La pena negra (primera parte)

Pena 1

Relato ganador del I Concurso de Relatos Breves TORCAZ

Al Avelino, la niña chica se le puso mala. Andaba la cría con calenturas desde el día de San Ambrosio. Las güeras de la Inmaculada la tuvieron hasta tarde por los cerros rebuscando sarmientos para la Virgen y pescó una friolera. La culpa la tuvo el Resti, el tío de la chiquilla que, porfiando con su hermano, la bajó de la majada.

La noche de la novena se montaba un buen jolgorio. Mientras el párroco salmodiaba a la Purísima, los zagales afanaban gavillas de las sarmenteras para liar una buena lumbre en homenaje a la patrona. Los tenderetes de torraos y titos fritos, instalados en el prao, hacían su agosto en diciembre vendiendo a real y medio el puñao. También vendían las bellotas, dulces y amargas, que a ninguna se hacía ascos, para tostarlas en la fogata; tenían un buen bocao. Los bailoteos de corro, las jotillas picaronas y el galanteo, se prolongaban hasta el alboreo pese a la gélida pelona que se pegaba a la riñonera, aliviada, en las mocitas más desvergonzadas, por la calluda mano de los casi imberbes mozuelos que sobaban sus panderos, ocultos bajo la toquilla, e intentaban el acceso a rincones más prohibidos y más calientes. Más de una se escabullía por la negrura buscando el amago de una tupida cambronera y la mullidez del albardín para aflojarse refajos, levantarse sayas y que alguno las restregase y calmase sus recientes y reprimidos ardores de mocedad. Eso sí, con el riesgo de ser descubiertos por la sigilosa muchachería, que espiaba en sagaces y silenciosas razias, y recibir un petardazo que colgase calzones y culeros en las ramas del espinoso camastro.

El Resti se encargaba de acarrear el suministro para que el Nino pudiese mantener a duras penas a la nena. La pobre estaba tan escacía como la borrica con la que le costaba trabajo llegar a los sopiés de la sierra del Coscojo para llevarle en los aguarones cuatro medidas de harina, un cachejo queso y otro de tasajo, unas cuantas patatas, media alcuza de aceite, un cuartillo de vino rancio, que le duraba al Nino el tiempo que tardaba la burra en desaparecer por la primera trocha, y picadura de caldo y papelillo para liar la petaca. Con eso, con la leche que arañaba a las cuatro cabras raídas y los dos o tres huevos que sacaba de las gallinas, cuando no se los comían la raposa o los gavilanes, mantenía a la criatura que, enfermiza desde que la parieron, siempre andaba hasta las cencerretas, mugrienta, haraposa, moquisuelta y con mohína. Con sus siete años recién cumplidos, pesaba menos que un pedito de lobo y había que andar listo para que los días de ventisca no volase por encima de la cuerda.

Desde que se largó la Blasa con las dos hijas mayores, a colocarlas en las esquinas de la Villa y Corte, la pobre Jarilla, que así la llamaba por sus mechones rubiales –amargos causantes de que el Avelino siempre dudase de su autoría–, no hubo día que no se refugiase bajo un chaparro y, con la mirada perdida por el sendero de las Recovas, no lagrimase la ausencia del cariño materno, esperando verla llegar por lo limpio. Aunque en principio casi se alegró de su marcha, así se libraba de los pescozones que le arreaba, con el tiempo, cuando se cercioró de que la ausencia iba a ser definitiva, no pudo y no quiso desterrar la tristeza de su minúsculo corazón. El Nino, más simple que el rabillo de una boina, cermeño y corto en palabras, hizo lo posible por suplirle las carencias; pero, con el tiempo y las dudas, la desidia y los mocos fueron la realidad cotidiana de la muchacha. Cuando el Resti se empeñó en bajársela al lugar, por las fiestas de la Virgen, Avelino se negó. No quería dudas sobre la limpieza de su testuz cuando los paisanos descubrieran su pelaje. Pero en un alarde de hombría, su hermano se le cuadró y, tras lavarla en el pilón de las cabras, acicalarle el pelo con saliva y recolocarle los harapos, la montó en la burra y arreó para el pueblo antes de que aquel tarao de su propia sangre le diese por descolgar a la Pena Negra, que, aún sin cartuchos, bien que sabía el muy cabrón recargarla con pelotazos de sal.Pena 2

La Pena Negra era una paralela, eibarresa, del 12. En sus buenos tiempos de gloria, allá por pretéritos tiempos prerrepublicanos, fue la reina de la comarca. Nadie tuvo nunca por aquellos andurriales escopeta tan hermosa. De haber tenido facultad para referir su historia, sus furtivos lances con republicanos brigadistas, falangistas o maquis, hubieran dado para unas cuantas lecciones de la aún no olvidada, trágica y todavía reciente historia. De ahí, según los más viejos del lugar, le venía su nombre, de las penas que dejó desparramadas. Cuando el Nino la heredó de su padre, aún conservaba su negro pavón y sus finos grabados de aguerridos lances monteros, ahora apenas visibles por el desgaste de las nieblas del tiempo. Nadie, de los muchos que la conocieron, la vio nunca fallar un peludo caramono ni una sola rabona. Patirrojas también se bajó unas cuantas, aunque… eso era otra historia; porque tirarles, lo que se dice tirarles a las claras, estaba poco menos que vedado per saecula saecolorum. Los únicos con derechos adquiridos para abatirlas, como les diese la gana, eran don Enrique y su retoño, dueños absolutos del monte y de todo lo que en él se cocía, se guisaba o se asaba; si te pillaban tirándole a alguna, aunque fuese una pedrada, se te podían caer los palos del sombrajo… y encomendarte a la Rita, la santa de Casia, abogada de los imposibles.

El Avelino nunca había sido tardo. En sus tiempos de mozo no había galán como él en todo el terruño. Las mozas se lo rifaban y a más de dos y a más de siete les arrimó la cebolleta. Todavía conservaba incrustados en el culo perdigones de cuando saltaba las tapias de los corrales, con la pana en los tobillos, huyendo de padres ultrajados o maridos coronados con astas en sus testuces. De su padre heredó porte, sinvergonzonería y derechos de trabajo en el monte de don Enrique; además de a la Pena Negra que, aunque era para su hermano, no tardó en apiolarla. Eran otros tiempos.

Mandamás en la alquería, ejerció todos los cargos desde los que campar por sus respetos en los dominios de su amo. Desde mayoral de los aparceros, hasta jefe de guías, perreros y ojeadores, pasando por guardacampo e, incluso, mamporrero en la yeguada; nada se escapa a su control y de todo rendía cuentas… las que le venían en gana. Ganaba sus muchos duros y explotaba, sin recato, sus derechos de autoridad arramblando con todo lo que se ponía al alcance de sus garras. Hasta incierto derecho medieval, en teoría extinguido, reclamó el so cabronazo, y, si no llega a ser porque una noche le agarraron del gaznate en una esquina sin luna, hubiera llegado a consumarlo. Porque también era putero. Y un cobarde cuando no estaba bajo el ala de don Enrique. Nadie, suyo y ajeno, gastó nunca tanto en taberna y puticlú que, desde que al hijo del cacique le dio por diversificar negocio, se había instalado en aquel chamizo de las afueras. Cruces se hacían las pías y añosas mujeres del pueblo –caladas con sus pañuelos negros, arrebujadas en sus negras batas de negro paño, con sus negruzcos mandiles y sus renegridas alpargatas– en el portalillo de la iglesia ante don Quirino, cura párroco y buen inquisidor para lo ajeno, que, tras la misa y a hurtadillas, también visitaba el lupanar.

Al principio costó que aquellos cejijuntos padres de familia cruzaran el cenagal que había que atravesar para llegar hasta aquel paraíso de la miseria, con sus cuatro meretrices sebosas, despatarringás en sus divanes de oropel que el señorito comprara derredor de la plaza de Cascorro, en la Capital. Pero, tras la velada orden de usar sus servicios, por parte del Nino a expensas de la voz de su amo, no tardaron en ceporrear en el lúgubre postigo y aparecer por sus lares con los bajos de la pana empringaos de cieno y manchones en la bragueta. Con el tiempo fue el negocio mejor diversificado de la zona. Y allí fue donde Avelino encontró sus perdiciones. Su cerrinegro entrecejo recorrió, harto de vino agrio, todas las pelambreras –algunas habitadas por aquellos bichitos asquerosos que picaban como demonios– de todas las putas que ejercieron su oficio en el antro. Se fundió, sin trampa ni cartón, los cuatro cuartos que tenía y, ya emparentado con la Blasa, pilló todos los males y calenturas, conocidas y desconocidas, que circularon por las entrepiernas de sus adoradas y desdentadas pelanduscas. Y se los endilgó a la Blasa. Ese fue el arranque de sus calamidades y, con ellas, poco a poco, se fue quedando un poco atolondrado.

Una noche, esbaratao de vino hasta las trancas y hecho un adefesio por cruzar a gatas la cenaguera, se presento en la casa y echó mano a la Pena Negra. La Blasa, escandalizá, se le agarró de los pelos. Se la quitó de encima a hostias y arreó con una mula hacia el cerro los Conejos. Sus intenciones no eran otras que cepillarse media hocena caramonos para hartar a sus putas, que pasaban más hambre que el perro Tarra. Clareaba cuando descolló por la cuerda de levante de la Manjería. Entonces los vio. En esa solana, los chafardales eran espesos y las hojarascas estaban siempre atiborrás de bellotas. Los marranos bien metidos en arrobas y los venaos palmeros, de cuernas recias, campaban allí a sus anchas. La veda solo se levantaba cuando aparecían algunos principales y se organizaban ganchitos de increíbles resultados. Algunos de los mejores trofeos que adornaban las cabeceras de algunos de los ministros los había parío la montanera de la Manjería. Cuatro lobos se cebaban con un venao de impresionante arboladura, menguado por los ardores de la berra, intentando zamarrearle. La caballería, respingando por sus espumosos ijares, se detuvo en seco y casi lo lanza por encima de la collera. Los vapores del vino se le esfumaron y, retembloso, se agarró a la Pena Negra para esparcir sus temores. Metió las postas en los canutos, amartilló los perrillos y encaró a la lobería. Con el dedo en el gatillo y el ojo enfilado, entendió que si atizaba a los lobos podía desbaratar la cuerna. Arreó dos zurriagazos al aireo para que salieran en estampida, mancha abajo, para escabullirse.

El venao le miró con ojos de sufrimiento. Sangraba por el cuello, desgarrao, e intentaba lavantarse para perderse por la espesura. No podía rematarlo. Si el guarderío encontraban las postas en aquel animal, a pesar de los sajados de los lobos, lo más probable es que le acusaran de furtiveo. El amo no atendía a razones contrarias a su cicatería. Y, en la Manjería, era muy cicatero. El venao le seguía mirando. Por un momento se le cruzó la vena en la frente y descargó toda su saña en aquella res que reclamaba piedad...

A. Mata

VER AQUÍ La pena negra (y segunda parte)

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