El coto ecológico

carlos-enrique-lopez-foto-portadaLa muerte sigue recorriendo nuestros campos con su guadaña levantada, transformando su fantasma unas veces en forma de veneno contra los topillos, otras en forma de descalcificadores para evitar la concentración de calcio en las aguas de riego y otras en forma de enfermedades que asolan nuestros campos y que nunca sabremos si son fruto de la casualidad o desmanes producidos por la mano del hombre que, como siempre, utiliza cualquier método con el fin de llenar la bolsa sin importar las consecuencias. Al final siempre estaremos los cazadores para poder echarnos la culpa del desastre.

La hemorrágico vírica mutó el año anterior y su contagio corrió como la pólvora. Los conejos empezaron de nuevo a desaparecer de sitios donde las poblaciones se habían recuperado y empezaban, incluso, a resultar una amenaza para algunos cultivos. La semilla que muchos llaman protegida, que suena mejor que envenenada, deja los cadáveres de las aves esteparias pudriéndose al sol.

Las cosechadoras ya andan produciendo grandes atascos en las carreteras y son como el anuncio de la muerte mecanizada para muchos tipos de aves y pequeños mamíferos, que saltarán hechos añicos entre las cuchillas y ofrecerán sus cadáveres asomando como macabro espectáculo en las balas de paja. Acaba de terminar junio y, en Andalucía, los pocos campos que había de cereal ya sólo son una especie de pelado al cero que no permite ni levantar una crestita estilo Ronaldo. Los campos, en una ceguera interesada, se siguen segando de fuera hacía adentro, de forma que las aves y los mamíferos que intentan buscar refugio en la hierba más alta, cada vez van viendo como se reduce su último espacio vital. El fin es una franja de unos tres metros de cereal sin segar que, en la última pasada de la máquina, irá desapareciendo de la vista al mismo tiempo que vemos volar trozos de piel y plumas, entre los gritos de algunos que esperan con un garrote en la mano el postrer salto de algún conejo para hacerse con él de un golpe seco. Los cernícalos sobrevuelan la máquina, sabedores de que los últimos pollos que escapen de las cuchillas asesinas,no tendrán refugio donde ocultarse. Los zorros esperan a la sombra de algún arbusto a que caiga la tarde para buscar supervivientes indefensos.

Nosotros, los cazadores que cuidamos el entorno, que construimos bebederos, que vigilamos los incendios y que fuimos de vez en cuando echando de comer para paliar la falta que la naturaleza nos ha ofrecido, esperamos impacientes la apertura de veda para salir a buscar con nuestros perros a aquellos ejemplares que podrían haber sido adultos y nunca pasaron de pollos, aquellos gazapos que en julio deberían ser conejos y que fueron pasto de urracas y rabilargos, aquellas perdices que, aún siendo pollos, desaparecieron entre las alpacas de paja, y esas tortolillas que otrora tanto dieran que ganar a las armerías y que hoy se quedan en Marruecos donde tienen árboles frutales donde anidar. Olivos, naranjos, limoneros…a los que no han llegado todavía los atomizadores que, mientras reparten veneno, mandan los nidos a treinta metros con el chorro de aire con el que proyectan muerte.

En mi tierra, los olivares en los que empecé a conocer la caza de la mano de mi padre, hace ya casi cincuenta años, han pasado de ser nidos de vida a convertirse en terrenos estériles, yermos, acabados para la vida animal y vegetal. Sólo los olivos, cada ocho metros, se levantan señoriales recordándonos que son los que mandan en la vida y las haciendas de tantísimos andaluces que unas veces viven y otras sobreviven del cultivo de su fruto.

Sin embargo, tanto veneno acumulan estas tierras después de años y años de soportar herbicidas, plaguicidas, fungicidas y descalcificadores en las tuberías de riego, que ya algunos especialistas aseguran que el fruto nacido de estas tierras arrasadas por los productos químicos tiene que empezar a reflejar algunos agentes contaminantes que podrían ser peligrosos para el consumo. Ahora saltan las alarmas, algunas partidas de aceite se han tenido que quedar en las almazaras porque las concentraciones de metales pesados podrían hacer peligroso su empleo como alimento. Los especialistas aconsejan no dar de beber al ganado en algunas masas de agua procedentes de las escorrentías de campos excesivamente «curados». La naturaleza, implacable, empieza a devolvernos el veneno como a Blancanieves, inyectado en la belleza de la manzana.

Mientras todo esto ocurre, los que dicen defender el medio ambiente siguen arremetiendo contra los cazadores como si nosotros fuéramos los causantes del desastre.

Los más avispados empezaron hace algunos años a comercializar productos ecológicos. Sus etiquetas rezan:«Cultivo ecológico tradicional».

Curiosamente, en los espacios donde se hace este tipo de cultivos, se recogen menos kilos de aceituna, pero se paga más cara. Los agricultores que respetan el campo, ganan el primer premio al aceite de más calidad en Nueva York, y en los olivares que gestionan estas empresas empieza a verse caza y animales de todo tipo como hace años. No es caza-ficción, se puede comprobar y ocurre en 2014.

Al final, nos vemos buscando un coto ecológico. ¡Al tiempo!

 

Por Carlos Enrique López.

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