‘Desde que vi sus huellas, me quitó el sueño’, por Juan Lobón

 

Desde primeros de año que vi sus huellas este jabalí me quitó el sueño durante muchas noches. Después de casi cuatro meses de vigilar sus entradas y salidas de una zona muy tupida decidí esperarlo, aun sabiendo que el aire me podía jugar una mala pasada y que no tendría la ayuda de la luna.

Era el mes de marzo, había tomado por rutina ir a tomar su baño de barro y luego salir atravesando la viña que tenía a mi espalda, pasaba a la derecha del puesto como a treinta metros. Me quedaban tres noches de espera antes de que el permiso concluyera y estaba dispuesto a vivir debajo del roble si hacía falta. La primera noche, nada, cuatro horas y para casa, entró más tarde, la segunda noche, más de lo mismo…paisaje amanecer

La tercera noche estuve a punto de desistir, pero tenía que intentarlo, así que allá fui. A las nueve de la tarde, en el puesto (no, no vi el partido Barcelona- Real Madrid, la espera y la caza para mí superan en mucho cualquier partido de fútbol), aire oeste y a ratos suroeste, perfecto. “Aunque no hubiera luna –pensé– no me hará falta, en cuanto lo oiga allá le va una píldora del 300…”. ¡Iluso de mí! A eso de la una el viento se paró del todo, se oía el cárabo a lo lejos y el roer de algún ratón a mis pies. La noche oscura y, el fondo de mi puesto oscuro, de repente veo una silueta a quince metros de mí. “Eso es el jabalí –pensé–. No puede ser, pero si no lo he oído llegar entre la hojarasca de los robles, es igual , allá que le va”. Con sumo cuidado empiezo a levantar el rifle, enciendo la retícula, encaro y cuando el haz de luz ilumina el escenario… ¡¡¡¡Nada!!!
Apago rápidamente, pero ya es tarde, lo oigo tronchar ramas y broza por dentro de la espesura. No sabía que pensar, si me lo había imaginado, lo había soñado o me habían engañado mis ojos de tanto querer verlo. Me levanté temiéndome lo peor… Allí estaban sus huellas, lo había tenido en mis narices  y no lo había sentido ni tan siquiera en su huida ni el típico bufido, ni nada, se limitó a cruzar el claro y esconderse.
Al menos sé que estuve a punto de engañarlo, hubiera sido mi segundo jabalí a la espera en menos de un año que llevo enganchado a esto. Al parecer hemos roto relaciones, no ha vuelto a entrar al barro, en cuanto me concedan un nuevo permiso, intentaré quedar con él alguna noche… De momento, me ha ganado por mi torpeza, la próxima vez habrá que espabilar.
Pasó un mes desde el linternazo y no había vuelto a entrar al cebadero, andaba por los alrededores pero manteniendo las distancias, ya casi había perdido toda esperanza de poder hacerme con él. Mis paseos hasta su querencia ya se habían convertido en un acto de fe y de disfrutar de la naturaleza de aquel paraje tan desconocido por mí hasta entonces. Decidí poner la trailcam, pero rehusaba de aquel entorno y sólo una noche conseguí grabar su sombra a unos veinte metros, nada nítidos para poder valorarlo.desde-primeros-de-an%cc%83o-que-vi-sus-huellas-este-jabali-me-quito-el-suen%cc%83o1
Hace unos días y con la vuelta de los calores, a finales de mayo, reconocí sus huellas en la arena movida y seca de la viña y en unas bañas que agonizaban, lo mismo que los renacuajos que habían nacido en ellas. Cuando en uno de mis paseos descubrí una gran mancha de aceite quemado en el suelo y la evidencia de que estaba entrando allí, decidí cambiarle el puesto y colocarle la cámara de nuevo. Esa misma noche lo pillé y me ilusioné, pues tenía buen trofeo, pero algo lo espantó de una manera sobrecogedora. La siguiente noche no entró.
Es viernes, tengo todo preparado, esta noche iré de espera. Dejo el coche a una distancia considerable para no levantar sospechas y a las nueve llego al puesto, preparo los cachivaches y a esperar. El aire, flojo, me es favorable. Mi puesto está a unos cuarenta metros del cebadero, unos dos metros más alto; a mi derecha, una viña recién labrada muy arenosa de un tono blanquecino; detrás del cebadero unas escobas y unos robles salpicados con encinas de porte bajo; a mi izquierda, una chopera llena de zarzas y fresnos que hacen imposible que allí entren personas, donde presumiblemente se encama.
007Tres zorros del año comienzan sus correrías nocturnas y me sacan una sonrisita, viéndolos jugar con un pañuelo de papel, ¡qué graciosos! Empiezan los mosquitos a molestar y las ranas comienzan a dar la murga, junto con el gutural sonido del chotacabras que consigo ver a pocos metros de mí. Llegan las dos de la madrugada y no consigo ver nada, pues la luna se escondió hace media hora. Cinco horas ya es demasiado me voy para casa, recojo todo con el mayor sigilo y me retiro, vencido y cabizbajo, pensando  en que lo mismo tardaré un mes en volver a verlo, como paso la última noche que nos encontramos, debido al tornillazo que pegó dos noches antes, sin saber por qué.
Sábado por la mañana, me acerco al puesto y a una distancia de unos veinte metros veo que ha movido las ramas con las que tapé el aceite, para no tener problemas con la autoridad, pues, aunque yo no lo vertí allí, me pueden denunciar y no quiero líos. Llegan las nueve de la noche y allí estoy otra vez, parece que no me he movido de allí en dos días, reconozco plantas ,objetos y formas del terreno a la perfección.
Ya están los zorrillos en danza y rezo para que no se acerquen más, pues me pueden detectar y preparar una escandalera y dar al traste con todo. Mamá zorra apresa un conejo y la chilla los atrae como las moscas a la miel, nunca me había alegrado tanto de la muerte de un conejo a manos de la raposa, pero… a la fuerza ahorcan. Pasan las horas y siento un movimiento de vegetación a mi derecha, no le doy importancia.OLYMPUS DIGITAL CAMERA
A eso de la una de la madrugada el sueño y el cansancio comienzan apoderarse de mí. “Los 106 kilómetros en bici de esta mañana me están pasando factura”, pienso. Bebo agua y cuando dejo la botella veo que una mancha negra atraviesa la viña de mi derecha hacia el cebadero, el corazón se me acelera, fijo la vista y tapo la luna que tengo enfrente con la visera para poder ver más nítidamente… Es él…
005Levanto el rifle y lo veo salir del cebadero, en la dirección por donde había venido, será ‘cab…’, ¡pero si no le ha dado tiempo ni a retozar, en apenas quince segundos ya estaba otra vez de vuelta! Con decisión y aplomo coloco el rifle sobre la horquilla, enciendo la retícula y lo meto en la cruz, en ese instante la botella de plástico hace un ruido como un clap  y el jabalí se para, enciendo la linterna y ¡¡¡¡¡boooouuummm!!!!!!
No lo tumbo y no lo veo, sólo siento romper el monte en una lindera de unos veinte metros de ancha que hay junto a la viña, no me puedo creer que no le haya dado. Me calmo un poco, recojo las cosas y, pasado un cuarto de hora que se me hizo eterno, voy con el frontal y el rifle en ristre a ver si hay sangre, la encuentro rápido, por la forma y las manchas tiene un tiro en los pulmones. Rodeo la lindera para ver si la atravesó, no hay huella de salida, como me da un poco de respeto entrar en la mancha busco por la linde de la mancha con la viña a ver si ha vuelto sobre sus pasos más abajo hacia el regato, pero no hace falta, debajo de una encina, en un claro, lo encuentro muerto después de veinte minutos interminables de pisteo, y eso que no había recorrido ni treinta metros desde el disparo, pero los nervios y el miedo a que estuviera malherido hicieron el pisteo largo y emocionante.
El trofeo es lo de menos, pero esperaba más, pues en las fotos de la cámara parecía bastante más, lo mismo éste era uno de paso, de cualquier modo la historia de ”El Fantasma” se terminó… ¿O no?

Por Juan Lobón

 

 

 

 

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