‘La caza, toda ella’, por Ernesto Navarrete

Jarreaba el día, la noche anterior se la pasó lloviendo y aunque el campo seguía bebiendo, el carril, más pisado, ya lloraba agua creando los primeros charcos del otoño.

Todos los años ansío vivir la metamorfosis que la tierra sufre con la llegada de las primeras lluvias, los líquenes de las paredes de piedra, que antaño levantaron los portugueses y que estaban secos como pergaminos, se inflan como pelotas revirándose en faralaes de feria. El musgo renace algodonoso y con textura aterciopelada levantando sus antenas de esporas de donde renacerán los rizoides en breve. La humedad del ambiente te limpia la nariz resurgiendo aquellos olores que perdimos en febrero y las encinas, con la ducha recibida, se quitan el polvo del verano estrenando nuevos colores aquellas hojas hirsutas que ahora se muestran lustrosas, mientras su tronco verrugoso inicia el empape de líquido que ya no soltará hasta pasada la Semana Santa.

El milagro de las bellotas, despreciado por el hombre intoxicado de urbe, a mí no me pasa desapercibido. Lo que a inicio del verano eran racimos de flores macho doradas y danzarinas, hicieron su labor y ahora, manchadas las yemas con las aguas de octubre, acontece una carrera para ver que fruto besa antes el suelo. Crece antes el cascabel que el fruto, como haciendo hueco, luego, cuando la sangre elaborada del árbol llega a la bellota, ésta se dilata creciendo como un pezón empujando a la copa, lo que la hace abrirse en escamas coriáceas y ásperas hasta que vence su hermandad cayendo el fruto al suelo para cubrir las necesidades de otros. Todo un milagro que reses, cochinos, grullas y ganados bendicen al oír el repiqueo intermitente de las bellotas cayendo a la alfombra verde de la dehesa.

Se echó la tarde de forma lastimera y sólo el crepúsculo supo adivinar que por poniente se abría el cielo haciendo, en esa hora, una luz mágica que a modo de salida de un túnel plano e infinito el sol se dejaba ver en el horizonte mortecino por vez primera en el día.

Nos fuimos a dormir cuando sin darme cuenta ya estaba nuevamente mojando mis botas de agua y aún no había amanecido. Aplastaba terrones empapados mientras esperaba el alba para observar como estaba el paso de los zorzales. Los primeros esbozos del alba me anunciaron un nuevo día de espectáculo, los alisios habían borrado en la noche escondida cualquier atisbo de nube pasada dejando paso a un cielo todavía de un color azul espacio.

«Buen día», me dije.

Preparamos los achiperres de montería, descartando ya plásticos y paraguas, poniéndonos en ruta con esa alegría sorda que sólo da esta afición. Los charcos de ayer se fueron como las nubes y del agua caída sólo quedaba la incipiente alfombra de hierba nueva que empezaba a vencer al pasto viejo y quemado del pasado verano que, moribundo, veía como su ciclo barruntaba muerte y ceniza.

De postura nos tocó un regato adehesado con tiradero cómodo, teniendo por frente un manchón pequeño que podría recoger alguna cama y por detrás seguía la dehesa con lomas interminables y recogidas de monte. La brisa la teníamos a medio aire permitiéndonos un escondite cómodo y el día era un regalo. La milana de Delibes animaba la mañana con su miau penetrante, mientras que el graznido tan sonoro como lejano de las primeras grullas rompía el silencio absoluto de la montería.

“No sé qué pasó con el zorro, de verdad no recuerdo nada de lo que hizo. Mis ojos ya sólo estaban con el cochino que al irse acercando y bajando la costana lo dejé de ver, pero como estaba firme en el paso yo ya esperaba que coronara en la más próxima loma de mi espalda, tiradero seguro de mi postura”

Pasaron los perros con cierta prisa, tensos como los monteros, pero, al haber poca caza, la chilla de algún puntero arrastraba la ladra colectiva hacia ninguna parte, provocando carreras alocadas siguiendo reses fantasmas que no rompían el monte. Poco a poco la calma fue nuevamente impregnando el campo y sólo mugidos de ganados lejanos interrumpían el chicheo de los petirrojos.

Ya de espaldas la montería seguía y sólo cuando los podenqueros coronaban algún cerro nos hacía entender que la búsqueda continuaba. El campo en nuestro pequeño mundo enmudeció y ahora era cuando la vista atrapa los detalles que otros no ven. Un pequeño ratón de campo estaba pinchado en una estaca de jara seca, homenaje interrumpido de un alcaudón al que espantamos, seguro, ya que el roedor aún estaba blando. Una jara alta y vieja como una encina estaba despellejada de su fea piel a causa de los escozores que el nuevo venado sintió en verano y que calmó contra la reina del monte. Y así mil y un detalles.

Una ladra lejana se agrupa, pero al rato enmudece de forma que ni me levanto del asiento y retomo nuevamente mis pensamientos y observaciones. Siempre en estos casos te queda la ilusión escondida en tu cabeza de que esa ladra ha levantado el mejor cochino y que éste viene sendero adelante directo a tu mejor disparo. En fin, lo de siempre. En eso estaba cuando por mi espalda entreveo un movimiento y es un zorro grande el que con cierta prisa avanza bajando el testero que llega a mí. Se para a media costana mirando hacia atrás y quedándose quieto parece pensar. Reinicia su camino, pero ya más pausado, tanto que en un momento se tumba al sol regalándome una escena deliciosa de puro campeo. Se lame las manos, se acicala como un perro y de vez en cuando levanta sus triangulares orejas orientándolas hacia atrás como presintiendo que el peligro, si viene, vendrá de allá.

En esas estaba, disfrutando enormemente, cuando del mismo testero me aparece un cochino a su trote crecido que, pisando la misma vereda del zorro, pretende pasar por el regato donde me encuentro. No sé qué pasó con el zorro, de verdad no recuerdo nada de lo que hizo. Mis ojos ya sólo estaban con el cochino que al irse acercando y bajando la costana lo dejé de ver, pero como estaba firme en el paso yo ya esperaba que coronara en la más próxima loma de mi espalda, tiradero seguro de mi postura. Efectivamente, así fue, le vi entrar en plaza corriendo hacia mi bajando la loma y lo dejé cumplir. Ya en el mismo regato disparé a no más de quince metros y para sorpresa el cochino cruzó el cajón del arroyo sin síntoma alguno de daño. Recargué el Mauser y con cierto desánimo volví a hacer puntería, ya que el cochino, de culo, remontaba el otro testero que tenía por delante cogiendo distancia. Le tomé nuevamente los puntos y disparé, pero esta vez erré quedándose el tiro trasero. «¡Se va!», pensé. Volví a cargar sin perder de vista al marrano y cuando subía de nuevo el arma a la cara le vi caerse de espaldas e iniciar su pataleo final. ¡Uff!, respiré, creí que volvía a fallar.

Con los prismáticos, ya calmado, intuía ver las navajas que hoy engalanan el salón de casa. 

Por Ernesto Navarrete

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