De corzos en las Highlands

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Por José Luis Cañete

Escocia es la tierra prometida para el cazador. Hay caza por doquier, de menor sobre todo; son famosos sus ojeos de grouses, faisanes y perdices y, para los españoles que nos acordamos de la época gloriosa de los conejos, poder abatir en una mañana 140 conejos es muy fácil, pero también hay muchas liebres y… miles de palomas.

Pero hoy quiero hablar de corzos y de mi viaje del pasado año. Llevo 14 años desplazándome hasta allí a finales de mayo o primeros de junio, justo cuando la incipiente siembra se asoma a los días soleados después de muchos meses sombríos. Los prados tienen una cuarta de hierba y nuestros corzos andan en plena actividad marcando territorios, ¡vamos, lo que en España viene a ser  el mes de abril y primeros de mayo, dependiendo de la latitud en la que nos encontremos!
Que Escocia tiene una densidad espectacular de corzos es de todos conocido, pero que también es un destino sólo para tirar ‘corcitos’, está en la mente de todos los cazadores, y es cierto, pero ni más ni menos que en cualquier otra parte del planeta en la que el ser humano prefiera el corto plazo al largo plazo y la cantidad a la calidad.
Por suerte, yo encontré a Steve hace todos esos citados años, un cazador increíble con una habilidad para la caza de los corzos fuera de lo normal y que, como yo digo, piensa en corzo. Él me ha enseñado todo lo que sé de estos animales, no sólo de su caza, sino también de su comportamiento.
Se dedica a comercializar su carne en los mercados locales, de mucho auge en las Highlands, y, por tanto, pasa el año entero cazando animales para el negocio, lo que le permite eliminar muchas hembras y le  ayuda a una mejora en la gestión. Sólo tres amigos, privilegiados, cazamos con él en primavera aquellos machos con una calidad mínima para mantener una pirámide poblacional adecuada y garantizarnos calidad todos los años –y algún selectivo que se cruza en el camino–, esto se traduce en que, en las ocho o nueve salidas que contratamos, cazamos entre seis y nueve corzos, pero de una calidad media más que aceptable, encontrando siempre algún medallable.
Pero… vayamos con el relato del 2011 en las Tierras Altas de Escocia.

26 de mayo de 2011
Paso la mañana en la oficina rematando los últimos temas y pensando en la hora de salida del avión para llegar con tiempo. Este año viajo solo. Mis amigos, Javier y Paco, no pueden venir por problemas físicos, y esto descalabra nuestros planes de una semana de exaltación de la amistad, whisky del bueno y corzos per tutti. Javier lleva ya diez años viniendo conmigo, y Paco cinco, y también ellos han encontrado buenos amigos de Steve que tienen su mismo planteamiento con la caza.
A las tres y media de la tarde salgo hacia Londres y llego en medio de una tormenta increíble que obliga al piloto a abortar el aterrizaje a pocos metros del suelo (primer contratiempo). Media hora más tarde, por fin, aterrizamos y salgo corriendo como un desesperado hacia la terminal nacional porque veo que pierdo el vuelo hacia Aberdeen. Cuando llego a la puerta de embarque… efectivamente, he perdido el vuelo, pero porque, por la tormenta, se han cancelado 30 vuelos en una hora –¡madre mía, qué tráfico tiene este aeropuerto!–. Me indican muy amablemente que me dirija a los mostradores para cambiar mi vuelo y buscar un hotel, porque esta tarde no hay más vuelos para el norte del país (segundo contratiempo), así que allá que me voy después de rescatar mi maleta después de una hora de espera y… ¡hay más de 1.000  personas delante de mí! ¡No puede ser! A las once de la noche cierran los mostradores y, a las más de 300 personas que todavía no hemos podido arreglar nuestra situación, nos dicen que volvamos a las cuatro de la madrugada (y tercer contratiempo, no hay dos sin tres), pero nadie quiere perder su posición en la fila, así que… me toca dormir sentado en el trolley, con una manta y un sándwich que nos da la British. Si esto pasa en España se entera el mundo entero.

Día 27
Estoy despierto desde las cuatro de la mañana, pero, en lugar de estar cazando, estoy en el aeropuerto de Londres buscando un avión para Aberdeen. A las seis de la mañana consigo hacer una de latino y hablar con un empleado que me cuela y me informa de que tengo vuelo reservado por Iberia desde el día anterior para las siete de la mañana. Tanta tecnología y nuestra afamada Iberia no me ha podido llamar por teléfono, o enviar un SMS, para informarme. ¡Vaya tela!
Llego sin más incidentes a Escocia y allí está mi amigo Steve para recogerme y llevarme a su casa, distante unos 60 kilómetros del aeropuerto. Este año, al venir solo, me ha ofrecido alojamiento con él, lo que agradezco sobremanera, al menos no estaré solo toda la semana. No tiene hijos, así que creo que para Emma, y para él mismo, será también agradable cambiar por unos días su rutina.
Salimos por la tarde, a eso de las siete, hacia la zona del río Don, en la zona de Brux, precioso valle bien conocido de otros años y otros corzos. Pasamos la tarde con los prismáticos observando todo el valle y buscando algún animal que salga del bosque a las praderas. Vemos muchos animales, pero unos por pequeños y otros por la dificultad de la entrada son ignorados. Finalmente, casi al anochecer –y esto es en todas partes igual, los grandes no salen hasta última hora– vemos un buen macho que merece nuestra atención. El approach lo hacemos casi a pecho descubierto, por la pradera en la que está el corzo con su compañera, con el aire soplando correctamente y con ropa del color del terreno (en esto Steve es muy rígido, el verde no es bueno en Escocia porque las Highland no son verdes, son pardas y tiene razón). Así llegamos hasta unos 70 metros y, tumbado en el suelo, apoyado en los prismáticos, sólo tengo que centrarlo y dejar que las balas, recargadas él, hagan el resto. ¡Ya tenemos el primero!
En estos viajes a Escocia siempre uso el rifle de Steve para facilidad en el paso de armas por Londres. El rifle está perfectamente calibrado por él, un Blaser .243 con Visor Swarovski de 2-12 x 50 y silenciador (más adelante hablaré de esto).

Día 28
A las tres y media arriba. ¡Qué pronto amanece en las Highlands! Y pensar que en invierno sólo tienen cinco horas de luz… Tenemos cinco grados de temperatura, pero el día está soleado. Vamos a un nuevo state alquilado por Steve para los próximos cinco años, propiedad de un escocés millonario al que no le gusta la caza, ¡increíble! La propiedad tiene unas 2.000 hectáreas llenas de bosque y praderas, ideal para las ovejas, las vacas y, por supuesto, los corzos. Aquí hay sitio para todos. En esas estamos, dando una vuelta por la propiedad para buscar algún sitio propicio de viento para empezar a cazar, cuando vemos un animal muy viejo y defectuoso que Steve me ofrece cazar sin costo alguno para empezar a gestionar este terreno, que será el centro de nuestra cacerías de los próximos años. Dejamos el coche y, después de un acercamiento de 300 metros, porque el animal iba de careo hacia un bosquete cercano, consigo tirarle en una zona muy cerrada de árboles. Son las cuatro y media de la mañana y tenemos el segundo en el suelo. Empieza Steve las tareas de limpieza del animal y, en menos de cinco minutos, tenemos el corzo en la mochila sin tripas y con el hígado y el estómago en una bolsita para que coman los perros y los hurones de mi amigo. Aquí todo el mundo tiene la pitanza asegurada.  
Seguimos cazando hasta las siete y media de la mañana, porque también en esto son muy cuadriculados los escoceses. Las salidas son de cuatro horas, porque es la tradición, y, tires lo que tires, a las cuatro horas para casa. Las salidas vespertinas son más cortas, sólo tres horas.
En este rato enfocamos otro pequeño valle en el que se ve mucha actividad. Vemos cuatro machos, dos de ellos realmente buenos, y varias hembras. Después de buscarles las vueltas, a los machos grandes no podemos tirarles y se nos meten en el bosque. Habrá que volver otro día por aquí, parece que hay género… y de calidad. De vuelta al coche, Steve invierte la última media hora de la salida en enseñarme el terreno de la nueva propiedad. Vemos alguna corza y, en una pradera, de vuelta a casa, un zorro, al que Steve no perdona. Aquí a los zorros se les persigue como a la peste; la caza menor da mucho dinero y los zorros no son buenos compañeros de negocio.
Es sábado. Por la tarde me han invitado a una fiesta escocesa tradicional, así pues, Steve me deja un kilt y su sporran, vamos full equip. Puedo usarlo porque, aunque soy español, y por tanto no pertenezco a ningún clan escocés, el kilt que me prestan es del clan de los cazadores. Me explican que no sólo había clanes familiares, también podías pertenecer al clan de tu profesión y, mira por donde, hoy voy de cazador… ¡genial!
Cena y baile divertidos y ¡a dormir!

Día 29
Hoy es domingo y por tanto no se caza, otra tradición. Pasamos el día tranquilo, descansando, paseando con los perros, alimentando los animales de la granja, ¡esto parece el Arca de Noé! Por no faltar, no faltan ni un cuervo y una urraca, que están en jaulas-trampa para la captura de córvidos. Durante los días que estuve allí nos llamó una anciana a la que los cuervos le estaban atacando las gallinas y robando los huevos. Les colocamos la trampa y, al día siguiente, ya teníamos a la pareja de furtivos enjaulados, que fueron debidamente enviados al paraíso de los cuervos. Allí las jaulas sólo necesitan ser dadas de alta en el ayuntamiento, se supone que el que instala una jaula trampa da el uso correcto a la misma.  
Llegan por la tarde, a casa de Steve, un amigo suyo, Bob, del sur de Inglaterra, y su hijo de 15 años, Marcus. Vienen a pasar tres días de vacaciones y a intentar que éste, Marcus, tire un corzo. Cazarán por su cuenta en alguno de los lugares que Steve tiene arrendados. Por la tarde, después de la cena, me ofrece salir un rato cerca de su casa para ver si vemos algo, pero el día esta frío y lluvioso y sólo vemos una corza.

Día 30
Vuelta la madrugón de las tres y media. Amanece, el lunes, nublado y con algún chaparrón de vez en cuando (showers, que dicen por aquí), típico tiempo escocés y… perfecto para los corzos. Vemos bastantes machos, alrededor de 20, y muchas hembras, pero no nos decidimos a entrar a ninguno, los dejamos para el año que viene. Ésta es la gestión a la que me refería al principio. En cualquier otro lugar de Escocia, gestionado por la Forestry Comission, se trata de eliminar cuantos más animales mejor, y por eso se oye decir a cazadores españoles que ha matado 15 corzos en una semana… pero son corzos o ‘corcitos’, todo respetable, por supuesto, pero yo prefiero otra cosa.
En una de nuestras múltiples revisiones con los prismáticos vemos un gran corzo, a no más de 60 metros de la carretera, a esas horas sin ningún tráfico. Steve no se lo piensa, lleva viendo a ese corzo dos meses y hacía 15 días que no lo veía, llegó a pensar que algún furtivo –por aquí también los hay– se lo había limpiado, al ser su querencia de desayuno muy cercana a la carretera. Nos movemos rápido y, con el aire a favor, ¡por la cuneta! Estoy sorprendido. Aquí cazas por la orilla de una carretera comarcal y nadie se asombra; cazas en los jardines de las casas e, incluso, te lo agradecen, porque los corzos se comen las flores de los paisanos, y ya se sabe cómo los hijos de la Gran Bretaña adoran sus jardines.
En fin, que estoy a 50 metros de un trasto con un perlado precioso –que luego daría bronce–, en la cuneta de una carretera, esperando que mi amigo me dé luz verde. Sin más, aprieto el gatillo y, tras una carrerita de 20 metros, el corzo se queda entre los brezos. Precioso lance y precioso corzo. El uso del silenciador hace que el resto de animales que andaba por allí no sufran ninguna molestia y sigan a lo suyo. Esperamos 5 minutos para que tranquilamente se alejen de la zona dándonos a conocer, lentamente, y nos vamos para ver mi primer gran corzo de este año.
Aprovecho este momento, para hablar del uso del silenciador. Sé que suena a tópico, pero si los cazadores tuviéramos ese punto de respeto hacía la naturaleza, y sobre todo hacia lo ajeno, como lo tienen la mayoría de los habitantes de esta tierra, ¡qué bueno sería que se autorizase el silenciador! No molestas a los animales, no asocian al humano con el peligro y te permite acercarte a distancias increíbles, lo que asegura la evaluación del trofeo y, sobre todo, la eficacia del disparo. ¡Vamos, igual que en España! En la mayoría de los sitios, un animal ve un coche o a una persona andando y pone distancia de por medio de inmediato, lo que obliga muchas veces a hacer tiros lejanos que obviamente favorecen el fallo. Será nuestra mentalidad latina, quien sabe…  
Pero volvamos a la cacería. Después de aviar el animal nuevamente en marcha. Queda hora y media de salida y nos acercamos a una granja casi abandonada, ya que el granjero vive en otro sitio y sólo acude un par de días por semana para dar una vuelta a las vacas. La granja se encuentra al final de un valle en forma de media luna. Vemos, entre la maquinaria de la misma, un macho, y tres hembras, que dejamos porque es pequeño, y, comiendo cerca de los brezos, un buen macho solitario que anda muy tranquilo. Nos ponemos en marcha, nuevamente arriba la máscara de camuflaje que oculta el blanco de la cara y ya de mi pelo. Nos saltamos la cerca del prado en el que está y, nuevamente a pecho descubierto, nos vamos acercando paso a paso, con el aire de cara. Cuando el animal levanta la cara para observar, hacemos el ‘Don Tancredo’ y a esperar que siga a lo suyo. Supongo que le pareceremos dos arbustos que hacía un rato no estaban ahí, pero que no se mueven y no parecen peligrosos. Cuando estamos a unos 70 metros, mi amigo se tumba en el suelo y, nuevamente apoyado sobre los gemelos, le mando una de esas balas que yo llamo de poder infinito, que, aun dando algo trasera, deja al corzo como si le hubieran dado una puntilla en todo lo alto.
Pues nada, a limpiarlo y vuelta a casa. Desayunamos, como se tiene que desayunar, y una buena siesta de tres horas, que para eso hemos madrugado mucho. Llamo a mi padre a España para felicitarle por su 76 cumpleaños. Este es el segundo año que no me acompaña, dice que ya está cansado y que las palizas de los madrugones le superan… una lástima porque aquí se lo pasaba en grande.
Llama a mi amigo, desde un pueblo al sur de Aberdeen, un conocido suyo que le cuenta que al jardín de su casa entra todos los días un corzo y se come las flores, y dice que es muy grande. Tenemos 100 km por delante y nos ponemos en marcha, haciendo durante el camino una parada en Stonehaven, un pueblo de pescadores, a los pies del castillo de Dunnottar, y donde me llevan a un restaurante famoso por sus fish & chips. Increíble, una de bacalao rebozado con patatas fritas es la referencia gastronómica del pueblo… en esto claramente les damos mil vueltas.
 Una vez que damos buena cuenta de tan ‘suculento’ manjar seguimos hacia la casa de su amigo. La urbanización es preciosa, 10 o 12 casitas con grandes jardines y rodeadas de un pequeño bosque que no tendrá más de tres hectáreas.
Llegamos a eso de las ocho de la tarde y ya no hay movimiento fuera de las casas. Si pensamos que tenemos luz hasta las once de la noche, ¿qué será esto en invierno? Pues allí que nos quedamos haciendo una espera en el borde del bosquete, pero sólo vemos una corza, el macho ha debido salir a otro sitio. Cuando nos vamos, hacia las diez y media, vemos al menos cuatro animales en los jardines, pero no el macho que buscábamos, ni el jardín en el que buscábamos, así que… allí que se quedan. Hasta las doce no nos encamamos.

Día 31
Vuelve a sonar el despertador, solo tres horas después de habernos acostado. Hoy se presenta un día duro, pero ha amanecido claro y frío, veremos qué pasa. Un té y en marcha.
Volvemos a la zona del día anterior y, a no más de 300 metros del sitio en el que cacé el grande, vemos otro con una corza, que Steve también tenía controlado y que me dice que es mejor que el del día anterior. Obviamente seguíamos en la misma cuneta, pero en un tramo de la carretera en el que la colina tiene mayor pendiente, por lo que nos vamos rebajando algo hasta conseguir localizarlo debajo de un árbol, a unos 120 metros. No le veo la cabeza, pero Steve me dice que es el bueno, que le tire al centro del cuerpo porque está a punto de irse y, cuando salga a lo limpio, entre los brezos no va a parar. Le apunto con tranquilidad, pero no debo tener bien apoyado el trípode y, al tiro, sale corriendo como si nada. Efectivamente no para entre los brezos, y menos después de haber oído silbar la bala cerca de él, pero al menos el silenciador ha evitado que se espante demasiado. A 400 metros se para a observar y, con el telescopio, ahora sí le veo la cuerna. Es increíble. Y pensar que ahora podía estar haciéndome una foto con él… Steve me dice que no me preocupe que volverá, ¿pero cuando? Mañana es el último día. Hay que ser optimista y, si de verdad no se ha espantado, la lógica dice que volverá a su zona.
Seguimos cazando, en otra zona. Son las cinco de la mañana de un día soleado que a mí me parece muy oscuro, pero esto es la caza y hay que seguir buscando. La mañana avanza rápida y vemos otros tres corzos muy buenos en el mismo valle del sábado por la mañana, dos son los que ya habíamos visto ese día, pero, por alguna razón, la fortuna nos ha dado la espalda y no podemos entrar ninguno. Uno se pone a correr detrás de un intruso en su zona y lo saca del mapa, pero él también desaparece. Otro está tonteando con una corza, y se va detrás de ella antes de que nos podamos acercar. Y el tercero… estaba encamado como una liebre y se nos arranca a menos de 20 metros sin darnos ni una oportunidad de disparo. ¡Dios mío, vaya día de mala suerte!
Decide Steve asomar por detrás del valle en el que estamos y, después de una paliza de 45 minutos andando entre brezos, con un día caluroso para ser Escocia –y para el forro polar que llevo–, asomamos a otro valle, muy abierto, en el que vemos otro macho territorial con una corza que está marcando todos los postes de la valla ganadera que parte la propiedad, pero está a más de 400 metros y hay que ir a pecho descubierto, así que cogemos la valla donde él se encuentra y, cada vez que se para marcar, nosotros avanzamos lentamente, tardamos más de 20 minutos en ponernos a 100 metros de él y decidimos que hay que tirar. Se está haciendo tarde y, aunque está tranquilo, en cualquier momento debería irse a un pinar que vemos a su izquierda, a unos 500 metros, donde suponemos que pasará el día. Con la ayuda del trípode le apunto, pero los brezos no permiten que ni el trípode ni yo tengamos buen apoyo, y yo empiezo a acordarme del fallo de la mañana, y lo debo estar exteriorizando, porque Steve, que me ve, me dice que no tire y que intentamos acercarnos un poco más. A unos 10 metros hay un claro entre los brezos y tardamos otro 5 minutos en llegar. La corza, que empieza a ‘mosquearse’ y moverse, y Steve que me dice que ‘el amigo’ es un corzo muy viejo que va a salir detrás de ella en breve… Me vuelvo a apoyar, respiro profundo, me encomiendo a San Huberto y tiro. ¡Si, cae echo un taco! ¡Joder, qué alivio! Se me olvida el fallo de la mañana y me hago la foto con otro corzo viejo y grande con la cuerna muy blanca. Desde luego que si sólo se rascaba en los postes, como le habíamos visto, mucho color no podía coger.  
 De vuelta a casa, desayuno inglés y buena siesta. Me quedan todavía dos salidas y llevo cinco corzos: un selectivo, tres buenos y uno que puede ser bronce. ¡No está mal!
Antes de la salida vespertina, limpiamos los trofeos cocidos para poder llevarlos en el avión de vuelta del día siguiente.
Volvemos al Brux, en elque estuvimos la primera tarde. Steve me dice que por allí hay tres o cuatro corzos buenos y hay que darle una vuelta. Nada más llegar, y saludar al propietario de la finca, nos vamos hacia el centro del valle y, desde el mismo camino, vemos un corzo bastante decente que anda con dos corzas. Subimos a la parte alta del valle en el coche y, desde allí, empezamos el rececho por una de las terrazas de una repoblación de pinos, al final de la que le habíamos visto. Al llegar al borde, y antes de asomarnos, echamos una visual para ver si sigue por allí. No se ve nada, puede ser que se haya metido en la repoblación. En ese momento Steve le ve unos 70 metros por debajo de nosotros, detrás de un arbusto (¡joder como se camuflan estos bichos!). Me coloca el trípode y me preparo para tirarle en cuanto le vea completamente. Cuando sale del arbusto nos ve y, para mi sorpresa, sale corriendo hacia nosotros. Como tenemos el sol en la espalda y el aire en la cara, me dice Steve que espere a que se pare, que es el macho territorial y que nos ha confundido con otro macho. A 30 metros se para, momento que aprovecho para disparar. El tiro es fácil y el corzo cae fulminado, pero la carga de adrenalina de un corzo a la carga me ha pone como una moto.  
Después de aviarlo, seguimos cazando, buscando uno muy grande que el año anterior no tiramos para dejarle crecer y que mi amigo me dice que este año es un señor corzo. Damos vueltas a todo su territorio, pero no le vemos, así que, cuando empieza a anochecer, nos volvemos para casa. Pero antes de salir de la finca vemos otro buen animal, comiendo, unos metros por debajo de nosotros cerca del río. Me dice Steve que es tirable, y yo le comento que me gusta, pero que como llevo seis cazados prefiero dejarlo para el año próximo, porque le veo buen futuro. Me dice que está bien sino quiero tirarle, pero que ese corzo no será mejor el año que viene por la forma y el tamaño de las bases y que, además, no es de la zona y que, probablemente, venga del otro lado del río a investigar. Pues nada, si hay que cazarlo se caza. Nuevo rececho aprovechando el último rayo de luz y, ya de noche, estamos aviando el corzo en la orilla del río.
 
1 de junio de 2011
Último día de caza. A las once viene un taxi a buscarme para ir al aeropuerto y tengo que preparar la maleta y hacer cuentas con Steve. Pero tenemos un montón de tiempo hasta esa hora y a las cuatro de la mañana salimos a ver si somos capaces de ver el que fallé el día anterior. Nos acompañan Bob y su hijo Marcus. Además, si teníamos suerte, íbamos a intentar ayudar a Marcus a conseguir su corzo, porque hasta ahora, cazando solos, no habían tenido suerte.
Dejamos el coche en el mismo sitio del día anterior y, a la media hora de buscar y rebuscar, localiza Steve al macho en un vallejo, cerca de una siembra, unos 200 metros por debajo de donde le había fallado. No había nada más que hablar, a por él sin dudarlo. Bob y Marcus se quedan en la carretera, con el video grabando el lance, y Steve y yo nos tiramos barranco abajo (mejor no pensar cómo sería la vuelta). Llegamos al árbol en el que estaba cuando le tiré el día anterior y Steve localiza una rama rota por el tiro. ¡Lástima, le hubiera podido dejar seco! Seguimos entre una especie de retama. El corzo sigue comiendo, pero se va moviendo en dirección a un barranquete donde no le tendremos a tiro, así que Steve me urge a moverme y, 20 metros más abajo, coloca el trípode y me dice que me prepare. Me coloco y, con el rifle a 10 aumentos, le veo la cuerna y observo que ocupa mucho volumen, pero no sé valorar por qué, sólo que es muy grande. Me pongo nervioso y, con el corzo a 120 metros, y a punto de ocultarse, solo sé que no puedo tirar. El visor me da vueltas. Tan pronto estoy dentro del corzo como fuera y me acuerdo, en ese momento, de un amigo profesional sudafricano que dice que a los españoles nos gusta tirar con muchos aumentos y que no apuntamos por eso, así que bajo los aumentos a seis y me esfuerzo por aguantar la respiración y colocar al corzo en la cruz. Me encomiendo otra vez a San Huberto y, con mucho cuidado, voy apretando el gatillo. No puedo decir que el tiro me sorprenda, porque con el silenciador no suena nada, sólo sé que veo al corzo desplomarse y oigo a Steve decir… ¡yes!
¡Que subidón! Abrazos, fotos… y mas abrazos. Es un corzo espectacular de bonito, seguro bronce alto, con una cuerna rara, muy ancha, y cuatro puntas en una de ellas, que era lo que me había parecido raro al verla a través del visor.
Después de aviar al corzo, puesto que son las cinco de la mañana, le digo a Steve que yo por mi parte doy por concluida la salida, y que vamos a ayudar a su amigo para que su hijo tire un ‘corcito’.
Me lo agradece y nos vamos a dar una vuelta. Al cabo de una hora de escudriñar una zona querenciosa, vemos uno de los muchos corzos que hay en la zona y que Marcus, a sus 15 años, con muy buena puntería, fue capaz de abatir.
El resultado final de estas ocho salidas, fue: dos corzos muy buenos, cinco corzos más que decentes y un viejo animal selectivo. Así que, la próxima vez que os digan que en Escocia solo hay morralla, responded que todavía hay sitios que, cuando la caza se cuida y se gestiona con lógica, no hay tanta… CyS

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