‘El corzo se caza a la huella’, por M. J. Polvorilla

Ya hacía calor. Mucho calor. El celo les tenía que tener en vilo. Y fuimos tras él o tras cualquiera del medio puñado de machos que habitaban aquel enorme enclave. Iba a ser difícil, que no imposible. Siempre me gustaron los imposibles…
Recechamos todos los terrenos, todas las lagunas, todos los pequeños pegotes de monte. Parecía que se habían fugado. Ni rastro. Nada. Era la última mañana de caza y, como cazadores valientes, nos la jugamos a una carta. Vamos de nuevo, siempre adelante. Ni un paso atrás.
Son las cinco de la mañana, de noche por todo el mundo, estamos apostados en una siembra amplia y con los gemelos sólo he visto un cochinete medio terciado que casi nos come en su careo. Ando mosqueado porque, minutos después de que nos bufara, cuando casi nos roza con sus hocicos, he visto como un corzo, a lo lejos, cruza el raso a toda velocidad, como espantado. Mal empezamos: el único que vemos para darle interés al asunto sale pitando… Qué divertido se pone esto.
Amanece… Nada. Caminamos sin desesperarnos. Nada. Ahora vamos por un camino en dirección a una siembra de trigo mocho. De pronto, mi compañero me señala junto a las botas la reciente pisada de un corzo, viene del lugar desde el que venimos y se dirige a la izquierda. Creo que no tiene más de dos horas, pues ha hecho aire esta noche y las marcas son recientes… Nos miramos, dijimos poco. El corzo se caza a la huella…
Seguimos el rastro y llegamos a la conclusión de que puede ser el que horas antes había huido de los ronquidos del marrano. Va hacia a un gran trampal. Subimos a un claro para examinarlo a lo lejos… Un cuerpo, serpenteante, corretea por el raso… Nos miramos y sonreímos. El corzo se caza a la huella…
Hicimos la entrada, despacio, comentando la jugada. Con más prudencia que decisión. Con el celo el duende del bosque está inquieto, corre sin dirección en busca de su princesa. En un minuto aparece o desaparece… Qué bonito es este bendito animal.
Y apostados junto a una gran encina de doble tronco, quietos, como por arte de magia, recibimos el premio de tres días de ayunas: apareció gallarda una hembra, dulce y juguetona. Tras de ella, un macho imponente, con bases gruesas y puntas blancas, afiladas como escarchas… Qué maravilla, los dos saltando por entre un pastizal altísimo, haciendo quiebros, gustándose… Pasan por delante, a menos de una treintena de pasos… Aprieto el hombro de mi compañero, éste se prepara… Un silbido tímido, sordo, pero audible, hace que la pareja se detenga…
Lo acariciamos una y mil veces, eufóricos. Nadie lo había visto jamás, nadie sabía de su existencia… A nuestra espalda sale el sol, radiante, en un cielo añil esperanza. Camino de la casa apenas hablamos, pasamos de nuevo por una vereda y, de nuevo, algo llamó nuestra atención en el suelo… Era el rastro de otro corzo, posiblemente de aquella noche. Sonreímos y seguimos nuestro camino. Definitivamente, el corzo se caza a la huella…

Por M. J. Polvorilla

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