De vivir de ilusión a vivir de recuerdos

images_wonke_opinion_carlos-elopez_carlos-enrique-lopez-foto-portadaLa edad, supongo, y los acontecimientos me han llevado a un estado de ánimo en el que he pasado de vivir de ilusiones a vivir de recuerdos. No, no quiero decir que cualquier tiempo pasado fuera mejor. No aseguro que no tenga ilusiones, que algunas me quedan. No es que me sienta viejo ni cansado. Un poco menos ágil sí, pero todavía con ganas. Al fin y al cabo sólo tengo cincuenta y cinco años y un hijo todavía por enseñar. Los otros ya me enseñan a mí, y al chico, con las nuevas técnicas, casi que vamos a pachas. Yo le aporto filosofía y él a mí tecnología.

He observado un cambio sustancial en la forma de expresarme. He pasado de decir con mucha ilusión: «Cuando vayamos…», a expresar con nostalgia: «Cuando yo iba…».

Parece mentira que, con los años, he llegado a tener añoranza de aquellos tiempos en que temía que la Guardia Civil pudiera cogerme poniendo los cepos para los pájaros y me enjaretaran media docena de tortazos, además de la multa. Ahora, cuando llego al coche, lo último que hago y con prisas, es sacar los cartuchos de la escopeta y desmontarla. Ahora, como he oído decir a algún hijo de Satanás, «el miedo ha cambiado de bando». No tengo miedo a la Guardia Civil, tengo miedo a que puedan aparecer cuatro hijos de puta y, además de robarme la escopeta, me quiten el coche y me dejen tirado en la cuneta. Con toda seguridad, encima me denunciarían por «negligencia en la custodia de las armas a mi cargo».

Recuerdo con verdadera nostalgia los trasnoches para reservar los puestos. Desde semanas antes de abrir la veda, mis compañeros de la Sociedad de Caza y Pesca de Linares se acercaban por Torrubia para ir viendo los pasos. Yo, entonces, vivía en Sevilla y sólo venía algún fin de semana antes de la media veda para pagar el coto e ir fijando los preparativos del trasnoche. Mi penitencia por no poder ir a controlar los pasos se enjugaba con un par de cajas de langostinos de Huelva, que sumaba a mi parte alícuota para los gastos del trasnoche.

La fecha mágica solía coincidir con el domingo más cercano a la Virgen de Agosto. El viernes a mediodía ya estaban los langostinos en la nevera y el Seat 127 camino de la N-IV. En el portamaletas la Sarasqueta que me regaló mi padre cuando cumplí catorce años, un cajón de cartuchos, el saco de dormir, un par de mudas y un morral de ilusiones que se salían por las ventanillas. Al pasar por Écija, con 45 o 50 grados a la sombra, me paraba en el cuartel de la Guardia Civil para saludar y echar un trago del botijo, que amablemente me ofrecía el guardia de puertas. En una ocasión me quedé tirado en pleno verano a cuatro o cinco kilómetros del cuartel y creo que aquel botijo me salvó la vida. Desde entonces, cada vez que pasaba me paraba a saludar, echar un ratillo de charla y pegarle un trago al botijo salvador.

Entonces, en el coche, no había más aire que el que entraba por las ventanillas abiertas de par en par. A las tres de la tarde, después de terminar la jornada laboral, salía sin comer por miedo a un corte de digestión, enfrentándome a aquellas temperaturas salvajes. Pero la ilusión me traía a mi pueblo casi en volandas.

Para coger un buen puesto había que dormir en el campo el viernes y el sábado, para tener garantizado un buen paso en la tirada inaugural del domingo. No existían los teléfonos móviles y los compañeros me dejaban en el bar de la sociedad de caza un papelito con el sitio donde me esperaban.

Allí, Miguel, el arrendatario de aquel bar de legendarias tapas, me daba un par de tubos de cerveza después de un buen abrazo, mientras me ofrecía el mapa del tesoro, que habían dejado mis compañeros a su custodia. Un papel cuadriculado, arrancado de cualquier bloc, era mi GPS para llegar al punto de reunión: «Carretera de la Torre, al llegar a las tinajas te metes por el carril de la derecha. Después, el tercer carril a la derecha. Cuando veas los postes de la luz entre las olivas, te metes por un carril que sube al cerro grande de las pipas. Allí estamos». Dos tubos de cerveza más tarde, volvía al coche con un temblorcillo especial en las rodillas. Ya estaba en mi tierra, con mi gente.

Al abandonar la carretera de Torreblascopedro, el polvo blanco del carril entraba por todos los agujeros abiertos o cerrados del 127, las pestañas se ponían blancas… Tercer carril a la derecha… Los postes… Carril hacia el cerro grande… Y allí, al fondo, los veía levantarse de las silletas: Antonio, Antonio hijo, Paco, Silvestre, Bartolo… Alguien gritaba: «¡Ya están aquí los langostinos!» Y entre el calor de los abrazos notaba el frío de un vaso de cerveza que, sin pedirlo, había llegado a mi mano. Acababa de empezar la temporada de caza.

 

Por Carlos Enrique López.

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