La Berrea: Obertura libre de la imagen y la palabra

Por Antonio Mata
Rezuma la tierra fragancias de abundancia… aromas a pan recién hornado, a mosto azucarado y espeso que chorrea en los lagares, a oliva crepitando en los fogones, a molienda que se cierne en las aceñas con el grano nuevo llegado de las parvas… Los tórridos hervores estivales, desleales compañeros de viaje en tiempos de helíaca canícula septembrina, apenas son ya tibios estertores que aún cortan el resuello a mediodía. Preñados los barbechos y rastrojos de los frescos jugos de las nubes otoñadas, la tierra regurgita sus aromas y frescores al transito cansino por las veredas, camino de los ya cercanos sopiés serreños. Se aspira oreo pleno de vida que se remueve y renueva en ese mágico tiempo dorado que prepara la savia para su muerte cercana. Es tiempo de melaza y de placeres, de colecta y regocijo… es el tiempo de la luz y de la sangre que se enerva y que se encela. Tiempo de lluvia.

Por trochas y carriles

Recorro trochas y carriles, sendas y albardiales, alfombrados de gramas y zaragüelles y embutidos en un traje de jaras y de lentiscos tocados por belloteras hojarascas que se mecen al son de la ventolera. Por la elíptica, en meridión, el lucero del alba y del ocaso camina camino de su encame por las cuerdas de poniente. Pintonea el lubricán de gualdas ocres dorados al paso de la diosa en su viaje vespertino de retorno que me acompaña –Venus hermosa y refulgente que en las pieles erizas sensaciones y placeres emergiendo, en este seco mar de terruños que arañan, en cueros desde tu concha–. ¿Y cuál es el asunto del viaje? Tránsito, deambular, camino a ninguna parte buscando el nunca se sabe…
Alcanzo, peregrino, los sopiés del Amor. Quebrada la manchega llanura –ayer mar de pampas verdes, hoy pajizas y resecas arropando los glaucos y tintos racimos– por la tímida agrestuz de Las Guadalerzas, cobijo mis cansados huesos, tras atravesar rañas sobrevoladas por torcaces estivales volanderas, bajo la umbría estirada, larga como un ciprés, de las encinas de El Molinillo, Cabañeros o Siete Venados. Cabalgan las sombras hacia oriente y triunfan en la batalla de la luna, pálida y descolorida, cresteando por el cielo que por el norte ennegrece. Es el momento. La magia bruja de las horas en declive, se apresta y se remansa en su atalaya. Espera diligente y avizora por lo limpio, impaciente, el retorno de la armonía… de la música.
Y fiel a su ancestral reencuentro con la lluvia y el otoño, la música puebla monte. Como si de una tan magistral como fantasmagórica batuta se tratase, pintando el aire de la noche que se cierne de compases y arabescos, comienza al unísono el coro hinchiendo el éter de donaire y petulancia…
Berrea el rey del otoño, berrea en su majestad y se espelitra la alondra, huye presto el gavilán y se ablientan los cuclillos en busca de concurrencia que quiera escuchar sus cantos. Porque es, ahora, el tiempo único e indiscutible del dueño de las tinieblas otoñales, ese dios coronado de tormentas que ejerce, por derecho, magisterio en la manada… Taramea el aladierno, se estremece el madroño y se doblega la jara cuando hoya a su paso el matorral; hace su entrada triunfal en el claro y recorta su testuz sobre la blanca luna que enrojece, ruborosa y celosa del gozo que se avecina. Al gruñido de la trompa acude presto el harén. A los acordes de cornamusas y chirimías, con el ligero tañer de crótalos, címbalos y caramillos… una procesión de exóticas huríes enveladas se regodea ante su amado. Y la atávica llamada ardorosa de la sangre se recrea en gozoso aquelarre de gustosos regocijos y disfrutes. Es el tiempo, ahora, único e indiscutible, en el que el señor del monte ejerce su derecho inalienable a perpetuar su especie, a conjurarse con el espíritu infinito de la espesura para plantar en los vientres su semilla y poblar sus reinos de esperanzas…

Fragor de tormenta

Los jóvenes bufones remolonean las migajas. Corretean aquí y acullá oliscando los fértiles santuarios de la vida en vano intento de dejar su aún tibia simiente, pero sienten en sus carnes los dolores, los embates del avaro soberano del harén que defiende su derecho incuestionable. Nadie osa arrebatarle sus placeres sin sufrir el brutal castigo de sus puñales.
La noche es ya dueña y señora de la vida. Enturbia su negruzca claridad el arrítmico desconcierto de berridos placenteros, corcheas ad limitum de una tan incompleta como ardorosa sinfonía de delirios amorosos, que, poco a poco y lentamente, acabará en tenues y lánguidas notas de sonata. Rielan en el cenit del noctámbulo manto Altair, Deneb y Vega; Mizar y Alcor en el septentrión y Antares y Sirio en el meridión, observando impasibles la ceremonia de la carne. Todo es plácida hermosura mientras se sosiegan y calman los ardores de la sangre.
Pero en la apacible quietud de la música, irrumpe fragor de tormenta. Un berrido más potente y distinguido reclama su parte de su legítimo privilegio. Suenan timbales de guerra. El monte se estremece y cada cual a su antojo se dispone a la algaraza. Un viento gélido precede al convidado que troncha con su ímpetu las ramas de las carrascas. ¿Quién se atreve a desafiar al señor del monte? Un sultán, tal vez más joven, impetuoso y vehemente, demanda atávicos derechos de sangre y reta al orden establecido a singular combate. Y se entabla la batalla. Una colisión de fuerzas ancestrales se enfrenta a topetazos. Un cloqueo de candiles in crescendo destroza los arpegios y desgrana las cadencias; crepitan los timbales y el aire se puebla de lamentos y gemidos, se rasgan almas y pieles y un mugido de triunfo ahoga un aullido de dolor… La muerte es lenta. Pero en el monte… nunca doblan las campanas.

(El embeleso y el dejar escapar la poca luz que precedía a la noche, me impidieron hacer una sola fotografía decente. Es lo que tiene el monte…).

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