Cebra, un universo a rayas… y un esfuerzo inesperado

cebra

Siempre mostré un especial respeto ante este bello animal de piel rayada. Todo comenzó en mi primer safari por las tierras de Cono Sur. Visitábamos Zimbabwe con la intención de cazar varios antílopes, facos y alguna cebra. Semanas antes y con motivo de una comida que organizaba la revista Caza Extremadura, tuve la oportunidad de dialogar unos minutos con el gran safarista extremeño Domingo Cadenas. En el ínterin de la conversación saqué a colación nuestro futuro viaje para preguntarle su opinión y su respuesta fue bastante clarividente: me vino a decir que el animal que me iba a suponer un mayor esfuerzo iba a ser la cebra.

A las pocas semanas, partíamos para cazar en una concesión cercana a Bulawayo. El principal recuerdo que guardo de aquella sabana arbustiva fueron las innumerables caminatas tras las pequeñas manadas de cebras que en ella habitaban. Uno de los días comenzamos a seguir a un grupo con las primeras luces del alba para abandonar nuestra empresa ya bien entrada la noche. No puedo asegurar la distancia que llegamos a recorrer, pero pasó con creces los veinte kilómetros con total seguridad. Cuando, por fin, en otra de aquellas ajetreadas jornadas tras estos equinos pude cazar uno de ellos, en un acto casi instintivo, ¡rompí a llorar como un niño! A alguno de mis queridos lectores les parecerá una exageración lo que estoy comentando, pero, en aquel momento y después de los esfuerzos realizados, era lo que me tocaba y no me avergüenzo

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