Pasión por el monte

Por algún extraño motivo el destino ha querido premiarme. No sé si estaba en deuda conmigo desde la montería que organicé junto a mi primo en ‘La Peralosa’. Quizás sí. Es posible que últimamente las cosas no hayan salido como esperaba. Lo cierto es que he penado lo indecible en la semana previa a la montería y el día de la misma tampoco ha sido distinto. Para colmo de la mala suerte me he llevado de regalo una lesión en el tendón de Aquiles que no sé si me va a dejar cojo de por vida, aparte de algunas decepciones pos montería. Pero, en fin, cosas del destino, pasadas un par de semanas desde entonces, la casualidad ha querido que se me presente una de esas oportunidades que uno no puede ni debe dejar pasar: recechar un arruí macho en una de las fincas más bonitas y espectaculares que existe para practicar esta modalidad de caza. Evidentemente, el nombre del coto es secreto de sumario.

 Llegado el día del rececho me encuentro como un niño con zapatos nuevos. De nuevo a la aventura por las monumentales sierras alicantinas. Ante mí otro gran reto: pasármelo bien sin morir en el intento.

Actualmente mi forma física es bastante precaria, voy sobrado de kilos y, para colmo, voy a recechar medio cojo. Visto así lo normal sería pensar que más que a divertirme a lo que voy a hacer es padecer.

Pero no, hay que ser optimistas, lo mejor en estos casos es repetirse una y otra vez: “Sarna con gusto no pica, sarna con gusto no pica… Pero mortifica, vaya que sí mortifica”.

No madrugamos demasiado para empezar el rececho. El sol ya ha cogido algo de altura cuando llegamos a la finca. Hace una mañana espléndida, fresca y soleada. Nos encontramos al pie de una de esas colosales moles pétreas tan típicas del levante español. Me tiemblan las piernas sólo de pensar que tenemos que subir hasta lo más alto para intentar localizar algún macho que merezca la pena. Tarea que se presume especialmente complicada si el celo de las cabras ha llegado a su final. Pero, por ahora, no pensemos en ello. Seamos optimistas. Ahora lo primero es entretenernos unos minutos con los prismáticos e intentar localizar las cabras.

¡Bingo, allí están! Las cabras, cabronas por naturaleza, dicho sea de paso, se encuentran en lo más alto.

No pueden estar un poco más cerca, no, están en lo más alto y en el sitio más inaccesible, lo cual me lleva a pensar algo obvio: son cabras, pero no tontas. Así que no nos queda más opción que coger los trastos y empezar a ascender.

El rececho comienza con los primeros doscientos metros cuesta abajo, hasta que, llegados al primer recodo del camino principal, la vereda que tomamos da una primera medida de lo que nos espera. En un intento por no quedar mal a las primeras de cambio con Cristian, mi guía, intento reverdecer viejos laureles tirando de orgullo para no quedarme atrás. Grave error de principiante. Tenía que haberme acordado del Tour de Francia. Y es que no les falta razón cuando dicen que más vale coger el propio ritmo que no responder al ataque de quien va por delante. Cuando llegamos al primer descansillo me acordé de Indurain. ¡Menuda pájara me entró! Hasta el punto de tener que sentarme en el suelo medio mareado.

Bueno, medio no, mareado, completamente. Cristian, todo un profesional, sacó el botiquín de primeros auxilios y me ofreció un azucarillo milagroso que en un par de minutos me hizo recobrar la versión ‘condevito’. En cuanto me sentí mejor proseguimos el camino, si bien, con menos alegría de piernas. Algo que, sin duda, he de agradecer a mi compañero guía. Todo un detalle.

Seguimos ascendiendo por la escarpada pendiente hasta alcanzar un cortado desde el cual esperamos avistar las primeras cabras. Intentamos acercarnos con sigilo hasta el despeñadero, si bien nuestra llegada no es nada silenciosa al tropezarme y caerme de bruces con las rocas. ¡Madre mía, qué guarrazo! Me retuerzo en el suelo de dolor y pienso que me acabo de romper la rodilla en cuarenta trozos. Es tal el dolor que me vuelvo a marear, no doy crédito al cómico rececho de hoy. Si hay alguna cabra cerca y me ha visto, seguro que se está partiendo de la caja de risa. Por suerte, mi acompañante no se ríe (o, al menos, no delante de mi) y eso también ayuda a recuperarse. También el Nolotil que me acabo de tomar empieza a hacer efecto en un abrir y cerrar de ojos. Y el plátano más el medio zumo de frutas también ponen su granito de arena en mi milagrosa recuperación. Tiene bemoles. Acabo de cepillarme el almuerzo de Cristian…

A pesar del ruidoso incidente localizamos un rebaño de cabras en lo más alto. Nos están mirando desde su otero, risueñas y tranquilas, como el que no quiere la cosa, a sabiendas de la todavía gran distancia que nos separa. A simple vista parecen todas hembras acompañadas de algunos choticos, pero, por si acaso, decidimos acercarnos más por si hay algún macho acostado entre las chaparras. Nos llegamos a poner del rebaño a unos cien metros. Tras unos minutos de espera metidos en una pinada observando, las cabras se descuelgan por el viso unos ciento cincuenta metros. Estamos bien ubicados, justo al borde de una peña desde la que no tardamos en ver salir de nuevo las cabras. Van acompañadas de un macho, pero éste es de escaso porte, por lo que ni siquiera nos pasa por la cabeza otra cosa que no sea ir en busca de uno más grande.

Cuál es nuestra sorpresa que, desde la peña en la que nos encontramos, avistamos un nutrido rebaño de más de sesenta o setenta ejemplares sobre la pedriza de enfrente. Casi imperceptible se dibuja la silueta de un par de machos en la parte del rebaño que se encuentra más arriba. Decidimos ir en su busca por si alguno merece la pena, así que nos ponemos en marcha de nuevo. Toca descender hasta el fondo del barranco para después comenzar de nuevo a subir. Bajamos sin prisa, pues las cabras están comiendo tranquilas y no se mueven del sitio.

Esta vez bajamos sin que haya que lamentar incidente alguno. Ni me caigo ni recaigo con una nueva pájara. Además, voy anestesiado por el Nolotil. Cuando me quede frío ya veremos, pero, de momento, voy bien. Enseguida atravesamos el reguero del fondo del barranco y comenzamos a subir por una senda muy tomada por las cabras. Mientras ascendemos entre las chaparras, vamos hablando contándonos chascarrillos. Llámese casualidad, suerte o, más comúnmente, ‘potra’, pero una de las veces que Cristian se vuelve para contarme otra anécdota, a unos cien metros más abajo, ve asomarse entre las chaparras un macho. “Mira, mira, mira…”, me dice. Rápidamente me giro y lo veo a través de los prismáticos.

Está tieso como una estatua, de frente a nosotros, mostrando su imponente cuerna en una estampa que difícilmente podré olvidar. Verdaderamente, impresionante y majestuoso. Ha salido de la nada, pero ahí está, curioso y, a la vez, esquivo. Cristian y yo nos agachamos ipso facto. Como buenamente puedo, me siento y trato de calmarme. Entre el esfuerzo de la subida y el subidón de adrenalina, tengo el corazón a doscientos. Tomo el suficiente aire como para no temblar en exceso al meterlo en el visor y tras unos instantes de tensa calma: ¡Baaaaaaang! Tirascazo en el pecho que hace salir al macho barranco abajo. Va herido de muerte, pero aun así consigue andar más de ciento cincuenta metros hasta caer desplomado.

Nos acercamos con la debida precaución hasta el lugar donde yace el arruí. La tensión del lance y de la bajada da paso a una inmensa alegría al comprobar que se trata de un estupendo ejemplar. No quepo en mí mismo, estoy más contento que unas castañuelas. Es la recompensa a un más que trabajado y accidentado rececho, el mejor colofón posible.

Gracias, Cristian.

 

Por Javier Robles, “Condevito”

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