Educación, bajo mínimos

limpiaparabrisas
Le interesa saber
Educación, bajo mínimos

Tenemos nuevo Gobierno, nuevos proyectos, cambios en la enseñanza, en algunas asignaturas como, la tan traída, llevada y ajetreada ‘Educación para la ciudadanía’. En fin, cambios que invitan a la reflexión. Con independencia sobre si debe haber una asignatura que se llame así o de otra manera para enseñar al individuo a comportarse respetuosamente con sus semejantes y su entorno en general, tal vez ahora también sería el momento para plantear una nueva asignatura, la enseñanza o llámesele como quiera, cuyos contenidos giraran en torno a la seguridad vial en su doble vertiente: peatones y automovilistas. En numerosas ocasiones ya se ha comentado desde esta página, no se puede hablar con propiedad de educación vial dejando a un lado la que podríamos llamar educación, a secas. Un ciudadano bien educado repite sus pautas cuando se sienta al volante de su automóvil. Un conductor que no respeta a los demás, a buen seguro que cuando aparca su vehículo es un mal ciudadano, un mal vecino…
Hay que educar a la persona, al individuo, prioritariamente.  ¿En el colegio? ¿dentro del ámbito familiar? ¿en ambos? Es difícil afirmar categóricamente si hace unos lustros la gente respetaba más al prójimo que ahora. Los más mayores enseguida sacarán del baúl de los recuerdos, «¡En mis tiempos…!». Aquéllos que nos contaron que existían en bares y otros locales, los carteles de «Prohibido cantar» o «Prohibido escupir». ¡Cuanto me acuerdo de estos  carteles! Del primero, sobre todos los domingos, cuando llevo a mi querida y octogenaria  madre a comer a un restaurante. Mesas de cuatro, de seis, de doce, de veinte, con más o con menos comensales, da igual. Hay un denominador común en todas: hablan a voces. No digamos nada si se celebra un cumpleaños, ya se sabe, todo el salón a cantar «¡Cumpleaños feliz!». Quien pretenda comer tranquilo que se aguante, por no decir que se joda. Tengo, a veces, la sensación de que en este país estamos todavía sin civilizar. Imagino que si hay encuestas revelarán que una gran mayoría de ciudadanos sí respeta a su prójimo, sin embargo esa, ¿minoría? de macarras, maleducados, gente sin modales, se deja notar mucho. ¿Cómo se comportan cuando se sientan tras el volante? ¿Constituirán un peligro para los demás?
No se sabe a ciencia cierta si fue primero el huevo y después la gallina, o viceversa. Pero la educación lleva al respeto, y el respeto proviene de la educación. El binomio conductor-ciudadano tiene que respetarse mutuamente. Lo mismo que los ciudadanos o los propios automovilistas entre ellos. El conductor o su automóvil pueden ser víctimas de malos hábitos por parte del peatón. Un paso de peatones, si no se va a cruzar la calle o calzada, no es el mejor sitio donde pararse a esperar a alguien. Confunde a los conductores. Una agresión contra el vehículo ajeno –alguno dirá que es una chorrada– es la típica meadita canina sobre una rueda. Se ve como algo normal. Yo, pienso, simplemente, que dicho animal es propiedad de otro ‘perro’, pero de dos patas. ¿Cuándo se tomarán en serio los alcaldes sancionar este tipo de conductas y otras que no vienen a cuento, en vez de freír a multas a los automovilistas? Sanearían, de paso, las esquilmadas arcas municipales.
Un automóvil, aunque parezca increíble, tiene una serie de accesorios que mal utilizados pueden molestar al resto de conductores o viandantes. Con sinceridad, ¿cuántas veces no ha pensado, por qué no tocará otra cosa? cuando alguien le ha mareado literalmente con toques de claxon. El claxon, la bocina, el pito o, llámesele como quiera, tiene su utilidad. Mal empleado puede confundir a otros usuarios de la vía o, simplemente, molestar a los viandantes. No es de recibo que algunos lo toquen, frente al portal de su domicilio, para que baje el niño, la señora o quien sea. Este tipo de señales son, por lo mejor, un poco primitivas. Los surtidores que lanzan los chorros  del lavaparabrisas, ¡qué casualidad! Casi nadie los lleva bien orientados. El día que usted lleve su vehículo reluciente, no se preocupe, por ley de Murphy el que circula a su lado o le precede ya se encargará de regarle a diestro y siniestro con sus desorientados chorros. Después de todos estos ejemplos, quizá un poco exagerados, pero ciertos como la vida misma, me viene a la memoria un excelente artículo leído hace algunos años en un periódico. No recuerdo el nombre del autor, pero si el título, El español dominante. En términos generales se refería a ese español que representa  todo un estereotipo, en mayor o en menor medida. Estereotipo que responde a pautas y comportamientos nada saludables, y que ha trascendido fuera de nuestras fronteras. Recuerdo el calificativo  ‘ruidosos’ y una cita de Ortega que achacaba estas pautas a un problema endémico de la raza. ¿Tendrá razón? Particularmente, con toda la tristeza que me produce, pienso que sí.

Con los surtidores de líquido en la propia escobilla, el sistema lavaparabrisas del nuevo Mercedes SL  es mucho más eficaz, y no salpicará a otros vehículos.

Deja un comentario