El ‘monstruo del castillo’: venados enormes en el Château de Laplanque

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Por Marcial Gómez Sequeira

Parece ser que, últimamente, sólo recibo ofertas de animales importantes. Creo que los que me conocen consideran que ciertos trofeos deben de formar parte de mi pabellón de caza. En mi entorno, y en general en el mundo de la caza, se conoce mi gran afición y lo que me gusta incrementar mi colección. También es conocido mi interés por conseguir animales importantes por todos los rincones del planeta.

Por todo eso quiero iniciar este relato en el momento en el que me ofrecieron un venado centroeuropeo que podría llegar a ser uno de los ejemplares más grandes que se hayan cazado, ya que, aseguraban, podría pasar de los 270 puntos CIC si los desmogues de años anteriores, y la evolución del animal, no se malograban.

La verdad es que, cuando te dan tanta seguridad, sobre todo en lo referente a un animal que anda vivo por el campo, no puedes por menos que recelar, y empiezas a elucubrar con una serie de incertidumbres que te hacen dudar sobre la conveniencia o no de interesarte por dicha oferta. Sin embargo, al final caes en la tentación, convencido, eso sí, de que las garantías sobre lo que te ofrecen no son un engaño o algo por el estilo.

Como quiera –y lo digo sólo para ubicar este relato en el tiempo– que hace tan sólo unos días, el 28 de septiembre, que presenté mi nuevo libro, Últimas cruzadas, en el nuevo pabellón con más de 250 personas que acudieron a la llamada del cazador y amigo, tentado estuve de hablarles de mi nuevo reto, pero me contuve, entre otras cosas porque aún no estaba totalmente decidido y, sobre todo, por que no quería vender la piel del oso antes de cazarlo, nunca mejor dicho.

Volviendo a la citada oferta, decidí aceptarla y, en consecuencia, firmé un contrato basando el pago de la cacería del animal a que, efectivamente, medía lo que me aseguraban, ya que, en caso contrario, el contrato carecería de valor. Tengo que reconocer que no desconocía que al tratarse de un venado criado en una finca cerrada, no muy lejana de Toulouse (130 km), sería bastante difícil, por no decir imposible, homologarlo en Europa por el CIC, aunque esa medida valdría para contrastar con la que me aseguraban daría. Consulté con mi gran amigo, y experto donde los haya en la medición de trofeos para el SCI, Norbert Ullmann, quien, después de ver las fotos y la medición que se suponía debería dar, no desechó la posibilidad de que se convirtiese en el nuevo récord de venado centroeuropeo del SCI.

Existía, eso sí, la posibilidad de que algún venado neozelandés estuviese por encima de éste, pero nunca de los cazados en Europa. Eso es lo que me decidió y hacia esa meta encaminé mis pasos acompañado de mi querido amigo Fernando Blázquez. Saldríamos de Madrid el día 5 de octubre hacia la preciosa finca en la que se encontraba el animal, al que tendríamos que localizar y recechar aprovechando la impresionante berrea que se anunciaba. Me acompañaría también, en el lance y en la medición del animal, Norbert Ullmann, que viajaría desde Munich, aunque, al encontrarse todavía tratando diversos asuntos con el propio presidente del SCI, Kevin Anderson, no llegaría a Toulouse hasta el 7 al mediodía. Allí mediríamos al venado, si es que lo habíamos cazado, arreglaríamos las cuentas con los propietarios de la organización y regresaríamos a Madrid.

Tres días después…
No había mencionado todavía que el culpable de que, tanto Fernando como yo, nos encontrásemos en suelo francés, que no pisaba desde hace quizá más de un año, era esta vez Julio González Marco, con el que había vuelto a reencontrarme después de ciertas divergencias años atrás, con la caza de un posible nuevo récord en Austria que luego no resultó tal. La verdad es que la culpa de aquella fallida cacería –en cuanto a lo del récord, ya que sí abatimos dos magníficos animales, venado y gamo– no fue del todo de Julio, al que sin duda alguna equivocaron, sino de los locales austriacos, pero a la postre Julio, con gran sentido de la responsabilidad, asumió su parte de culpa al haber sido él quien organizó aquella cacería, por lo que ahora quería recuperar el tiempo perdido, resarcirse de aquella situación y demostrar su seriedad, cosa que a pesar de aquello nadie nunca puso en duda. Por eso, a través de su nueva compañía de caza Atlas Outfitters, me había contactado y me había ofrecido la cacería que estábamos a punto de realizar.
Pero no levantemos sombras ya medio olvidadas y regresemos a lo que tenemos entre manos.

Llegamos al aeropuerto internacional de Toulouse después de un corto vuelo de una hora y pico, y allí nos esperaban Julio, que había viajado un par de días antes, y un chico joven de apenas 30 años que era, como supuse, y Julio me confirmó, el dueño de la finca, Guillaume Roques Rogery. Ésta se encontraba a unos 130 km del aeropuerto, en la región de Aveyron, donde la familia Roques Rogery había montado, en su finca privada dominada por un precioso castillo del siglo XIII, una finca de caza en la que se cazaban grandes trofeos de animales, que criaban en otra finca que la familia poseía en Perpiñan. Precisamente en este castillo nos alojaríamos durante el tiempo que durase esta pequeña gran aventura. 

En el viejo castillo, al que se le notaban, dentro de un orden, el paso de los años, nos esperaba la señora de la casa, que se presentó inmediatamente en el idioma de Cervantes, en el que se defendía bastante bien, madame Anne Roques, que, junto a su hijo y su marido, que se encontraba de viaje adquiriendo nuevos animales para su finca, formaban el equipo de France Safaris, su empresa de caza. Anne nos tenía preparado un aperitivo y una estupenda cena, que había preparado con sabia mano, totalmente sola, ya que, como nos dijo mientras cenábamos, el problema del servicio en Francia no sólo es endémico, como en España, si no que, además, era sencillamente prohibitivo.

La cena, la sobremesa, y el tiempo de fumarme un buen veguero, con permiso de la anfitriona, transcurrió en plena armonía, hablando en francés, por mi parte y la de los propietarios, en inglés, entre Guillaume y Julio, y en español de Talavera cuando intervenía Fernando, a pesar del tiempo que llevo insistiéndole en que tiene que aprender inglés como sea, si quiere seguir viviendo, entre otras cosas –ya que Fernando se gana la vida con otros múltiples negocios–, de la venta de caza a extranjeros.

La velada transcurrió en plena armonía, haciendo planes para la caza, que debería tener lugar a primera hora de la mañana, ya que a las seis y media deberíamos bajar de nuestras habitaciones para tomar un café, o un té como es mi caso, y lanzarnos a la búsqueda de nuestro monstruo.

Primer día de caza en el Château de Laplanque
Pretendíamos llegar antes de que amaneciese a un lugar en el que, al parecer, el gran venado se había aquerenciado y del que, aparentemente, no sería nada fácil sacarle.

Con las primeras luces de una prometedora y luminosa mañana descubrimos la poderosa e inconfundible, para aquellos que ya la habían visto con anterioridad, cuerna del animal. Echamos pie a tierra para rodear la zona de unas enormes, podríamos llamar escobas, en las que, a pesar de encontrarse de pie, apenas se podía adivinar tan solo la testuz. Al cabo de un rato me pareció verle de nuevo mirándonos, pero sólo podía ver su cabeza y la cuerna, por lo que si hubiese disparado podía haber destrozado el trofeo. Además, y como bien me recordó Fernando cuando lo tenía en la lente de mi rifle, convendría asegurarse de que era tan grande como nos habían dicho, y si nos gustaba esa cuerna tan grande, tan aparatosa y tan peculiar. La verdad es que antes de poder cotejar todos esos pensamientos, el animal puso ‘pezuñas en polvorosa’ y desapareció.

Parece ser que lo que más temían Julio y Guillaume es que huyese hasta una zona de la finca de dificilísimo acceso, al tratarse de unos cortados a pico en los que el único acceso, y salida, sólo era posible a pie, y había que llegar hasta el fondo de la quebrada, donde, al parecer, se solían refugiar los animales que huían… y tenías que jugártela. Y nos la jugamos, no una sino varias veces, pero sin éxito, por más que rebuscamos en esos precipicios y dimos todas las vueltas inimaginables por toda la finca. Tuvimos que regresar al castillo, ya que el calor empezaba a hacer estragos y, como todo el mundo sabe, a esa horas los animales desaparecen, buscan las sombras y descansan durante la mayor parte del día.

Una buena comida, la visita al castillo e interesantes construcciones adyacentes, y una reparadora siestecita, para regresar al ‘curro’, fue nuestro programa.

No quiero ser muy prolijo en detalles accesorio y ajenos al lance. Durante toda la tarde, y a pesar de localizar infinidad de animales, algunos importantes trofeos de muflón y gamo, sobre todo, tan sólo pudimos encontrar algún que otro venado espectacular, de 220 puntos y hasta de 240, como nos aclaró Guillaume, pero de del ansiado trofeo… nada de nada.

Regresamos al anochecer para reponer fuerzas e intentar de nuevo, al día siguiente, localizar al venado por la mañana, ya que pensábamos regresar a Madrid por la tarde. 

Tomando decisiones
La verdad es que las cosas se complicaron bastante. Como quiera que habíamos pensado que podríamos cazar al animal en el primer día, la idea era llevarnos el trofeo, una vez cazado, hasta las proximidades de Toulouse para coincidir aproximadamente con la llegada de Norbert para su medición. Así se evitaría Norbert el tener que desplazarse hasta Laplanque y regresar de nuevo a Toulouse junto a nosotros para coger el avión de vuelta a su país. Pero ahora todo cambiaba. Había que trabajar muy duro toda la mañana del día siguiente si queríamos salir ese mismo día de regreso a España, o incluso quedarnos el tiempo necesario hasta conseguirlo, por lo que la presencia de Norbert se hacía innecesaria al no haber, de momento, trofeo para medir. Decidí comunicárselo, y recibió la noticia con gran contrariedad. No sólo se quedaba sin conocer este encantador paraíso de la caza, con château incluido, sino que su función de medidor oficial quedaba descartada y su billete perdido. Al menos me deseó toda la suerte del mundo para que el animal se consiguiese y que fuese un gran récord.

La cena transcurrió en armonía, pero con altibajos, ya que Fernando tenía que estar el sábado en Talavera, aunque a mí no me importaba nada seguir entre esta encantadora familia el tiempo que fuese necesario. Decidimos eso sí, no adelantar acontecimientos, ni elucubrar, y esperar a ver qué nos deparaba el día siguiente.

Segundo día de caza
Aunque en un principio había ido con la idea de cazar algún que otro animal, una vez obtenido el preciado trofeo, aún no me había decidido a hacerlo hasta la obtención del mismo.

No nos cansábamos de ver gran cantidad de gamos, muy importantes, de cerca de 220 puntos, de muflones, que podían también rondar esa puntuación, y de enormes guarros, que, al no tener costumbre de cazarlos, campaban a sus anchas por todas partes. A todo esto, no he comentado todavía que el arma que me habían dejado, ya que había venido sin rifle alguno, era un .270 WM, cuya marca no acerté a descubrir y que, según Guillaume, estaba perfectamente calibrado. Yo me lo creí y, acompañado de una lente progresiva Leupold, de buena visión, decidí que no lo iba a probar.

De nuevo, durante toda esta segunda mañana seguimos el mismo horario de la primera, rebuscamos por sitios inimaginables sin encontrar el más mínimo rastro del huidizo monstruo. El tiempo se nos echaba encima, si queríamos salir esa tarde, por lo que empezábamos a pensar en regresar al castillo, comer, descansar y seguir la rutina del día anterior. Cuando ya creía que regresábamos, Guillaume quiso dar una última pasada por el único sitio en el que habíamos visto al venado la mañana anterior. Como por arte de magia, ¡allí estaba! Vimos su increíble e inconfundible cornamenta entre las altas escobas que ocultaban el resto del cuerpo. Al unísono, Guillaume, que conducía, y yo, que ocupaba el asiento del acompañante, abrimos suavemente las puertas del coche, descendimos rifle en mano y balas en el cargador, y empezamos a rodear el emplazamiento. Pudimos ver de nuevo la cuerna, después de desaparecer una y otra vez, hasta que, cuando creíamos que se podía poder haber ido otra vez, Guillaume la descubrió de nuevo con el animal en tierra. Insistió en que me apoyase en la horquilla que llevaba. Obedecí con reticencia ya que apenas la utilizo, y pude ver tan sólo la cuerna y la cabeza. Después de unos minutos en que estuve tentado en tirarle, el animal desapareció de nuevo. Cuando nos quisimos dar cuenta estaba a punto de coronar la ladera situada a nuestra espalda, encontrándose, en ese momento, a más de 120 metros. Y todo esto en un abrir y cerrar de ojos. ¡Ni apoyo ni nada! Me eché el rifle a la cara y, a la primera, le encuadré en la lente, pulsé el gatillo suavemente y vi, casi sin darme cuenta, como el animal caía cuan largo era. Sin duda había pegado uno de los mejores tiros de mi ya dilatada vida, en la que, gracias a Dios, todavía sigo teniendo la misma, o quizá, mejor puntería que hace 30 años. Viene esto a cuenta porque que no deja de pasar por mi cabeza que antes o después empezaré a perder reflejos y puntería. Os podéis imaginar la alegría de Guillaume, que era el único que había vivido el lance, y no salía de su asombro, sobre todo porque insistí hasta la extenuación en que a mí me gustaba mucho más tirar a pulso que apoyado, y más cuando el animal corre que se las pela.

Guillaume se dirigió a recoger a Julio y Fernando que, por desgracia, no habían visto nada del lance. Cuando llegaron a lugar en el que había caído el animal, que no necesitó ningún otro tiro, ya que cuando llegué a él ya había expirado, os podéis imaginar los abrazos y felicitaciones, a pesar de haberse perdido el lance que Guillaume no paraba de repetir. Fue él quien me entregó la rama de acebo, en reconocimiento de lo acontecido, poniendo a su vez entre las mandíbulas del enorme animal otra rama en honor a su muerte.

Una vez conseguida la tan deseada presa, regresamos al castillo para volver con un tractor, recoger al animal, sacarle la piel y medirlo de prisa y corriendo ya que íbamos con el tiempo justo.

Una primera y acelerada medición nos dio los 270 puntos que tanto la propiedad como Julio me habían asegurado, por lo que, si una posterior medición, con el animal ya en casa, que podría ser dentro de los próximos días, certificaba la misma, no haría si no confirmar la impresión de absoluta seriedad que me llevaba conmigo.

Como pudimos, pero muy justo, llegamos a tiempo de subirnos al avión de vuelta a Madrid.

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