¡Todos unidos en la Plataforma!

No es fácil escribir estas líneas cuando, con el alma destrozada, los ojos se empeñan en empañarse y las lágrimas, traidoras, impiden darle a las teclas… Se nos ha muerto un cazador de ley. Por supuesto que como tantos otros, como tantos muchos, cientos, miles, que pueblan, poblamos, nuestros campos y montes viviendo, sintiendo, amando esta pasión de la que hemos hecho ley de vida. Lo que pasa es que, en este caso, ese cazador era mi padre… De ahí que no sea nada fácil, en esta ocasión, ponerse a la faena cotidiana de traer, como cada mes, estas líneas a esta página…
Mi padre era galguero. Lo fue casi desde que nació, allá por unos tiempos muy difíciles, en medio del Monte Lillo. Fue galguero y vivió con tantas ansias su pasión que, hace unos años, cuando ya no podía ni con el resuello, recuerdo que un querido amigo, Pruden Romero, nos dijo, a mis hermanos y a mí: «O le quitáis los galgos o se queda cualquier día en mitad de una linde, ¡corre más que los perros…!», y corría más que los perros para que ninguno acabase con sus queridas rabonas: «Con una, p’al arroz –decía–, es más que suficiente…». Hubo que quitárselos, los galgos, y casi se muere, entonces… del disgusto.
Perdonen que, por esta vez, y sin que sirva de precedente, me puedan las emociones y les cuente una historia que, muy posiblemente, a muchos de ustedes ni les va ni les viene… Mis más sinceras disculpas, pero si la traigo a cuento, no es por otra cosa que por la primera afirmación con la que abría estas sentidas letras. Él, insisto en que como tantos miles, era un cazador de ley, de los de a la antigua usanza y le indignaban, como a tantos cazadores de ley, las injusticias, las mentiras, la hipocresía, el maltrato que ha sufrido, tantas y tantas veces, durante tantos años, esta bendita afición. Le ponía de muy mala leche que cualquier tarambana, palabra muy suya, sin puñetera idea, se creyera con derecho a poner todo esto patas arriba, a menospreciarnos, insultarnos, atacarnos y pisotear nuestros derechos, sobre todo, decía, porque estamos rodeados de correveidiles, cantamañanas y vamos tres por cuatro calles…
No me ha dado tiempo. Por circunstancias de la vida sólo tenía ocasión de verle y despotricar con él, sobre esto lo nuestro –era muy suyo y muy recio, por no decir más terco que una mula, pero con sus muchas razones– cada quince o veinte días. Tenía pensado, justo el fin de semana en el que, dos días antes, nos ha dejado, contarle que había estado en una reunión, aunque cada vez que le sacaba una conversación de este tipo me decía que en las reuniones se arreglaban pocas cosas. Era así… Pero yo sí tenía pensado contarle que había estado, como invitado, en una reunión de la que salí absolutamente emocionado y con todas las esperanzas que hacía mucho tiempo había perdido (algo suyo tenía que tener). Una reunión en la que, por primera vez, ¡43 asociaciones!, de la caza, de la pesca, del mundo rural, su mundo, se habían sentado alrededor de una mesa y habían firmado una lista de adhesión para constituir una plataforma en la que, unidos, todos juntos, hombro con hombro, vamos a luchar por defender con uñas y dientes esta bendita afición, tantas benditas aficiones, que aquellos que ni sienten ni padecen se han empeñado en destrozar…
Se ha dicho, escrito –sobre todo en las dichosas redes sociales–, mucho sobre la dichosa reunión. Se han dicho, insisto que escrito, que creo que es peor, infinidad de tonterías, principalmente por parte de los que allí no estuvieron, sobre protagonismos, personalismos, dimes y diretes, con el único fin, que no veo otra explicación, de reventar y enterrar una maravillosa idea que, a todos los cazadores de ley, nos llena de eso, de ilusión y de esperanza. Es importante, muy importante, la adhesión unánime a la manifestación de los queridos compañeros de la pesca –haya quien haya convocado, sea o no una iniciativa popular, sea lo que sea–, por eso, desde aquí, desde nuestra portada, símbolo de nuestra opinión y estandarte de una publicación como ésta, que lleva más de ¡35 años! llegando a los cazadores, de ley, no hemos dudado, unánimemente por parte de nuestra dirección, en gritar un grito necesario: «¡A la calle, que ya es hora…!». Pero es más importante aún, muchísimo más importante, necesario, imprescindible, ¡nos va la vida en ello!, que todos, sin fisuras, a una –como el gran grito de Lope de Vega en su Fuenteovejuna– apoyemos y nos unamos a la Plataforma en Defensa del Mundo Rural, o como quiera que se vaya a llamar, porque, si esta vez no lo logramos, va a ser duro, muy duro, el llanto y el rechinar de dientes…
Se ha generado una esperanza en el corazón de los cazadores de ley, como mi padre. Si alguien, por su avaricia o ambición, o por su ineptitud, tira por tierra estas esperanzas… confío, ciegamente, en que los cazadores de ley (siento repetirme, pero es necesario que se sepa quiénes son los que lo demandan) sepan distinguir a los culpables y los defenestren y alejen del mundo de la caza para siempre. A esta publicación no le fallarán las fuerzas para denunciarlos.
No soy, tengo que confesarlo, muy de los que creen que mi padre leerá estas líneas allá donde quiera Dios que está… Pero sí tengo muy claro que hace suyos estos cuatro hermosos versos de España en marcha, de Gabriel Celaya, y me empuja, que era muy de empujar, a lanzarlos, desde esta humilde tribuna a los cuatro vientos: «¡A la calle!, que ya es hora, de pasearnos a cuerpo y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo!». ¡Gracias, padre!

Antonio Mata

2 Comments

  1. José Antonio

    Me ha gustado mucho, me recuerda a mi padre,que descanse en paz, y te acompaño en el sentimiento

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