‘El Collado de los Paulinos’, por M. J. Polvorilla

Han pasado ya muchas berreas. Más de las que cualquier anciano pudiera recordar. Pero existe algo en ese lugar, en ese collado. Hay algo que enerva paz y sosiego, luz y serenidad. Esas arenas que alfombrean esos alcores rezuman historia, protección y secretismo.

Subo allí desde niño. Siempre. Y mis instintos allá se apagan para convertirme en un ser observador y pacífico. Se amagan mis odios y  miserias. Se amplifican los colores y sonidos. Es un lugar sagrado. Para mí. Y para el mundo. Y tras años de patearlo he descubierto su historia.

Había una vez un cabrero, casado de mozo viejo, que pastoreaba por aquellas sierras bravías, cargadas de lobos y carboneros. Fue llamado a filas por el estallido de la Guerra Civil y allá tuvo que ir a servir dejando a su mujer y su hijo pequeño al amparo de unos primos. La guerra se lo llevó como se llevó a tantos. Al casi terminar ese conflicto su hijo ya era quinto y entró a servir en el frente y al igual que su padre murió en defensa de su ideal. Una familia separada y rota, para siempre. Sin vuelta atrás.

Pasan los años tras la guerra más maldita que ha sufrido nuestra gran España. Un viejo pastor carea su ganado por las Cuerdas de Garrapatones. Anda torpe, medio ciego y enfermo. Ha sufrido muchas penurias y el paso por la trinchera le dejó sin apenas visión, sordo de un oído y cojo de la pierna izquierda. Acompaña sus jornadas con un zurrón, dos mastines con carrancas y un inseparable perro careas. Gasta un garrote de madroña, que él mismo labró justo de la umbría de la Sepultura donde los maquis aún habitan. Él no se mete con ellos ni sin ellos. Ni da parte a la benemérita de nada. Paulino tiene una vida castigada por el paso de los años, ya mató cuanto tuvo que matar y le mataron a los que más amaba. Enterremos esos odios. Todos. Amén.

Por entonces el campo estaba muy habitado. Había veredas y cordeles por los que no era extraño encontrarse a algún viajero. Y cualquier visita era buena para saber qué pasaba por el mundo, que giraba ajeno a aquellas sierras. Por un veredón viene un joven. A paso ligero y firme. Los perros de la majada le laten para denunciar su presencia. El viejo pastor sale a su encuentro para saludar al forastero:

– Buenos días tengas muchacho, ¿un trago de vino gustas?

– Agradecido, que buen trecho llevo pateado.

– ¿Qué marcha llevas?

– Voy camino del pueblo, que llevo unos años sirviendo en el frente en España y de Alemania vengo ahora mismo. Llevo diez años fuera de mi casa y quiero regresar a ver a la familia.

– ¿Pues de quién eres tú, muchacho?

– Mi padre murió en el frente, en la zona de Almadén lo ajusticiaron. Mi madre también murió. Me queda una prima con la que me he cruzado dos cartas. Quiero empezar de nuevo. Mi familia estaba unida a esta zona… Y. usted, ¿no tiene familia?

El viejo cabrero, bastante achacoso por la vejez y las fatigas, le espeta:

– Un hijo tuve yo que sería de tu quinta. Murió en el frente defendiendo el Alcázar de Toledo. Se llamaba Paulinín…

Un silencio se hizo en la sierra. Un silencio de verdad. Aquel muchacho tiró su venda de los ojos, de tantos años lejos de su hogar y, si vaciles, espetó:

– Paulinín me llamo yo…

La sierra fue testigo del encuentro de un padre y un hijo que no se reconocieron. Cuya historia intentó ocultarles la existencia de uno y de otro. Y cuentan los viejos y furtivos que en aquel collado, justo en esas arenas, padre e hijo se fundieron en un abrazo, llorando y revolcándose por el suelo. Y que aquellas tierras quedaron bendecidas por el cielo, siendo vetado mancharlas con sangre…

Furtivos viejos dicen que en el Collado de Garrapatones, junto a las peñas que dan vista al Valsequillo, no está permitido dar muerte a animal alguno. Apriete el hambre o la miseria. Justo en ese lugar los instintos se sujetan y corre el aire y se estremecen los quejigos… Lo llaman el Collado de los Paulinos donde, hace muchos, muchos años, la sierra unió lo que separaron los hombres…

                Por M. J. “Polvorilla”

 

 

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