El Negro y su escudero

relato-espera-jabali-2016-08-16-04-06-55Después de una siesta breve me duché con agua fresca. Lo hice sobre todo para despejarme. Pero no usé el jabón. Era agosto. Sólo agua. No quería dejar rastros ni olores. Sabía que tenía que poner toda la carne en el asador, porque él no me iba a permitir ningún error. Ya me lo había demostrado. El primer día que me entró me sacó los vientos desde 70 metros sólo por una leve ráfaga de aire cambiado. Con el permiso de mi mujer, después de tomar un café salí en coche desde isla Antilla (Huelva) donde estaba con mi familia de vacaciones y viajé a casa, en Sevilla, a cambiarme de ropa y a recoger el rifle y los achiperres. Mi amigo Jesús Pérez me recogió a las 18:30 h. Teníamos casi una hora hasta el pueblo de Morón de la Frontera, donde habíamos quedado con Rafael Nieto para vernos después con Roberto Cantalobos, organizador de la tarde de aguardo en la finca, que distaba unos 14 kilómetros del pueblo. Salimos los cuatro en el coche de Roberto, que es el que los animales conocen en la finca y no iban a extrañar, mientras nos contábamos nuestro verano y preparábamos la noche. Nos pondríamos en tres comederos muy alejados unos de otros, situados alrededor de la mancha principal, que respetaríamos para no molestar a los que allí habitan y para no estorbarnos entre nosotros.

relato-espera-jabali-2016-07-14-20-49-36El primero que se quedaría de los tres sería yo. Le pedí a Roberto que, al pasar por mi puesto, no parase el coche, que siguiera hasta arriba de la ladera, y ya lejos del mismo, al trasponer, lo detuviese. Después yo bajaría andando despacio hasta la media costera donde estaba situado. Un poco antes de las 20:00 h. estaba ya en mi sitio. Había una luna casi llena que ya se veía a esa hora, por lo que decidí meterme bajo un lentisco sentado en el suelo. Prefería estar incómodo y ocultarme bajo su sombra antes que sentarme en la silla a la luz de la luna. Aunque las nubes tapasen su claridad como después ocurrió. Mucha o poca luna, pero no quería arriesgarme. ¡Ya digo!, ¡toda la carne en el asador!

Abrí la mochila, para organizarme. El trípode, regalo de mi mujer y mis niños por mi último cumpleaños (el anterior estaba ya machacado, el pobre). Me puse el repelente de mosquitos y el cubrecara de camuflaje. Saqué los dos prismáticos, la linterna de luz roja, la pinza para agarrarla al rifle, los caramelos y el agua: ¡estos son mis achiperres! Finalmente, preparé el Heym 9,3×62 y le metí las cuatro balas RWS KS. Apunté con el visor con punto rojo que, por fin, me había podido comprar y le había puesto hacía unos dos meses y estaba estrenando con estos aguardos, y probé que éste estuviera muy pequeño para cuando llegara el momento. Puse la pinza con la linterna en el lateral izquierdo del cañón –la he probado de muchas maneras y, al final, este sitio es el que menos me deslumbra al mirar por el visor cuando la enciendo–.

La tarde estaba serena, no había apenas viento, pero el poco que había era revocón. Como estaba muy alto, a unos noventa metros del comedero, y tirando de arriba abajo, pensé que no debería haber problemas con este aire. Por fin, una vez todo controlado, decidí tomarme la merienda: un bocadillo de salchichón. Así ya tendría otra ‘faena hecha’. Los minutos fueron pasando mientras la tarde caía lentamente y asomaba el lubricán por el poniente.

Sobre las 21:15 h. empecé a oírlo por el arroyo cuando movía las piedras. No lo veía, sólo lo oía. De vez en cuando, bufaba, se paraba y seguía con su faena.

relato-espera-jabali-2016-08-12-10-07-43“¡Ya estás en el arroyo! –pensé–, como las otras noches que he venido a buscarte”. Desde finales de junio eran ya casi dos meses detrás suya y este era la octava vez que me ponía a ver si, por fin, lo enganchaba. Roberto le había apodado el Negro, porque en las fotos de la cámara nocturna que ponía en el comedero era éste su color, claramente más oscuro que los otros congéneres que aparecían. Era grande, majestuoso, era un señor cochino. Iba siempre con su escudero. Tenía costumbres diversas. En junio lo fotografió en el comedero a las 21:00 h., pero eso fue un espejismo. A partir de ahí entraba cuando a él le parecía, pero nunca antes de las 23:30 h. Esa era su hora más fija. Todas las semanas desde junio venía a buscarlo. Salía corriendo de la clínica y venía a ponerme de aguardo. Pero no lo había podido cazar. Uno de los errores que cometí en las siete esperas que ya le había hecho fue matar una guarra que pesó 107 kilos en canal que entró después de su escudero, al que respeté, esperándolo a él, porque creí que era el Negro; pero no caí en que la guarra me entró a las 22:30 h. Eso él no lo hacía. Después de cada día de aguardo, Roberto, a los dos tres días, me confirmaba que ya había vuelto al comedero. Lo dejábamos descansar unos días y entonces volvía a intentarlo de nuevo. Pero él no se equivocaba, siempre me ganaba la partida. Era un ‘catedrático muy matriculado’, como los llamaba mi padre de mi alma cuando me instruía en mis primeros aguardos, allá en mi lejana juventud.

Sobre las 21:30 h. me entró una tropa de varios rayones con dos jóvenes madres, a los que se unió un cochino grande, grande, pero que no parecía macho. Llegó al comedero derechito, sin pararse, sin recelar, sin tomar los aires. Eso era para mí definitivo. No se comportaba como un macho. Además era de día y podía verlo bien con los prismáticos y con el visor. No tenía pincel ni hechuras de macho. Los tuve en el comedero durante una hora casi. Lo metí en el visor muchísimas veces. La consideré una machorra enorme y decidí no tirarla. No era su día. Yo estaba esperando al Negro y este no era su día. A lo mejor me equivocaba, pero me arriesgué. Se pusieron como el Quico de maíz. Sorpresivamente, algo les asustó y se fueron sobre las 22:30 h.

relato-espera-jabali-2016-08-16-04-07-05-1Durante otra hora no pasó nada. A veces oía una piedra en el arroyo. A veces, un zorro chillando. Otras veces lo oía bufar a él. Pero no veía nada. Alrededor de las 23:20 h. aparecieron de nuevo en el comedero las dos guarras con sus rayones y se les unió otra cochina grande que venía en busca del maíz. Pero era, claramente, una cochina. Ya sin luz las veía bien con mis prismáticos pues había luna y nubes, pero suficiente claridad, y también me ayudé de los prismáticos de visión nocturna que aportan información valiosa en la noche. En esas estaba disfrutando, cuando, del arroyo, veo salir un guarro, de esos con cara de guarro, despacio, sigiloso, enorme. Se acercó al comedero ocultándose bajo las encinas y allí le pegó a las cochinas y a los rayones, que lo dejaron solo en el comedero, mientras ellos aprovechaban los restos de maíz a su alrededor. ¡Lo respetaban! “¡Ese es mi cochino!”, pensé.

Cogí el rifle y lo metí en el visor Swarovski 3-12×50 que me daba muchísima claridad, le puse la luz del foco colorada, que aceptó sin inmutarse. Señal de no estar tiroteado. Le vi claramente sobre el rastrojo el pincel y, cuando se volvía, también le vi sus atributos masculinos. Sobresalía su tamaño comparado con el bidón de maíz. “¡Eres tú!”, me dije. “¡Eres demasiado grande para ser un escudero!”, pensé.

Le puse el punto rojo detrás de la oreja mientras comía y apreté suavemente el gatillo, viéndolo, después del fogonazo, caído en el suelo pataleando. Yo, feliz deleitándome. Pero hete aquí que, de pronto, a mi derecha y abajo, a unos veinte o treinta metros, no más, oí a un cochino bufar y reñirme, echándome un sermón importante. No lo veía, pero hasta tal punto estaba cerca, que me asusté. Me quedé quieto, pero ya presentía lo que había pasado. Me temía que el Negro no había entrado aún y me había mandado por delante a su enorme escudero; pero no me lo quería creer, aunque era lógico haberlo sospechado. “¡Era tan grande al que había disparado!”, pensé.

Bajé la cuesta despacio, apoyándome en el trípode, pues tengo un esguince crónico en el tobillo izquierdo que me está dando mucho lata y, a pesar de ir con botas altas y con plantillas y estabilizadores de tobillo, las cuestas no son mi fuerte. Al llegar abajo me acerqué despacio al guarro. Desde atrás vi que era grande y era negro y era macho… ¡Pero era el escudero! La verdad es que fue una decepción que me hizo enfadarme conmigo mismo. ¡Otra vez me había precipitado! ¡Otra vez había elegido mal el objetivo! No tenía arreglo. Bueno, pues, decidí subirme al puesto despacito, con precaución. Una vez llegué al mismo, y viendo que ya tenía la noche hecha, opté por sacar la silla de su bolsa y sentarme más cómodo en ella, fuera del lentisco que me cobijaba, a disfrutar de la noche mientras esperaba a mis amigos. Ya no importaba estar más a la vista, pues aunque la luna seguía semi-oculta yo ya tenía ‘el aguardo hecho’. Tenía tiempo de sobra para gozar del cielo, de la noche, de los ruidos y también de tratar de desenfadarme, pues era claro que había sido un lance bonito y que lo había disfrutado, aunque hubiese matado al escudero.

Estuve un larguísimo rato tranquilo sentado en la silla con mi rifle atravesado sobre las piernas, más pendiente de los prismáticos, de la luna, del móvil y del agua, recordando el lance y mi error, mientras esperaba a mis amigos. Sobre la 01:05 h. escuché un ruido. Un ruido que primero no reconocí. El mismo ruido se repitió e hizo que prestase mi atención. Solté el agua y cogí los prismáticos, pues seguía habiendo algo de claridad, me los eché a la cara y… “¡Vaya guarro!”, me dije a mí mismo.

Del arroyo, por detrás del comedero, a unos 120 a 130 metros, venía andando en dirección al mismo un aparato de esos de ‘coco y huevo’. Un señor cochino. Traía la cara levantada. Venía mirando de frente hacia al puesto, tomando los vientos y bufando si tenía que bufar. Solté los prismáticos y cogí el rifle, encendí el punto rojo del visor y le puse la luz roja sin que se inmutara. El animal seguía andando despacio hasta que se encontró con el escudero muerto al llegar a unos 10 o 15 metros de él y, entonces, se paró. Levantó la cara aún más y bufaba como una cafetera.

¡Qué espectáculo tan impresionante! ¡Qué guarro, Dios mío! ¡Qué bonito! ¡Qué momentos más largos! Pero el guarro no acababa de ponerse atravesado. Fueron unos segundos eternos. Pero, claro, al ver el escudero muerto se escamó y se giró para marcharse, tomando maneras de querer dar una arrancada para huir. En ese instante me enseñó la muerte durante un segundo, ¡no más! Lo tenía metido en la mira. El punto rojo en el codillo. No me podía equivocar. ¡Era el Negro! Aseguré el tiro apuntando a la caja y apreté el gatillo. Eran la 01:08 h.

Al tiro, con el fogonazo, dejé de verlo. Me dio la impresión de haberle dado, esa sensación que tenemos los cazadores al disparar cuando hemos hecho bien la cacería. Creía que sí. Juraba que lo había tirado muy bien, aunque fuese muy rápido todo. Me tranquilicé un rato. No me lo podía creer. El guarro se había equivocado. Entró al comedero unos noventa minutos después del tiro del escudero. Yo creo que el guarro pensó que, al no haber ruido durante tanto tiempo, yo me había retirado y ya no había peligro, y osado de él, ¡se equivocó! Le pudo claramente el hambre.relato-espera-jabali-2016-08-16-04-06-18

Pero el animal no estaba en el suelo. Se me salían los ojos buscándolo con ayuda del visor y la luz roja. Durante unos momentos me pareció oír viniendo del arroyo una respiración jadeante, pero todo era una impresión mía, y yo sabía que estaba muy nervioso. Al cabo de un rato se quedó todo en silencio. La noche, serena. Esperé unos veinte minutos recreándome en el lance. Bajé despacio una vez más al tiro, y… ¡ni gota de sangre! Busqué y busqué, pero no encontré nada. ¡Yo me aseguraba a mí mismo haberle dado! Pero, ante la evidencia y después de la búsqueda infructuosa, me volví despacio al puesto. Cada vez me dolía más el tobillo; aún así, estaba feliz. ¡Se me había pasado el enfado! Me senté en la silla a regodearme del lance y a preguntarme hacia dónde habría ido el cochino tras el tiro y el porqué de no encontrar sangre.

Finalmente, después de otra hora, sobre las 02:15 aparecieron mis amigos. Rafael había tirado un guarro macho y le había dado. Había sangre, tocino y señales evidentes del tiro. Por la mañana iría Roberto a encontrarlo con los perros. Jesús había matado también un guarro macho con mucho cuerpo, aunque con poca boca, pero era un macho. “¿Y tú que has hecho? ¿Has tirado?”, me preguntaron.

Yo les describí, entre incrédulo, disgustado y sorprendido, mis lances. Se pusieron como los podencos cuando huelen un conejo, los tres con esa sonrisilla que sugiere expectación y emoción. “¿Has tirado al Negro?”, me inquirían los tres. “¡Vamos a buscarlo ahora mismo!”, dijeron al unísono.

Me ayudaron a recoger mis bártulos y a llevarlos al coche y, con el tobillo dolorido, pero apoyado en el hombro de Jesús, bajamos al tiro. Vimos el escudero muerto y coincidieron conmigo en que era de tamaño importante: un arocho puro con el pelo aún de invierno. “Cualquiera lo habría tirado sólo por el tamaño que tenía”, admitieron los tres. Instantes después les detallé el lance del guarraco. Buscamos y buscamos, pero no había sangre. Hubo momentos de duda sobre mi puntería, a pesar del tiro certero que el escudero tenía detrás de la oreja. Roberto y Rafa, con dos linternas, se fueron a registrar los alambres en busca de los portillos de entrada, pensando que el guarro debería haberse vuelto hacia ellos. La primera búsqueda fue inútil. Volvieron de los alambres al comedero. Caras serias. Yo me puse de nuevo en el sitio del tiro y volví a narrarles el lance. “Vamos a buscar de nuevo”, dijo Roberto. Pero esta vez se fueron un poco más hacia levante, buscando hacia el arroyo donde el guarro huiría bajando si es que de verdad estaba herido. Se marcharon y se hizo el silencio. No se oía nada. Ninguno decía nada. Jesús y yo permanecíamos en silencio tratando de adivinar qué ocurría.

“¡Doctor, doctor! ¡Aquí lo tienes!”, gritó Roberto tras darle un vuelco el corazón, según nos contó después, cuando lo encontró muerto llegando a la malla. Había caído a unos treinta metros del tiro, sobre los alambres pegados al arroyo en los que había un portillo que no pudo atravesar y a donde pudo llegar porque eran treinta metros cuesta abajo; si no, no hubiese podido hacerlo. Bajamos Jesús y yo a trompicones y Rafa ya había llegado al sitio.

“¡Vaya guarraco!”, exclamamos todos al verlo. Allí estaba a los pies de Roberto. Inmenso. Espectacular. “¡Es el Negro!”, me dijo Roberto con una sonrisa de oreja a oreja. “Tenía un tiro de codillo trasero sin agujero de salida. Se tragó el tiro entero y no dio una gota de sangre, pero el tiro era mortal de necesidad”, afirmó explicando lo que había ocurrido.

El Negro. El que llevaba buscando desde finales de junio. El que había merecido ocho entradas en las que lo había visto tres veces, pero no me había dado oportunidad de tirarlo y otras tantas en las que, después de sacarme, me había bufado. Pero esta noche se había equivocado, ¡vaya si lo había hecho! Maté a su escudero y él pensó que yo ya me había ido. Y, en vez de irse y volver a los dos o tres días, como hacía otras veces cuando en las anteriores esperas me sacaba, había vuelto a la escena esa misma noche. Y ese error le había costado la vida. Opino que los guarros viejos se matan muchísimas veces porque son ellos los que cometen un error. No somos nosotros los que acertamos siempre.foto-con-las-colilleras-de-los-dos-guarros-finalmente-dio-98-puntos-casi-bronce

¡Que gozada! Me abracé a mis tres amigos y grité de felicidad. ¡Ya no me dolía el tobillo! Roberto bajó una cuerda de pita gorda y lo atamos por las patas al todoterreno y, con ayuda de Jesús y Rafa, agarrándolo por la boca y las manos lo subimos, evitando un golpe que le dañase esas amoladeras perfectas. Lo dejamos en los llanos del comedero e hicimos la sesión de fotos entre risas y abrazos. Después de apañarlo y lavarnos las manos con tierra y con el agua que nos quedaba en las botellas, nos volvimos a Morón en el coche recordando los cuatro lances de los cuatro machos que habíamos vivido. ¡Increíble! Ya en Morón nos tomarnos una cerveza que traía Jesús en una neverita, mientras volvíamos a recordar la noche y elucubrábamos sobre el monterión que Roberto y Manolo Cantalobos iban a dar en esta finca el 22 de octubre próximo. Cambiamos los bártulos al coche de Jesús y llegamos a Sevilla a las 05:00 h. Dudé sobre quedarme a dormir en casa, tal como me recomendó mi mujer, pero como estaba exultante y con la adrenalina por las nubes, me cambié de ropa, cogí mi coche y me volví, mientras me regodeaba en cada segundo de la noche vivida, conduciendo a isla Antilla, donde finalmente llegué pasadas las 06:15 de la mañana. Ni un ápice de sueño en el camino. Mi mujer se despertó cuando entré en el cuarto y me adivinó lo ocurrido al ver en la sonrisa eterna que yo traía puesta. “¡Sí!, ¡lo has matado!, ¿era el grande?”, me preguntó sin esperar respuesta. “¡Sí! ¡He matado al Negro! Mañana te cuento…”,le dije.

Me acosté ya con las claritas del día. Soñando con la noche de aguardo más increíble de mi vida; en la que un ‘catedrático’, por error, me dio una segunda oportunidad. Y por ser ya un aficionado viejo y con experiencia, a pesar de seguir cometiendo muchas equivocaciones, opté por quedarme quieto y callado en el puesto, esperando, aguardando. Y San Humberto me premió mi afición y me permitió culminar el lance.

Por Gonzalo Barón Esquivias

 

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