mirando en todas las direcciones. Escudriñamos cada metro cuadrado con una dedicación propia de detectives en busca de una pista.

El caso es que, cuando ya habíamos dado por concluido nuestro trabajo de observación, nos giramos para coger el arroyo abajo en dirección a nuestro coche y, como suele ocurrir con nuestras queridas rabonas, a menos de diez metros de nosotros, saltó como un resorte un bello macho de redunca de montaña. Dio una carrerita de unos cien metros y se giró para ver cuál era el peligro que le acechaba. Y, como suele ocurrir en estos casos, fue ese pequeño descuido el que le costó recibir un disparo rápido que acabó con sus huesos en el suelo. Se trataba de un fantástico animal de edad ya más que cumplida, que había puesto el broche de oro a una agotadora jornada.

Poblaciones en Sudáfrica

Hace ya unos meses llegó a mis manos un estudio sobre las poblaciones del redunca de montaña en Sudáfrica, las cuales parecen incrementarse año tras año gracias al trabajo del gobierno en los diferentes parques naturales y al de los propietarios de ranchos de caza, que ven en este animal un aprovechamiento cinegético que les ayuda a completar su economía basada, generalmente, en la ganadería. Comentaba que en el Parque Nacional Mountain Zebra se había producido un aumento poblacional cercano al 30% en los últimos seis años, a pesar de gozar aquella zona con una importante congregación de chacales y caracales.

Apuntaba igualmente este trabajo que la densidad óptima para dar una máxima producción era de 5 hectáreas por animal, con un ratio para adultos de 1 macho cada 6 y 8 hembras, debiéndose calcular esta cifra a partir exclusivamente de la superficie de las zonas óptimas dentro de la totalidad de las fincas o ranchos.

Aunque es verdad que normalmente es un tipo de rececho que no nos requerirá demasiados días para poder encontrar un macho representativo, no debemos olvidar que la meteorología en la montaña suele ser muy variable y que nos veremos, muchas veces, afectados por inclemencias meteorológicas que dificultan sobremanera su caza, como pueden ser los fuertes vientos o densas nieblas que hacen imposible su localización.

Año tras año, los mejores trofeos que se dan en Sudáfrica suelen proceder de las áreas montañosas del Easter Cape, KwaZulu-Natal, Free State y Mpumalanga, entre las que destacan algunas zonas como Adelaide, Bedford, Colesberg, Fort Beaufort, Nylstroom o Pongola.

Nuestro protagonista es una auténtica delicatessen en los fogones y, posiblemente, tenga una de las mejores carnes tanto si la degustamos fresca como en biltong. Veneración por su sabor me mostraba en una ocasión un granjero que me llegó a contar que su abuelo se había propuesto acabar con todos los vaal rhebock de su rancho porque pensaba que les hacían la competencia a los reduncas montanos, que eran una auténtica prioridad para aquellos ganaderos.

Rececho en Mpumalanga

Me viene a la cabeza una anécdota sobre el primer redunca que tuve la posibilidad de abatir en territorios montañosos de Mpumalanga. En aquella ocasión había decidido viajar con .375 H&H nuevo que me había regalado mi mujer con lo que, como es obvio, para aquella cacería uno de los PH me cedió su .300 WM.

Comenzamos nuestro trayecto en coche hasta llegar a cierta área rocosa, carente de matorral y con espeso pasto, que emergía por los huecos dejados por las variadas rocas de composición granítica. El viento hacia muy incómoda nuestra empresa y nos vimos obligados a recorrer toda la cordillera para poder tener el aire de cara, lo que era fundamental para no delatar nuestra presencia.

Trascurrieron casi dos horas hasta localizar al primer grupo de animales entre los que se encontraba un macho con un más que digno trofeo. Se mostraban expectantes ante nuestra presencia, a una distancia para mí insultante a la hora de realizar un disparo. Decidimos realizar una entrada a través de un cañaveral situado en la parte inferior de la montaña con el fin de ganar unos metros que me permitieran tener alguna posibilidad de alcanzar a este desconfiado antílope. Nuestros últimos metros los realizamos avanzando a gatas con el rifle a cuestas, pero los animales nos descubrieron y comenzaron una lenta y continua ascensión que los situaba a una gran distancia.

Al ver como se estaba desarrollando nuestro rececho, nuestro joven guía nos comentó que la mejor opción es realizar el disparo a la citada distancia, ya que, aun en el caso de errar el mismo, nuestros oponentes no avanzarían mucho mostrando curiosidad ante el estruendoso ruido. Con el telémetro marcando 332 metros, no era capaz de meter en el visor a mi objetivo.

Cuando me apoyaba para disparar sabía con claridad que, salvo milagro divino, el proyectil no alcanzaría masa animal, impactando entre las rocas. Al realizar el primer disparo los animales permanecieron tranquilos, conocedores, tal vez, de mi falta de puntería. Volví a intentarlo, con iguales consecuencias, tres veces más. Me sentía avergonzado y comencé a ponerme nervioso ante la mirada atónita de mi cazador profesional y nuestro adolescente guía. Los animales continuaban observándonos sabedores de mi inoperancia. Al quinto intento la fortuna se alió con tan nefasto tirador, que no cazador, y descolgué al viejo macho por el acantilado. Estaba visto que el destino me tenía reservado abatir a tan digno animal en aquellas circunstancias, aunque reconozco que no fue una de mis mejores tardes. La distancia, la falta de un buen apoyo y el calibre, se me hacían muy desagradables produciendo en mí un creciente nerviosismo que no facilitó la tarea.

Algunas consideraciones para su rececho

En lo que se refiere a calibres y munición, debemos ser conscientes de que nos encontramos ante un animal de talla pequeña que no es excesivamente duro ante los impactos. Es por este motivo por el que calibres como el .223 y 22-250 podrían ser utilizados sin mayor problema para este animal junto con el clásico .243.

Personalmente prefiero utilizar un calibre como el .270 W, que es más polivalente que los anteriores y tiene una mejor reacción ante el viento, el cual nos vamos a encontrar generalmente en aquellas zonas montañosas.

Por otro lado, una munición blanda con punta de plástico como la Hornady SST es perfecta para enfrentarnos a disparos que, en ocasiones, rondaran holgadamente los 250 metros.

Uno de los utensilios más determinantes para enfrentarnos a su rececho será la selección de un buen visor, siendo una fantástica elección uno de 3 a 18×50. Junto a éste, también debemos llevar unos prismáticos de máxima calidad, siendo muy interesantes los modelos que llevan el telémetro integrado.

Por último, no está de más montar un bípode a nuestro rifle, lo que nos aportará más estabilidad en aquellos irregulares ecosistemas, facilitándonos tiros desde posición de tumbados que suelen ser muy comunes en caza de montaña.

Debemos de tener en cuenta, igualmente, que nos solemos encontrar en ambientes con poca protección a la hora de acercarnos a los animales, por lo que una buena ropa de camuflaje nos será de gran ayuda, junto con unos buenos guantes, ya que, en no contadas ocasiones, nos veremos obligados a avanzar los últimos metros en posiciones de rodillas o cuerpo a tierra sobre superficies donde la hierba seca suele tener unas espigas muy punzantes que se nos clavarán permanentemente en todo el cuerpo.

Debemos aprovechar que nos encontramos ante un animal de marcada territorialidad, por lo que si encontramos un buen macho en una zona determinada y en nuestro primer intento nos divisa, frustrando nuestro rececho, podremos acudir al mismo lugar pasadas unas horas con importantes posibilidades de volverlo a encontrar.

Como suele suceder con la mayoría de los antílopes, las primeras y últimas horas del día suelen ser los mejores momentos para enfrentarnos a su rececho, ya que los animales se muestran activos transitando desniveles con orientaciones noreste durante la mañana y oeste durante la tarde.

Una técnica que da buen resultado es apostarse en un lugar donde controlemos una zona de solana matinal, antes de que amanezca, para controlar todos aquellos animales que se van a mover a primera hora buscando siempre el calor de los primeros rayos de sol. Cuando hemos divisado un grupo, pero éste nos ha localizado a nosotros también, se mostrarán inquietos, mirando en nuestra dirección e, incluso, realizando sus característicos silbidos de alarma. En esos casos, el cazador debe buscar rápidamente una posición de tiro cómoda, ya que, aun el caso de salir corriendo el rebaño, suelen parar de nuevo para observar otra vez la procedencia del peligro.

Una vez que tenemos controladas un grupo de hembras sin observar a su galán, debemos perder el tiempo que sea necesario para poder observar con detenimiento cada recoveco de la querencia, ya que suele ocurrir que nuestro objetivo se encuentre tumbado en alguna sombra o en un ángulo que, a primera vista no nos deja observarle.

Al tratarse de caza de montaña y debido a los lugares que se suelen frecuentar, no estaría de más transitarlos sin munición en la recámara de nuestro rifle como medida de precaución.

Al fin y al cabo, lo primero siempre es  la seguridad y, en el caso concreto de estar realizando un rececho al redunca de montaña, siempre tendremos tiempo para poder ‘cerrojear’ sin que eso afecte en lo más mínimo a nuestro rececho, ya que estos animales suelen estar casi siempre a una gran distancia.

El trofeo y la forma de juzgar al animal

Algunos de los rasgos característicos de un macho maduro, esto es, un animal con más de seis años, serían el color y el grosor del pecho, ya que los viejos machos tienden a tener un cuello más grueso, de un color rojizo que se distingue del resto del cuerpo teñido de color gris. En los machos jóvenes se tiende a una uniformidad en el manto gris que cubre la parte superior del animal. Otros rasgos podrían ser el grosor de los cuernos, el tamaño del cuerpo que los diferencia del resto de la manada e, incluso, poder observar defensas rotas o magulladas por las diferentes peleas entre machos.

El método de medición establecido por el Rowland Ward concluye que el mínimo para poder inscribir el trofeo se sitúa en 6 pulgadas (17,5 cm) estando el récord actual en 10 pulgadas (25,4 cm) cazado por J. A. Harding , mientras que el Safari Club Internacional utiliza el método 1b, estableciendo como mínimo las 11 pulgadas (28 cm) y estando el récord en 19 3/8″ habiendo sido éste abatido por el cazador Robert P. Braubach en octubre del pasado año 2015.

Algunos datos de su anatomía que nos pueden ayudar serían que el tamaño de sus orejas es de unas 5 pulgadas (13 cm) y que tenemos otras 6 pulgadas (15 cm) desde el hocico hasta la base de los cuernos, con lo que buscaremos animales cuyas defensas sobrepasen siempre el tamaño de éstas.

Animales con cuernos que superen las 6 pulgadas (15 cm) pueden ser considerados como machos representativos, por arriba de las 7 pulgadas (17 cm) entran dentro del rango de gran trofeo, mientras que si superan las 7 ½ pulgadas (19 cm) son animales considerados como excepcionales.

Por encima de todos estos datos arrojados hay que recordar que lo más importante es que debemos disfrutar de una cacería interesantísima que nos va a permitir conocer una África diferente, llena de sorpresas y lugares inolvidables.

Así que, dejemos a un lado las malditas pulgadas y disfrutemos de un amanecer idílico recibiendo en nuestros rostros los primeros rayos del astro rey, momentos que alimentan nuestro ancestral espíritu cazador y nos acercan a un algo más a la siempre añorada libertad.

El redunca de Kimberley

Hace ya unos años, tuve la posibilidad de cazar en las cercanías de Kimberley junto con mi buen amigo Fernando Menéndez. Después de conseguir otros bonitos trofeos, me encontraba centrado en intentar abatir un buen redunca de montaña. La orografía de la zona estaba compuesta por grandes llanuras junto a pequeñas zonas montañosas (kopjes).

En el día anterior habíamos sufrido de lo lindo tras los pasos de un grupo de animales que nos hacía imposible acercarnos a distancia de tiro. Después de aquella aventura donde salimos claramente vencidos, se reforzó en mi foro interno las ganas de intentar tener una oportunidad con este esquivo animal.

Al fuego de la hoguera disfruté aquella noche de unas nociones básicas sobre la forma de proceder para enfrentarse con éxito a este tipo de caza. Comentaba Adam que la única posibilidad que existía para poder ponerte a tiro del redunca era localizarle a cierta distancia sin que tenga la sensación de sentirse acosado, ya que, en caso contrario, emprenderá una huida que desembocará, en prácticamente la mayoría de las ocasiones, en un frustrante lance malogrado.

A la mañana siguiente salimos del rancho en dirección a una finca cercana atravesada por una pequeña cordillera montañosa donde podríamos tener alguna oportunidad. En las primeras horas intentamos sin éxito acercarnos a varios grupos. Las hembras no aguantaban nuestra presencia y tiraban de sus congéneres hasta perderlos de vista, transponiendo la cuerda de aquellos promontorios. Nuestros intentos eran calcadas repeticiones de una misma situación hasta llegar a desesperarnos mientras las gotas de sudor chorreaban por nuestra espalda.

La cara de impotencia de Adam lo decía todo y yo, consciente del esfuerzo, me dedicaba a animarle, aunque, en mi foro interno, no las tenía todas conmigo ante aquel dificultoso reto. La mañana avanzaba y cada vez hacía más calor. Sería muy difícil localizar a nuestros oponentes en las horas centrales del día y debíamos quemar nuestros últimos cartuchos en aquella escarpada zona.

Cuando carrileábamos por aquellos cazaderos con el todoterreno, todo nuestro afán iba destinado a prospectar cualquier oquedad que ocultase una grata sorpresa. Fue así como, en el devenir de los acontecimientos, me percaté de unas siluetas situadas en la sombra de un gran arbusto. ¡Premio!, al señalarle a Adam su ubicación, echó mano de los prismáticos y descubrió a un viejo macho tumbado entre sus damiselas. Parecía no importarle nuestra malintencionada presencia por sentirse seguro en su cobijo pétreo. Bajamos del coche con sumo cuidado y avanzamos escasos metros hasta que mi profesional me susurró que tenía que disparar a esa distancia, ya que, en caso de intentar acercarnos más, teníamos escasas posibilidades de que los animales aguantasen tranquilos. De hecho, en el mismo momento que me lo estaba diciendo, como un resorte, el macho decidío levantarse y colocarse en clara situación de alerta.

El tiempo que transcurrió hasta la detonación fueron escasos segundos. Colocado mi visor a ocho aumentos, centré mi objetivo en el centro con una cierta tranquilidad y apreté suavemente el gatillo del Brno calibre .270 W.

El animal acusó claramente el impacto y permaneció inmóvil unos instantes para luego desaparecer entre las rocas. Estaba convencido de que había emplazado el proyectil en una zona segura de su esbelta anatomía. Al acudir al lugar donde se produjo el disparo vimos abundante sangre, pero ni rastro de nuestro trofeo. El reguero nos fue llevando montaña arriba, sin resultado, durante decenas de metros. A cada paso que dábamos, mis dudas se multiplicaban y la cara de Adam no era muy esperanzadora, tal vez causa del pronunciado cansancio acumulado en la jornada.

Después de un buen rato encontramos a nuestro rudo trofeo recostado, moribundo, en una laja vertical a modo de respaldo. Acabamos rápidamente con su agonía y por fin descansamos. No teníamos palabras, simplemente, contemplamos al animal con alegría y respeto. Era un ejemplar muy viejo que tenía unas defensas sumamente gastadas. Habría cumplido sobradamente su función reproductora durante varias temporadas y, ahora, después de vender bien cara su existencia, posaba inerte junto a nosotros ante toda aquella amalgama de sentimientos. CyS

   Por Alfonso Mayoral

Deja un comentario