La sarna y sus zarpazos, una nefasta gestión administrativa

 

La sarna es una de las enfermedades que más quebraderos de cabeza han dado y siguen dando a gestores de caza mayor en las últimas décadas; no en vano, poblaciones enteras de rebeco y cabra montesa han sido literalmente ‘barridas’ del mapa por este ácaro. 

 La sarna sarcóptica apareció en los rebecos en 1993 en la Cordillera Cantábrica, extendiéndose desde entonces sobre el área de distribución de la especie en este cuadrante, sin haberse detectado casos de la enfermedad en los sarrios pirenaicos.  

En las cabras montesas, la sarna comenzó a dar guerra a finales de los años ochenta en las Sierras de Cazorla y Segura, con un famoso y desgraciado brote que redujo la población de las cabras en más de un 90%, y brotes posteriores en las poblaciones de Sierra Nevada. 

 

No extraña, por tanto, que buena parte de la gestión cinegética de rebecos y cabras esté supeditada a la sarna, el ácaro que siempre está ahí y que, cada cierto tiempo, sigue dando zarpazos de resultados fatales. 

 

¿Qué produce la sarna?

La sarna es una enfermedad parasitaria, provocada por un ácaro de la especie Sarcoptes scabiei.  Se trata de ectoparásitos de pequeño tamaño (no supera los 0,6 milímetros), aunque pueden observarse con una lupa. Presentan un ciclo vital que no dura más de 3-4 semanas y que desarrollan en la epidermis (la capa más externa de la piel) de los animales afectados, de la que se alimentan, realizando galerías que son las que, a la postre, generan las graves lesiones observables en los animales enfermos. 

 

Además, el cuerpo de estos ácaros está recubierto de espinas dirigidas hacia atrás, un hecho que explica que no puede retroceder en su avance.

 

Como en otras muchas especies de invertebrados, estos parásitos pasan por distintas fases antes de llegar a adultos. Las hembras depositan los huevos de donde nacerán las larvas que mudarán dos veces antes de llegar a adultos. Una vez que son adultos pondrán de 10 a 15 huevos para completar  su ciclo vital. 

 

¿A qué especies de caza afecta?

Afecta a la mayoría de los mamíferos, teniendo especial  importancia en ungulados, carnívoros y lagomorfos. Como se ha comentado anteriormente, las principales especies de caza afectadas han sido rebecos y cabras montesas, pero también arruís o corzos, por no mencionar los preocupantes casos aparecidos en lobo ibérico no hace demasiado tiempo. 

 

¿Cómo es el contagio y qué síntomas presenta?

El contagio se produce principalmente por el contacto directo entre individuos sanos y enfermos o indirectamente al compartir encames, dormideros y madrigueras. 

 

Este contagio se ve favorecido por  animales que tienen las defensas bajas (inmunodeprimidos) o  aquellos que están enfermos o mal nutridos. 

 

Para los brotes en rebeco y cabra montés, varios autores apuntan que el origen podría encontrarse en la convivencia de éstos con cabras y otros herbívoros domésticos que podrían haber sido el foco inicial del proceso en la fauna silvestre. 

 

Los brotes se asocian y se agravan con poblaciones en densidades elevadas, como sucedió con las cabras monteses en Cazorla y Segura, así como condiciones climatológicas desfavorables. Por el contrario, con poblaciones estructuradas y en densidades correctas la parasitación no suele presentar brotes importantes, convirtiéndose en una enfermedad endémica en esas poblaciones (convive con los animales sin llegar a causar grandes bajas). 

 

Los parásitos se van moviendo continuamente a través de la piel, produciendo una importante reacción  de hipersensibilidad (alergia). Esta reacción produce en el animal un picor muy importante (que conocemos como prurito) con una gran inflamación en la piel. El picor que siente el animal le empuja a rascarse continuamente provocando depilaciones y heridas en las zonas afectadas, heridas que se acaban infectando y terminando en ulceraciones y lesiones purulentas por las infecciones secundarias. 

 

Por estas infecciones secundarias y del estrés causado  por el picor continuo, esta parasitación habitualmente presenta también consecuencias en todo el animal, como caquexia (delgadez extrema), inmunodepresión y debilidad, abocando finalmente al animal a la muerte. 

 

Las lesiones cutáneas se suelen localizar en las orejas, corvejones, parte inicial de la cola y zona  ventral al inicio del proceso, aunque en casos graves más avanzados  se ve afectada la mayor parte de la piel. Un estudio ha demostrado que la sarna tiene también consecuencias negativas en el crecimiento de las cabras montesas. 

 

¿Cómo se diagnostica?

Para el diagnóstico es importante  ver el tipo de lesiones cutáneas que presentan los animales afectados, siendo los raspados cutáneos y las muestras de suero las de elección para identificar la enfermedad. 

 

Para los gestores experimentados, la identificación de sarna no suele ser un problema, dado que las lesiones en la piel son casi inconfundibles, si bien es importante estar atentos ante la aparición de cualquier animal con zonas sin pelo localizadas o cualquier otro problema cutáneo que pueda hacernos sospechar, puesto que, como en muchos otros procesos que afectan a nuestras especies cinegéticas, una detección precoz y la toma de decisiones rápida puede ser la clave para el control de su expansión.

 

¿Existe tratamiento?

Como hemos apuntado, los investigadores y gestores sugieren que la mejor prevención de la sarna pasa por la gestión de las poblaciones para evitar elevadas densidades, vigilar la aparición de posibles brotes para actuar de forma temprana, controlar el estado sanitario de la cabaña ganadera doméstica y, en la medida de lo posible, limitar el contacto entre poblaciones de herbívoros domésticos con los ungulados silvestres, dado que se ha ido confirmando que buena parte de los brotes se encuentra en la cabaña doméstica. 

 

En caso de brotes agudos de enfermedad se han intentado tratamientos medicamentosos en los que el producto de elección es la ivermectina y sus derivados, administrada por vía oral junto con bloques de sal o pienso en comederos artificiales. Sin embargo, se trata de un proceso que requiere un tratamiento largo y no es nada fácil aplicar las dosis adecuadas a cada animal o garantizar una duración óptima de esos tratamientos, por lo que los resultados no siempre son los deseados. 

 

Medidas más drásticas como abatir a los animales afectados cuando aparecen los primeros casos también son imprescindibles en casos de riesgo elevado, así como eliminar los cadáveres de animales muertos por este proceso, pueden ser la clave para llegar a controlar el proceso a tiempo. 

 

El control de animales enfermos se trata de una decisión difícil y sujeta habitualmente a grandes polémicas y controversias que, casi siempre, depende de la Administración, pero que de no tomarse a tiempo puede ser determinante para la aparición de cientos de bajas en las poblaciones afectadas. 

 

Este proceso se complica aún más si tal decisión depende de más de una Administración, como sucede en el caso del rebeco cantábrico con una gestión compartida por Asturias y Castilla y León según en que vertiente se encuentren los animales, por lo que el diálogo entre los técnicos y la aplicación de medidas coherentes y conjuntas son fundamentales para el adecuado control, está claro que los animales no entienden de fronteras y los ácaros asturianos producen los mismos efectos que los leoneses. 

 

A modo de conclusión

Algunos autores sugieren que la sarna, como otras muchas enfermedades, actúa regulando el tamaño de las poblaciones cuando existe un número excesivo de animales; sin embargo, cuando estamos gestionando especies cinegéticas, con gran interés desde distintos puntos de vista, ambiental, económico, social y sanitario, quizás no podamos permitirnos asumir este axioma. 

 

Aunque son muchos los interrogantes sobre éste y otros procesos, no hay duda que el mejor tratamiento es la prevención, dado que no estamos hablando de especies de caza fáciles de gestionar en el espacio y el tiempo; todo lo contrario. El rebeco y la cabra montesa viven en lugares inhóspitos y de difícil acceso, con trofeos que tardan muchos años en cuajarse y rebaños que no siempre darán el fruto esperado. 

 

Un buen diseño de los cupos, la limitación del contacto con la cabaña ganadera, la adecuada gestión de los predadores, cuya presencia favorece la eliminación de los ejemplares más débiles y, por tanto, más susceptibles de padecer la sarna y un control epidemiológico frecuente y exhaustivo son la clave para que los zarpazos de la sarna sean cada vez menos graves. CyS

 

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