Adiós a los días de vino y rosas

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Este mes en Caza y Safaris

Perdiz con reclamo
Por Carlos Enrique López

Con los primeros días de marzo, llega la particular Cuaresma de todos los cuquilleros.  El cierre de la temporada es inminente y los días que antes de enero fueron desesperadamente lentos, corren ahora con inusitada violencia. Atrás se nos han quedado ilusiones, que no se correspondieron en la mayoría de los casos con las expectativas creadas. El que veíamos como ‘pajarazo de los sueños’, cuando lo vimos en el repostero no pasó de ser un media cuchara, y la gran promesa del año anterior nos dio más nones que pares.
Con una parsimonia rayana en melancolía, cepillamos el puesto antes de enrollarlo por última vez, casi a cámara lenta, mientras evocamos los momentos vividos dentro de él como si estuviéramos medio zombis. Quitamos los últimos restos de barro del banquito, lamentando lo poco que nos hemos manchado este año las botas de este elemento, pensando lo mal que ira la ausencia de agua para la próxima cría. Después de escuchar el último centrifugado de la lavadora, colgamos la manta al sol, y mientras esperamos que se vaya secando nos disponemos a limpiar la escopeta en esta despedida de curso que se nos hace enorme. Somos conscientes de que un año más ha caído sobre nuestros hombros y analizamos con detenimiento como somos capaces de contar los años cumplidos, no por el paso de las fechas de nuestro nacimiento, sino por las temporadas de cuco vividas.
El día de nuestro cumpleaños, lo celebramos con la familia y con los amigos, sumamos uno a nuestra edad, y por regla general no hacemos balance de los últimos trescientos sesenta y cinco días vividos.
En año nuevo, tomamos las uvas, despedimos el año, acogemos con optimismo el que llega y abordamos el nuevo periodo con una serie de promesas de esas que casi nunca se cumplen, pero no hacemos un balance detallado de lo que ha ocurrido desde la Navidad anterior.
Sin embargo, con el cierre de la temporada de cuco, mientras recogemos los archiperres casi con mimo, somos plenamente conscientes de que una temporada más el paso del tiempo nos ha dejado un poco más viejos. Repasamos mentalmente aquellas cosas que en años anteriores abordamos con naturalidad y que esta temporada no hemos podido hacer. Recordamos con nostalgia cuando cargados de chismes, subíamos aquellos cuestarrones para hacer el puesto de tarde, y sólo notábamos nuestra respiración un poco más acelerada, achacándolo, casi siempre, a la emoción.
Esta temporada hemos dado algún puesto a media ladera, y hemos buscado la excusa, para no subir a la Morra del Morcillón, en que también a media falda hay buenos dormideros.
En el jaulero han quedado varios huecos, demasiados. Respiramos hondo y con un suspiro mal disimulado vamos quitando de los comederos el pienso de alta energía y  las semillas que pusimos para aumentar la picadilla de este año y la sustituimos con resignación por pienso de mantenimiento. El olor a lejía inunda cada espacio cuando empezamos a brochear las jaulas vacías, antes de enfundarles la sayuela hasta el próximo septiembre cuando las desenfundemos para empezar a guardar los pollos del año.
Repasamos con la mirada a los pocos habitantes que quedaron en el jaulero, para mudarlos. Unas pitillas con los dedos, una caricia en el pecho de los que ya nos conocen y no se asustan con nuestros gestos, y el recuerdo de cada una de las faenas vividas junto a ellos.
Ahora toca cuidarlos con mimo durante nueve larguísimos meses.
Con los terreros convenientemente desinfectados, iremos cambiando a nuestros combativos compañeros de faenas camperas, de la jaula a los espacios destinados para pasar el tiempo de descanso del guerrero.  Allá por junio, empezaremos a aportarle tierra de la que ya el sol haya calentado, para que aborden la muda con seguridad y la higiene necesaria para que el próximo año vuelvan a repetir jornadas inolvidables en el repostero.

Makoki
Makoki, me mira como sabiendo que ya no saldremos más al campo por esta temporada. Él también es un poco más viejo, y también ha cumplido un año más, resolviendo con éxitos las tesituras que se nos han presentando en cada puesto. Tendré que darle vaselina en las patas para que suelte bien esas escamas que denotan su edad. ¡Qué bien lo hemos pasado juntos! Solos él y yo, hemos fabricado una historia que daría de sí para escribir un libro. Estoy seguro de que me mira con especial complicidad. Los dos sabemos que tendremos que sobrevivir a nueve meses de descanso obligado para volver a disfrutar de esas horas especiales, únicas, que cada temporada nos brinda, y que vamos guardando en nuestra memoria para alimentarnos de ellas en los días de tedio.
Esta temporada no ha sido de las mejores, la ausencia de agua y el exceso de frío, contribuyeron al retraso de la picadilla. Nuestros pájaros cumplieron con aseo, pero el campo no estaba en su punto y, por tanto, los combates soñados no se dieron tantas veces como hubiéramos deseado. La sequía en Andalucía ha sido de las peores que recordamos, y este año tendremos que poner especial hincapié en construir bebederos en el coto y limpiar bien las fuentes naturales, para que los animales tengan acceso a un agua sin la que sería imposible la supervivencia.
Makoki se resiste a dar el paso que le conduzca a la residencia de primavera-verano. Él también sabe que esto es una despedida de los días de vino y rosas. El terrero es más cómodo, más amplio y con seguridad mucho más confortable, pero yo también estoy más cómodo sentado en lo alto de un risco, notando el frío cortándome la cara, que sentado en el sofá con la faldilla de la mesa camilla sobre las piernas.
Los dos somos así, amamos el campo con todas sus inclemencias, amamos con pasión la naturaleza, y asumimos el frío, la lluvia, el barro, el viento que corta la piel, con la felicidad de recibirlo practicando el más noble de los artes que el hombre haya heredado de sus ancestros: La Caza.
Esta melancolía que me invade cuando voy recogiendo las cosas, me hace ponerme hasta poético. Isabel, mi mujer, no lo comprende. Nunca podrá entender este sentimiento que gracias al destino y a la genética sí comparto con mi hijo menor, Carlos Enrique. Me veo en él, es como yo fui, inquieto, apasionado y tremendamente lleno de energía. Sólo nos diferencia algo que en el fondo es esencial, él tiene prisa por cumplir años, para poder tener su propia escopeta, su puesto, sus pájaros. Dice que se casará con una mujer que le guste la caza…
Yo no tengo ninguna prisa en cumplir años, me casé con una mujer a la que no le gusta la caza, y soy incapaz de conjugar mi deseo de que pasen rápido estos nueve meses, con mi poca gana de ser más viejo.
En fin, me estoy liando. Creo que ya se habrá secado la manta. Es lo último que me queda por recoger antes de sentarme en el brasero a gozar de los recuerdos, repasando cada puesto, con un ‘crianza’ que ayer me traje de Valdepeñas. Durante esta temporada sólo he matado dos perdices ¡Pero cuanto he disfrutado! CyS
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