‘El jabalí’, por Adri-BMA

Sólo tú rompes mi tranquilidad… Sólo tú consigues desgajar mi calma natural con tan sólo el chasquido de una rama… Sólo tú bajo el manto plateado logras transportarme a una red de sensaciones análogas a los sentimientos… Tú, señor del monte, que te envuelves en la noche camuflándote entre las sombras, fruto de las jaras y de las más frondosas encinas. Escudriñas la noche con tu estratosférico olfato y tu magnífico sentido auditivo…

Rondas tu zona de querencia como cualquier depredador a su presa, te paras y levantas tu portentoso hocico con el fin de detectar posibles perturbaciones en la brisa nocturna. Posees ese sexto sentido que te hace tan diferente… ese que sólo tú manejas y que hace que lo más común para un mortal sea susceptible de sospecha. Sabes que te busco y sabes que te espero.

Al menos lo notas… Sin embargo, profieres gruñidos y deslizas repetidamente tus temibles defensas con el fin de emitir ese ruido tan característico tuyo, es el sonido de la alerta… ese que realizas para ensalzar tu superioridad e intimidarme esperando que cometa un error y ejecute un ruido delator.

Te equivocas si crees que caeré en tales provocaciones, propias de un macho resabiado y curtido en mil batallas. No estás en el ruedo con un principiante, sino con otro contendiente de tu misma talla… Te marchas sin ruido y esfumándote en el monte para luego volver y repetir comportamiento, pero no sabes que soy paciente y tranquilo en la espera. Tanto que ni los ratones que juegan a mis pies se han percatado de mi estancia, justo al lado de su hogar.

Haces la última parada antes de entrar al ruedo y te aseguras de que todo está bajo tu dominio, aunque no sabes que el enemigo ya está dentro, esperándote, y que sabe que tarde o temprano entrarás si el aire no revoca y las ranas no me detectan y prosiguen con su canto armonioso.

Finalmente, entras dubitativo y, deslizándote sobre las hojas secas impregnadas de barro veraniego, cual fantasma en la noche, acudes a tu baño nocturno con deseo, tras el calor emitido por el sol criminal que asola tu encame, situado en un alto donde corre una leve brisa y dominas las grandes laderas que conforman tu territorio.

Disfrutas retozando en el barro protegiéndote de insectos y parásitos que puedan molestarte durante tu subida al tentempié que te espera en los aún no cosechados trigos, una de tus golosinas favoritas. Terminas de refrescarte y te incorporas, ofreciendo tu tosco y cano cuerpo iluminado por mi amiga la Luna.

Artemisa me guiña y es cuando, con un gesto magistral, alzo el arma y te apunto cuidadosamente. Justo cuando voy a apretar el gatillo un escalofrío me recorre el cuerpo y me sacude.

En ese momento me doy cuenta de que el contendiente que está ante mí no merece ese final… Una tradición ancestral que pocos cazadores a día de hoy practican, el indulto al macho que tanto han peleado y buscado, aquél con el que habían grabado la bala que lo abatiría… Sí, amigos, el perdón es la mejor parte de esta nuestra pasión. Al menos para este joven cazador que más de una vez ha realizado y hace que la caza para él sea más especial, si cabe, todavía.

Por Autor: Adri-BMA

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