Las claves del celo del corzo

2Por Rafael Centenera Ulecia / Biólogo
A lo largo de los años en que me he dedicado a la caza y gestión del corzo, me he encontrado con dos asuntos que generan debate nada más plantearlos. Uno es el de la caza de hembras, tema en el que todos opinamos y la mayoría de las veces lo hacemos desde la víscera y no desde la cabeza. Y el otro, es el de la caza en época de celo, asunto que no está ni mucho menos exento de polémica.

Como en todo lo que tocamos, los españolitos tendemos a exagerar y nos dejamos llevar muchas veces del sentimiento más que de la razón, con lo que tendemos a ver las cosas como nos gustarían que fueran y no como en realidad son. Yo el primero.
No hablaré en este artículo de la caza de hembras porque julio no es un mes para pensar o meditar sobre su gestión, me centraré en la caza de machos durante el celo. No sólo en su técnica, sino también sobre su conveniencia o no desde una visión libre de sentimiento, aunque eso sea complicado.
En primer lugar, hay que decir que los corzos son raritos hasta para la época en que tienen los amores. Mientras que la mayoría de nuestras especies de cérvidos y demás fauna cinegética tienen el celo en los meses de septiembre, octubre y noviembre, de forma que las duraciones de las respectivas gestaciones dan lugar a partos en los meses de primavera, los corzos entran en celo en pleno verano.
Esto no cuadra con la duración del tiempo necesario para que un feto de una especie de ese tamaño llegue a término. Con cuatro meses mal contados, la naturaleza tiene tiempo suficiente para engendrar un corcito de no más de kilo y medio de peso.

POR QUÉ EN JULIO
Entonces, ¿por qué se produce el celo en julio y el embrión entra en la famosa diapausa hasta diciembre para ajustarse a ese plazo?
Pues lo cierto es que no existe un consenso sobre el motivo, pero parece ser que es una cuestión ligada la territorialidad y la estructura social de los corzos. En efecto, un animal tan poco gregario como el corzo que defiende un territorio la mayor parte del año y no sólo en la época de celo, tiende a adelantar a lo largo de miles de años su ciclo de formación de cuerna hasta separar el mismo del momento inicial del celo, que debió de estar como en el resto de cérvidos en los meses otoñales. Esto llevó a que el celo se adelantara con el ciclo de la cuerna y llegara a separarse más de dos meses del resto de ungulados.
Dicho esto, la segunda cosa que habría que mencionar antes de meternos en su caza, es la cuestión relativa a si se debe o no aprovechar este periodo para completar el cupo de machos.
La escasez de corzo en España hasta finales de los 80 ha hecho que nuestra gestión de la especie haya sido muy sui géneris, además, su aspecto frágil y lo novedoso de la especie desde el punto de vista cinegético, unido a un deseo de conseguir su expansión por métodos naturales, han conseguido que las diferentes administraciones tendieran a su sobreprotección, cosa que aún ocurre en muchas de ellas.
Por un lado, la ausencia de una tradición de caza de la especie hizo que las normas que se aplicaban para su captura se basaran en reglamentaciones que nada tenían que ver con la especie, tales como la Directiva Europea sobre la Conservación de las Aves. En efecto, «dado que el Pisuerga pasa por Valladolid», hubo quien aplicó la prohibición establecida de caza en época de celo del artículo 7 de la citada Directiva a los corzos, que de momento no vuelan ni tienen plumas, para ‘limitar’ su caza.
Han hecho falta unos cuantos años, y algún que otro recurso, para que se estableciera claramente que quien cierra la caza en celo lo hace porque le da la gana y no porque sea una exigencia de ‘Bruselas’. De hecho, la caza en celo no es que esté autorizada en todo el rango europeo de la especie, es que es una verdadera tradición, mientras que aquí sigue sin poderse cazar en distintas autonomías.
En gran medida esto se debe a la teoría de que su caza en celo supone una ventaja y un acto carente de ética e indecente al pillarlos en el momento en que más bajan la guardia. Incluso hay quien argumenta que si matas un macho en celo estas dejando que entren a la reproducción machos más jóvenes y que eso es malo para la especie.
Es cierto que los corzos bajan la guardia en celo y que es más fácil verlos que en el mes de junio, que parece que se los tragara la tierra. Pero no es menos cierto que no nos rasgamos las vestiduras, y hablo sólo de los cazadores, cuando le metemos un balazo a un ‘pavo’ en plena berrea o a un macho montés encelado en noviembre. Parece como si la ventaja de la caza del venado o la montés en celo fuera menos ventaja y me atrevería a decir que es al contrario, es más sencillo atizar a un venado berreando que hacerlo con un corzo en celo.
Además, si la cuestión fuera la facilidad que nos ofrecen, habría que retirar primero el mes de abril, en que los machos no es que bajen la guardia, es que la tiran a la basura con tal de marcar un territorio. En abril he visto a machos maduritos, de esos que luego no hay quien vea, venir como locos ladrando cuando he metido ruido en el monte en su territorio, o salir a descubierto cuando me ladraba otro macho desde el monte.
Y si por el contrario, el argumento que quieren usar es el de que matando un macho en celo dejamos que accedan a la reproducción machos jóvenes, tendría que decir que todos los machos que matamos desde que los territorios están fijados a finales de abril ‘dejan’ ese hueco a la entrada de machos jóvenes, ya que es más fácil que un corzo joven no territorial ocupe una vacante producida en mayo o junio que un macho adulto se anexione el territorio de su vecino muerto. Eso sin contar que en una especie con una vida tan corta como la del corzo, la calidad y cantidad del esperma de una macho de un año puede ser suficiente como para que no nos preocupe el resultado de sus cópulas, puesto que con un año o con diez la carga genética es la misma.
Queda claro que muy en contra de la caza en celo no ando y que alguna que otra vez sí que les he buscado durante el mes de julio, así que intentaré dar algún consejo para que los que puedan saquen provecho de esta caza.

CAZANDO CON LA CHICHARRA
En primer lugar, habría que decir que los machos bajan la guardia, pero no así sus hembras o las crías de éstas, por lo que la única ventaja competitiva que tenemos es que al menos se mueven. Y es precisamente ese movimiento el que se revuelve contra el cazador en época de celo, al no fijarse los corzos donde uno los ve. Muchas veces divisamos a la pareja en plena carrera y cuando queremos llegar a distancia de tiro, ya no están en donde los vimos o siguen moviéndose sin parar. La característica del celo es la movilidad, así que tendremos que tomar decisiones en cuestión de segundos y no pensar mucho las cosas.
Claro que tendremos oportunidades de esas de manual en que el corzo y la corza están embelesados dando vueltas al único matorral de un inmenso prado y lo único que tendremos que hacer es esperar un descuido para atizarle, pero lo normal será verlos salir a la siembra o el claro el uno tras la otra y tal cual salen se esconden para no volver.
La segunda ventaja es que en el celo se mueven a lo largo de todo el día. Por supuesto siguen concentrando sus esfuerzos en los momentos del alba y del ocaso, pero los calores les hacen andar en movimiento muchas más horas. Además contamos con una ventaja adicional al menos en la España más seca, y es que necesitan reponer líquido lo que los lleva a entrar al agua.
Cuanto más calurosa sea la jornada antes pueden entrar a beber y no es raro que lo hagan a las cinco de la tarde cuando aun quedan unas cuantas horas de luz. Luego buscaran una lugar fresco y a esperar la tarde.
Si en nuestras salidas encontramos un ‘corro de cópula’, que no es otra cosa que el surco en la hierba que dejan al perseguirse en el celo alrededor de un mato u obstáculo, puede rendir fruto realizar una espera en el mismo, puesto que los corzos son animales de costumbres y si «hoy te persigo aquí, mañana no andaré lejos».
Respeto a los reclamos, tengo que reconocer que no he tenido mucho éxito en su uso. Sin olvidar que en la mayoría de nuestras comunidades autónomas están prohibidos, por no decir todas, su uso depara más insatisfacciones que alegrías.
No sólo hay que saber usar el butolo o el pito, también hay que saber dónde y cuando usarlo. La teoría, que repito no he usado con mucho éxito, dice que lo primero que hay que hacer es no usarlo fuera de la época de celo para evitar ‘enseñar’ a los corzos que pito igual a hombre. Si nuestros corzos están oyendo piiiut, piiiut durante toda la temporada aprenderán que no hay que fiarse.
Así que el que quiera usarlo en el celo, debería abstenerse en su territorio de pitar cada vez que sale al campo. Es cierto, que efectivo para atraer corzas paridas y zorros lo es en cantidad, ya que el pitido que emite una corza en celo y un corcino asustado son muy similares, más agudo el de la cría, y por ello muchos cazadores que usan el butolo durante mayo y junio ven como se les echan encima las hembras paridas. No pocas veces el macho seguirá a su hembra y hecha la carambola, errada la conclusión.
Respeto a dónde usarlo y cómo, habría que decir que el butolo es efectivo para atraer a un macho que no esté acompañado de una hembra caliente o que esté con una que haya salido del celo, y por ello atrae de forma preferente a corcitos del año con ganas de estrenarse más que a machos decentes.
Pero si buscamos lugares donde la espesura permita al corzo sentirse seguro y no empezamos a pitar nada más ponernos, puede ser que tengamos suerte. Lo ideal es apoyarse en un árbol que nos cubra la espalda, esperar al menos 10 minutos sin hacer ruido para que cualquier macho que nos hubiera sentido llegar se olvide, realizar tres pitidos largos y esperar otro tanto. Si sobrecargamos nuestra actuación no entrarán ni los zorros hambrientos, así que mucha paciencia. Pero a veces suena la flauta y nos entre un macho decente, dándonos una alegría
Lo cierto es que una tarde calurosa de verano, a la vera de un agua, con las chicharras pidiendo tregua al calor y las moscas cebándose en nosotros, mientras la familia se solea en la piscina, es un reto que no todos los cazadores aguantan por muchas facilidades que nos den los corzos en celo, pero el mal de los corzos es así de inexplicable y de incurable.
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