Cuando sube la fiebre corcera

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Por Rafael Centenera Ulecia / Biólogo

En abril comienza la temporada

Dicen los entendidos que la malaria no se te quita nunca y cada cierto tiempo te suben las fiebres, siendo cada ataque más fuerte. Algo similar nos ocurre a los que estamos afectados de capreolitis y cada mes de abril nos lanzamos como poseídos en pos de un objetivo inexplicable para el resto de los mortales.

Los síntomas cursan con desaforados deseos de madrugar e insomnio. Rotura de cualquier lazo familiar, que en los casos más graves acaba con nuestros atisbos de relación humana. Obsesión por determinado sitio donde uno vio un corzo descomunal hace tres temporadas, o simplemente querencia a conducir con los ojos puestos en las cunetas en lugar de en medio de la carretera. Y por supuesto excitación, sudoración y fuertes dosis de adrenalina en los momentos cruciales.
Aunque parezca exagerado, los corceros somos así. No hay cacería más desagradable desde el punto de vista de la vida social que la del corzo a rececho. Madrugas lo que no madrugas en ninguna cacería y te encamas cuando hace tiempo que el cazador de menor o el montero llegaron a casa. Como además hay más horas de luz, cuando regresas al nido a mediodía, agotado de varias horas de rececho, los tuyos están plenos de fuerza y con ganas de juerga.
De siesta ni hablar, so pena de que te tilden de ‘asocial’, y luego otra vez al campo hasta bien entrada la noche en que llegas a casa y ya no hay nadie despierto con quien charlar. Un solo fin de semana es capaz de agotar al más puesto, y medio mes de fines de semana de corzos te dejan para el arrastre, y solo son dos.
Lo dicho, esta enfermedad es grave y por lo que tengo visto, es incurable. Pero sarna con gusto no pica.

AMANECER EN EL CAMPO
Por el contrario, creo que no hay mayor placer que estar al amanecer en un campo en ebullición que despunta por todas las esquinas. Todo él parece vestirse de gala para que nuestra fiebre parezca menos fiebre y para aliviar en parte el disgusto que nos provoca esta actividad.
Por doquier escuchas el canto de todos los pájaros en pleno celo o criando. Las oropéndolas con sus gorgoteos o las codornices que volvieron un año más de África, se juntan con el chirrido de los mirlos al huir de nosotros y el canto del herrerillo o el carbonero, cuando no de la abubilla o el repicar de los pitos.
Vemos al zorro como pocas veces podemos verlo y descubrimos a animales que a penas puedes ver en otros momentos del año como las ginetas, las garduñas o los simples ratones de campo, eso sin contar las rapaces o el resto de caza que no es nuestro objetivo.
Lo cierto es que el rececho de corzo es una de las modalidades más apasionantes y que más adeptos está recabando año tras año en nuestro país. En parte esto es normal por el aumento espectacular de esta especie en los últimos 20 años; de unos pocos corzos recluidos en cuatro puntos de España, hemos llenado la mitad norte y muchos puntos de la mitad sur hasta alcanzar en la actualidad más de un tercio del territorio español y una población total que no debe andar lejos de los 600.000 individuos.

DEL CEREAL A LA ALTA MONTAÑA
Hay hoy en España corzos en zonas de llanura cerealística donde no hay ni siquiera unas pocas retamas donde guarecerse, junto a corzos en zonas alpinas de las montañas. Corzos en bosques de roble, junto a corzos en montes cerrados de encina. Corzos de prados verdes del norte y corzos de secarrales del sur.
Cada uno con su idiosincrasia pero todos con algo en común: no se dejan cazar fácilmente. Y es precisamente esa dificultad y esa libertad la que nos atrae tanto a los corceros. Ese saber que sigue siendo res nullius y que, aun en los lugares con mayor abundancia, su caza sigue siendo un reto.
Un venado decente se puede cazar sin mayores problemas en una montería o en la berrea siempre que uno ponga dinero sobre el tapete. Con los cercones, los cochinos han perdido lo que de bravío tenían y hoy puedes asegurar el tamaño incluso antes de ponerte de espera. Pero el corzo, aunque no por mucho tiempo, sigue teniendo esa dosis de incertidumbre que tanto nos gusta a los auténticos cazadores.
Además, dada su extensión, un trofeo medalla está al alcance de una gran fortuna o de un humilde cazador de una de las muchas sociedades de cazadores que jalonan España. Todavía recuerdo la cara de perplejo que tenía aquel muchacho de Burgos que cazó el récord de España en los 90 sin siguiera ser consciente de lo que había cazado.

MIRAR MUCHO
Para finalizar, me gustaría dar algún consejo a los que por primera vez salen este año al corzo y, porque no decirlo, como recordatorio a los que ya llevan unos cuantos años. El corzo se caza mirando mucho, así que unos buenos prismáticos son la mayoría de las veces más importantes que el arma que llevemos e incluso que nuestro visor. Si decididamente queremos dedicarnos a esto de los corzos, y dado lo que cuesta un precinto, vale más gastarse unos cientos de euros en unos buenos prismáticos que en cualquier otro accesorio de nuestro equipo. Ahorrar en la óptica puede ser la diferencia entre cazar o no cazar corzos. Si le preguntas a un novato en esto de cazar corzo que qué es lo que más hace en un rececho, te dirá que caminar y caminar en busca de corzos, mientras que si le haces esa misma pregunta a un experto te dirá que mirar y mirar. Calculo que al menos un 60% de mi tiempo de rececho de corzos lo paso mirando, un 30% andando y tan sólo un 10% en el lance final en el mejor de los casos. Por ello, nuestros prismáticos y nuestro visor deben ser muy buenos. Esa diferencia de precio la notaremos de forma especial en los momentos de poca luz, cuando una mayor luminosidad de una buena óptica puede suponer un corzo cobrado y una óptica mediocre la ausencia de lance final: si no lo veo difícilmente podré tirarlo.
Por último, al rececho de corzo hay que ir con lo justo y necesario y, sobre todo, con ropa cómoda que no haga ruido. Los corzos poseen un olfato de alta calidad y un oído excepcional, así que hay que evitar las ropas ruidosas y hay que andar siempre con el viento de cara.
En fin, buena caza y, sobre todo, extremar la seguridad e identificar claramente nuestro objetivo y lo que hay detrás antes de tirar.
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