Amarcord… (Mis recuerdos)

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Por Antonio Mata
Siempre dije que, en el fondo, esto no es más que una excusa. Cierto y verdad es que los lances son los lances y que, cuando se descuelga una perdiz desde la mitad del cielo, todo tiene otro color. Pero muchas de las veces, sobre todo cuando las piezas brillan por su ausencia, la caza no es otra cosa que echar el rato con los amigos. Y se echan buenos ratos entre los buenos recuerdos…

Hacía tiempo que no veía a José Luis. Eso sí, cada principio de temporada recibía misivas de los amigos comunes urgiéndome a cumplir la promesa que un día le hiciera de bajarme a dar una vuelta un domingo por La Codriana. Y había que hacerlo. Sobre todo porque tanto Chule, el de La Parra, como Paco, o el mismo padrino, Manolo, siempre me estaban incitando con las buenas mañanas que pasaban dándole un rato al dedo y rematando con las paellas espectaculares que se manejaba Janino. Había que hacerlo, pero nunca hallaba el cuándo. Siempre me decía: «¡De este domingo no pasa…!», y se me iba, en un pis pas, toda la temporada. El año que viene Dios dirá, era la coletilla. Y este año, el pasado, lo dijo.

Rebuscando en la memoria
Hacía frío. No podía ser menos en pleno diciembre. Como tantos y tantos cientos, miles, de veces a la largo de mi ya dilatada ausencia del pueblo en el que vi la primera luz, al cruzar El Portachuelo, en la carretera Tembleque, entre las Sierras Pelás y la Sierra Las Jarillas, inquietudes, desasosiegos, emociones y recuerdos, pugnaban por agolparse.

Descendiendo hacia la larga recta que te acerca hacia el lugar −que así llamaban a la villa mis ancestros pastores y labriegos−, a la mano siniestra se alza esa aprendiz de cordillera, que parece de juguete, y que, por su parte norte, pone el casi punto final a la manchega llanura. La Rinconada, la Sierra del Mapa, la del Manzano, la Sierra de la Mina Honda, la del Castillo y la de Mina Cabila, con su Cerro Los Conejos, que se acuesta encima el pueblo, son la última atalaya, o la primera según se venga, desde la que se puede contemplar el mar inmenso de pámpanas y sarmientos que se pierde en lontananza: la tierra sin agua, La’a Mansha o Al Ansha, que así la denominaron agarenos pobladores −bereberes, almorávides, almohades, sarracenos todos− que hoyaron su seco terruño.

Recuerdo mis correrías por el aljibe El Manzano, una vieja riscalera en forma de canalón acabada en una poza con brocal y con garrucha, que recogía el agua de la lluvia. Hasta allí subía mi abuela, tras recorrer unas cuantas leguas, con los cuatro cántaros en los aguarones de la borrica, a cargar la recia agua que ablandaba los garbanzos de un cocido de puchero a la paja de la lumbre.

En el horizonte del levante se divisaba Lillo, con su cerro, y la Sierra de Corral con la ermita de la Muela, las dos Pueblas, la primera y la segunda, y el barranco Quintanar. A sus pies, por el alto y el hondo del Abarenal, los galgueros rebañaban los tochones de las cepas levantando las rabonas. ¡Qué carreras entre las pámpanas por las llanuras!
La Codriana
Había quedado con Manolo, Janino y Pepe el de Villa, en La Parra. La Mari, a grito pealo, ponía orden en los churros y los cafés para aquel pequeño ejército de kakis que, gritando más que la Mari, se narraban entre sí los lances de la semana. Aquella perdiz bravía que no quiso levantar y apeonó hasta acurrucarse en la cama de barrillas burlando hasta a los pachones. O el jodido caramono que tres vueltas dio en el aire y se metió en una boca, ¡la madre que lo emboquilló! Y los perros, en la puerta, barruntando la mañana, en un concierto de ladridos capaz de despabilar a todo el barrio Madrid. Chule y Jaime preparaban las escopetas. Un guiño cómplice me auguraba sensaciones. Tras apretarnos los churros y con el consabido, «¡Buena caza!», nos montamos en los coches y arreamos para La Codriana.

Entre El Cerrijoso y El Ejutar despuntaba la mañana arrojando sobre los terrones un manto dorado de luz que brillaba con la escarcha. Por el camino Chacón y el carril de La Regidora, las perdigochas, advertidas de un domingo de jarana, volaban a los lindazos buscando donde aguantar. Las liebres, en sus encames de albardín, aguantando la pelona que aún se descolgaba del cielo raso, y los conejos, despistados y avizor, tocaban en retirada hacía las bocas del cerro Las Tejeruelas.
Cuando entramos en la finca por el portalón, mis ojos buscaron instintivamente los almendrucos. Mi imaginación voló hacia los caminos recorridos a pedal de aquella vieja BH, la cabra, la llamábamos, con mi hermano en el sillín. El recuerdo de mi Tío Nino, mayoral de La Codriana, que nos llamaba cada otoño a varear los almendros y recoger amargos almendrucos esparramaos en los toldos con las esportillas de crineja. Los palomares, el silo, las cuadras de las caballerías con los arreos colgando, aquel pequeño vergel de parterres, una balsa de frescor en la canícula… y la casa, el salón con el fuego y el comedor, arriba las tres alcobas y en la última habitación… la capilla de la Virgen del Carmen, un remanso de sosiego en medio de aquellos páramos, ya de por sí silenciosos y de paz. Se agolpaban en mi mente sus aparadores, con la loza en los pañitos, sus arañas de cristal irisando las paredes encaladas, sus pinturas, sus floreros y jofainas… todo un mundo del pasado, casi olvidado, otra época, lejana y distinta, con otros principios y otras verdades y en la que imperaba, siempre, una palabra: el respeto, por todo y por todos, por el campo, por la caza, por nuestros mayores, por la vida…

La paella de Janino
Y allí estaban todos. Deme, el de Merceditas, Paco el médico, Miguel Baón, Pruden, los de La Parra –Jose, Chule y Jaime–, Basilio, Antonio, Javi, Ángel, el de la farmacia, José Luis… y el Tío Pedro y Antonio el Lillero, entre otros muchos buenos amigos, algunos desde la escuela, y viejos conocidos.

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José Luis, alma mater de La Codriana, y auténtico hacedor de estos encuentros, que ya lleva unos años organizando, nos recibió con los brazos abiertos y echándome en cara el tiempo que había tardado en cumplir mi promesa. Echaron un hacho con un par de gavillas y nos arremolinamos a su calor para, frotándonos las manos, espantar al frío pegajoso de una incipiente niebla  meona que presagiaba una mañana espléndida de luz y sol de uñas. «¡Mañananita de niebla, tarde de paseo!», vaticinaba alguno, amante, como yo, de los refranes pueblerinos. ¡Qué orgullo, le crece a uno, el ser de pueblo!

Cruzaron la humera de la hoguera las preguntas de ida y vuelta. ¿Cómo te va? ¿Cómo está ‘la chica’? ¡Cuánto tiempo! ¡Vienes poco por el pueblo…! Y afloraron, una vez más, entre las copillas de mistela que repartía Jose, las perennes remembranzas de la infancia… Nuestra escuela y nuestros maestros, los que están, los que no están, los que se fueron… para siempre. Recordaba, con Pedrito, otros tiempos, peores o mejores, de fatigas en la fábrica. Recordamos a Carrasco… ¡Viejo y querido amigo! ¿Dónde andarás…? ¡Lo que hubieras disfrutado esta mañana entre nosotros…!

Como tantas otras veces, el tiempo hizo la goma; se estiró y se encogió a su antojo recorriendo los caminos y veredas de esta tierra polvorienta y espartosa, de la que dicen es árida y desagradecida. Pero nosotros, los míos, los nuestros, la amamos tanto que apenas podemos vivir sin ella… La Mancha, mi Mancha, mi tierra seca.

La paella de Janino… sin comentarios. Grande como la rueda un carro y, sencillamente, deliciosa. ¡Nos pusimos hasta las cencerretas! Y rematamos con un Truque, y con un Mus, de los que quitan el hipo.

¡Ah, pero… si yo venía de caza! No se dio mal la mañana. Hice yunta con el Paco, y bajamos unas cuantas palomas. La percha… fue muy curiosa y nos hartamos a hacer fotos, «¡P’a salir en la revista!».

Cresteaba el sol por las cuerdas de Sierra Morena y Pedraza entre cuatro nubes espeluchás que tintaban el horizonte de moradas sangrecristas. Las sombras del Corvo y de la Atalaya anochecían a la Senda Galiana. De retorno a El Portachuelo, por el Salto de la Liebre, enfilaba las luces de la autovía… camino del duro asfalto. Respiraba, con la ventanilla abierta, el aire, ya helado, del lubricán, acopiando sus aromas y pensando ya en la vuelta. Y, con los ojos clavados en ese hermoso horizonte manchego del invierno, único para los que somos de La Mancha, barruntaba las palabras con las que iniciaba estas líneas: la caza… a veces no es la caza, pero siempre es caza. ¡Y, por Dios, que no nos falte…! CyS

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