‘Todo vuelve a empezar’, por M. J. Polvorilla

Vuelta a empezar. Un año más. Y es que empezar da pereza, aunque lo supere la ilusión. Pero es que empezar así, a lo grande, es como pegarse un banquete tras una semana de ayuno… Y dale puerta a casi treinta recovas… Y dale cuartel a ese barullo tremendo… Y con todo organizado, de milagro, suelto mi aliento a los cielos… ¡Perros, al monte!
Los perros gastan un ansia de siete meses de hambruna. Venga a latir, a saltar y a correr. Las reses tienen más fuerza, ganas y potencia. Se derriten las ladras cantando carreras inalcanzables. Vuelta a empezar. Todo de nuevo. Un año más.
La montería tiene una melodía atónica. Tan pronto está a punto de estallar como detiene en seco su ritmo. Un podenco con alano pelea en un aulagar contra un cochino de pocos kilos y mucha astucia. Veo la escena y me alegra ver como el marrano esquiva al personal, se escabulle. Como la jauría no es capaz de suplir su torpeza y meterle las uñas a su objetivo. Tonos y barítonos… Ahora empieza a llover y caen dos truenos. Todo comienza a cantar…
La montería sigue y se estremece. Los perros ladran, el cielo canta y las ladras retumban en las paredes de aquellos cortados.
Todo se para cuando Torero ladra a un enebro. Envelan dos podencos y cuatro más corren a la denuncia del compañero. Más ladras. Los perros señalan a algo. Y lo señalan con ganas. Un cochino sale de su escondite y pega y huye a la vez. Los perreros animan a los suyos. Uno de ellos exclama en alto el nombre de un podenco al reconocer su latido. «¡Ahí con él!». Retiro la mirada de la escena y la dirijo al lugar cercano que me rodea: doce perreros, doce, como los apóstoles, en absoluta alineación, como atletas que van a batir el récord del mundo, sobre una barrera escarpada, con dirección al mismo cielo. Una línea de combatientes que empujan a sus soldados a luchar, a conseguir la gloria, a remar contra corriente… Me sentí orgulloso de estar allí. El cochino pelea, corre, se esconde en una hoyita… Se esfuma.
Lo vi en silencio a los pocos segundos, barranco arriba, sin saber cómo había sido capaz de salir de allí sin ser hallado. Maldiciones y blasfemias de mis compañeros. Los perros, decepcionados de su torpeza. Se hizo el silencio absoluto…
De pronto, una cierva salta a mi lado y le siguen una gabata y tres venados pasando sobre mi cabeza, rozándome con sus pezuñas. Los perros se desgañitan cantando. Los podenqueros aúllan ensamblando el cuadro. Mi cuerpo, en absoluta tensión, analiza y graba a fuego la escena sublime… El silencio se ha convertido en éxtasis…
Qué maravillosa es la caza… Y todo vuelve a empezar…

Por M. J. Polvorilla

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