Capítulo II – El brutal cambio del entorno rural

Don-Paco-parte-2Por José Fernando Titos Alfaro

¿Quiere usted creer que, a pesar del montón de años que tengo sobre las espaldas, me encuentro como un chaval…? Y es que no hay nada más saludable en este mundo, amigo mío, que los aires de estas sierras, porque así lo quiso dios, nuestro señor, amén.

Al margen de esta mi complexión de roble que, como bien podrá comprobar, aún no ha podido ser vencida del todo por los años, y de mi aspecto un tanto rudo, cosa lógica y natural, por otra parte, por haber sido siempre un campesino nato, yo siempre fui un hombre de una salud de hierro. Los lustres de la ciudad para quien los quiera. Yo no. Yo preferí ser un rudo roble, a ser un maquillado arbusto de jardín. No recuerdo haberme tomado jamás ni siquiera una simple ‘aspirina’. Tal vez, por eso, mi pertinaz resistencia a mostrarme como un viejo acabado y decrépito, aunque, obviamente, hoy ya no pueda presentar aquella castiza estampa de mi ‘tronío’ de antaño, cuando cruzaba la plaza del pueblo hacia mis cortijos, retrechero en mi potro alazán, sobre montura de cuero de Ubrique, con mis iniciales en plata incrustadas en él, con mi sombrero andaluz a lo castizo y corriendo las espuelas sobre los ijares del mejor corcel de Andalucía.

No cabe la menor duda, por otra parte, que esto ya no es lo que fuera en aquellos otroras. Ni mucho menos. Todo ha cambiado, en tan sólo unos años, de una manera tan brutal como patética. La vida, con tanta maquinaría, tanta fábrica, tanta química, tanto adelanto y tanto invento, que Satán se comiera, ha pegado un vuelco tal, que estoy por decirle que, en sólo unos años, esto se ha trastocado más que en todos los siglos de historia de la vida agropecuaria. Y que como para muestra, según se dice, bien vale un botón… ¿para qué vamos a ir más lejos…? Aquí tiene usted esta nuestra aldea de San Isidro de Rioseco. ¿Usted cree que este pueblo se parece en algo a lo que fuera hace tan sólo veinte o treinta años…? ¡Ni en tanto así, que se lo digo yo! La transformación que ha sufrido, hasta ha maleado la preciosidad, que fuera su medio natural, de forma tan terrible y canallesca, que ahí lo tiene usted, prácticamente, en estado de coma irreversible.

Y por si fuera poco, hasta parece que el mismo Dios se ha confabulado, dejándonos de su providencial mano, y ahí nos tiene abandonados a nuestra suerte, puesto que esa sacrosanta bendición suya que, sobre todo, para la gente de campo, siempre fue y será la lluvia, nos la viene como racionando, si es que no negando de todas a todas.

Como le digo, no parece sino que como si todo se hubiera conjurado contra el campo. La gente que huye de él como una epidemia contagiosa… los precios de los productos agropecuarios por los mismos suelos… los salarios, por el contra, por las nubes… el criminal y tan malintencionado atentado de los incendios forestales… la filoxera… la palomilla… la peste africana, y ahora, por si éramos pocos, también parió la abuela, con eso que le he referido de la pertinaz sequía.

Esperemos que todo sea como un pasajero castigo de Dios, para ponernos en sobre aviso de que como el campo se muera, es el momento de llamar a todos los curas del mundo para que le canten el gori-gori, pater noster, puesto que aquí se acabó la presente historia.

Le estoy hablando a usted de una cruda realidad que, desde hace ya algunos años, venía enseñándonos los dientes, y que la gente, temiéndose que de un día u otro diera la cara de lleno –como así ha sido– escapó de la quema como pudo y, como pudo también, se refugió en esa deshumanizada barahúnda que son los suburbios de las grandes ciudades.

Las zonas rurales se han ido quedando más solas que la una. Cada día que pasa, se me hace más patente la sensación que tengo de que San Isidro de Rioseco se está convirtiendo en un desolado y patético páramo. Hay momentos en que se da usted una vuelta por esas callejuelas, y no se encuentra usted, no ya con alguna que otra persona que, al menos dé fe de vida, sino que ni siquiera con ese perro callejero que, en nuestros pueblos, siempre fue como algo así inherente a sus calles.

Va usted por esas callejas, y en una casa sí y en otra también, sólo se ve yerbajos creciendo a sus anchas al amor de las aceras, si es que no recolgando de las grietas de las mismas fachadas.

Casas amenazando ruinas, con el tejado rehundido a modo de vaguada, y al que sólo parece faltarle un pequeño soplo para sucumbir. Y a todo esto, hechos todo un vergel de pujantes jaramagos y otras malas malasyerbas. Las puertas resquebrajadas por las mismas ‘crujías’ y dislocadas de los bastidores, dando la impresión que se pueden derrumbar de un momento a otro, en tanto que las fachadas parecen estar cruelmente carcomidas por una galopante y nauseabunda lepra.

¿Y de los típicos corralones… qué me dice usted? De esos ya no queda ni uno solo a salvo. Todos se han convertido en fantasmagóricas ruinas de tapiales desportillados, acosados, a su vez, por una inexpugnable jungla de cambrones enmarañados, que se aferran a la providencia del jugo de sus cimientos, en tanto que los higuerones bravíos parecen asirse con uñas y dientes a las grietas de sus resquebrajos. ¿Qué quiere usted que le diga de cómo están por dentro…? Después de lo dicho, ya se lo puede imaginar. Totalmente avasallados por las malasyerbas, destacando entre ellas, en especial, los cardos borriqueros, que, en tal libertinaje, crecen con pujanza de emperadores. ¡Con los cerdos, ovejas, cabras, yeguas, vacas… que esos corralones han abrazado entre sus muros!

Mire usted, el otro día fui, expresamente, a La Plaza, y cuánto mejor hubiera sido que me hubiese quedado en casa. Cuando vi la deprimente situación en que se encontraba, se me cayeron encima to los palos del sombrajo.

Le cuento a usted. Desde que me conozco, La Plaza tiene un pilar, en el centro, de agua de manantial que, toda la vida, ha sido la envidia de todos los contornos. A su abrevadero acudían las bestias de labranza de camino a la besana o a la recogida de las cuadras… los rebaños de ovejas y de cabras, escapando de los corralones al careo del campo… las yeguas con sus potros… las vacas suizas de la más castiza y vistosa raza… ¿Qué quiere usted que le diga…? Pero es que además, a sus frescos chorros de cristal, sobre todo, a esto del atardecer, se podían ver ir y venir esas vivificantes y encantadoras estampas de las mozas casaderas, con los labios pintados de carmín y con el cántaro grácilmente en el cuadril, que te llenaban el alma. ¡Qué recuerdos, Dios mío, qué recuerdos!

Un rato estuve allí echando un cigarro a la sombra de una acacia, y aparte de algún que otro gorrión, que se descolgara de los aleros de aquellos tejados a beber en sus correntías, allí no acudió ni un alma. Por otra parte, el estado en que se encuentra, es realmente desolador. El libertino derrame de sus aguas hace de su entorno un cenagal, mientras que, por sus desdentadas y achacosas paredes, las ovas chorrean como repugnante gelatina, y a todo esto, los yerbajos creciendo, por acá y por allá, en impune y vergonzoso libertinaje y promiscuidad.

Por otra parte, salga usted de la aldea, que entonces es cuando ya se tiene que echar a llorar como un ‘Jeremías’. Ya que en las mismas puertas, los hortalillos familiares que, en antaño, por los mimos que se les prodigaban, parecían jardines en flor, ahí los tiene usted hoy, totalmente, olvidados e invadidos por el monte, entre el que se puede adivinar, sólo adivinar, algún que otro frutal de su época de esplendor que, resistiéndose a morir, intentan sacar la copa como el que se está asfixiando o como el que de puntillas, intenta salir, entre el gentío, en una foto, si es que no por sucumbir, definitivamente, pisoteado.
¿Para qué le voy a seguir contando…? Así que, pasemos página.


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