Pluma y pólvora: ‘Al paso’ por La Ronca

Ronca

‘Y él, un tanto amilanado, hacía bocina con sus manos y repetía desafiante, ¡eh!, ¡eh!, hasta que, súbitamente, veinte metros más abajo, desde una encina corpulenta, le llegaba el anhelado y espeluznante aullido, ¡buhú, buhú!, y, al oírlo, el Azarías perdía la noción del tiempo, la conciencia de sí mismo, y rompía a correr enloquecido’.

juan pablo esteban 1 juan lobonY así, con el tenebroso canto del cárabo y recordando la genial obra del maestro Miguel Delibes, me despedí de la finca La Ronca, tras una inolvidable jornada de caza a las palomas en compañía de buenos cazadores y guardería.

Aunque la casa no la visitamos hasta el medio día, comenzaré por describiros esta grandísima edificación,  que en realidad fue un cortijo y punto neurálgico de la zona.  A medio camino entre la carretera que une Escalona y Nombela se encuentra el conjunto de casas, antiguos graneros, patios y jardines de la finca. Personalmente me fijo mucho en las construcciones antiguas y he de decir que se encuentra en perfecto estado tanto en el exterior como en el interior. Las paredes blancas y los tejados con su teja árabe, rematados con una cornisa de ladrillo mudéjar. Haciendo juego con ellos la valla que lo delimita, con medios arcos invertidos, rematados también con teja árabe.  La entrada con dos patios a los que dan sombra enormes pinos.  Uno grandísimo adornado con un par de ruedas de molino y otro inferior, con césped y una escultura de un corzo todo ello flanqueado por un claustro de arcos de medio punto y la entrada a la casa por un amplio pasillo empedrado.

La Ronca

Cuando entras en la casa lo primero que te viene a la mente, al menos a mí, es aquella época dorada de la caza menor. Fue entrar en la estancia, en sus salones y querer revivir los tiempos de Paco, el Bajo. Conserva esta construcción, pisos, puertas techos y otros elementos originales de la época.  Llama la atención, el piso en forma de celosía y las puertas en arco de medio punto también. No le faltan sus salones de descanso  y trofeos  con su chimenea, incluso esta acondicionada con habitaciones y baños para los cazadores que quieran disfrutar de la caza en esta finca. La mesa del comedor, adornada con esculturas de perdices en metal, a juego  ésta, con los percheros de época que hay por la casa.  Sin duda alguna, a parte de todo lo que os he contado, su verdadero tesoro son las cientos de fotografías que adornan las estancias, fotografías de caza en diferentes modalidades, pero es el ojeo, la modalidad más practicada en la finca y para la que tiene unos apostaderos preciosos. También hacen reseña de la caza en mano o al salto incluso de algún jabalí y caza de acuáticas en Doñana, donde la propiedad poseía otra finca.  Este rincón cinegético era frecuentado por muchos personajes ilustres, uno de ellos el Conde de Teba al cual recuerda una placa que me mostró  Vanessa, una verdadera “fan” de Teba, dicho por ella, y que pude comprobar al ver la expresión de su cara al hablar de este gran cazador. Esta placa esculpida en bronce reza lo siguiente . “EN ESTA FINCA MATÓ SU 100.000 PERDIZ EL CONDE DE TEBA. LA RONCA 7 DE NOVIEMBRE DE 1962. ¡Gracias, Vane!

La de multitud de conversaciones que habrán escuchado esas paredes y este conjunto de edificios, lances, aciertos, fallos, risas, incluso, algún llanto.
Vayamos con la caza.  A las siete y media estábamos  parte de los cazadores con Vanessa y Federico, la organización, desayunando en un restaurante de la localidad de Nombela.  Con el tiempo justo nos dirigimos a la finca. En una de las entradas terminamos las presentaciones con el resto de cazadores y los dos Guardas, Paco y Andrés, encargados de mimar la caza menor y por lo que he escuchado y hablado con ellos, son verdaderos artistas, aunque hoy la cosa iba de palomas y tórtolas. Sobre el capó de un coche se procedió al sorteo de los puestos , siete en total y se decidió que serían los mismos puestos para la tirada de la tarde en otra querencia de los pájaros.   La finca, salpicada de encinas, con caminos transitables y siembras para la caza nos daba la bienvenida con los primeros rayos de sol. Ya en mi puesto coloco la pantalla los pertrechos esperando algún pájaro. Comienza un tiroteo incesante durante una hora y luego sonaba algún disparo suelto. Por mi puesto pasaron dos africanas y de las dos di buena cuenta aunque alguno logró colgarse casi la docena. Me entretuve viendo un gran bando de perdices que disfrutaba de su baño de arena a pocos metros de mi. La caza es así, en un día en calma sin una brizna de aire las palomas vuelan muy alto así que nos llevan a la orilla del río a tirar las torcaces que entran a sestear a los chopos. Yo voy con Vanessa, Paco y Federico comentando la mañana. Mi puesto está pegado al río justo al final de una chopera al que tengo que acceder cruzando los restos de las crecidas del invierno. Un servidor, que siempre está en guardia , a pocos metros del puesto detecta un fuerte olor a jabalí.  No estaba el cerdoso pero sí el rastro de su trajín nocturno. Me coloco escondido en la sombra de un chopo, cargo mi escopeta y una torcaz que viene confiada, un tiro y al suelo, con la mala suerte que cae en lo más enmarañado del río y me hace imposible ir a cobrarla y eso mismo me ocurrió con otras cuatro, con doblete incluido, así que decidí disparar sólo sobre las que pudiese recuperar. Pasadas dos horas sentí el traqueteo del coche del guarda que venía a recogerme para ir a la casa a tomar un refrigerio, hacer una visita y a comer.Media Veda

La comida, en el mismo restaurante donde fue el desayuno y que por cierto se llama “La Perdiz”, y está adornado también con motivos cinegéticos. La comida muy buena tanto por la cocina como por la compañía, los lances se sucedían sobre la mesa, conversaciones animadas y llegó la hora de ir a por las torcaces.

Con un sol de justicia, aunque con un poco de viento y provistos de agua nos dirigimos a un campo de guisantes donde las palomas tienen querencia. Como ya he dicho los números de los puestos eran los mismos pero en otro lugar. El mío en concreto daba vista a una vaguada y con el aire un poco de espalda  pensé que si entraba paloma por allí entraría a tiro y así fue. Nada más llegar una  que venía rebotada me hice con ella y al suelo. No empezaba mal la tarde. Debajo de una encina sujetando con una mano la pantalla, pues con el viento se movía y me delataba, marré otras tres palomas con lo cual, plegue la pantalla y me cambié a una encina  diez metros más abajo que me ofrecía más abrigo y no intercedía en los disparos de mis compañeros. Hacía años, muchos años que no disfrutaba tanto de una tarde de caza. Acurrucado como me enseñaron, esperando a que las palomas cumpliesen y en el momento justo encarar y disparar.  Si no se deja cumplir a estas aves, recelan y no vuelven, por lo tanto no es bueno tirar a lo loco en busca de tiros imposibles.  Un goteo incesante de palomas entraban a la siembra y todos disfrutamos de una bonita tirada. Yo me despaché mis 23 torcaces y 2 tórtolas en una tarde que no olvidaré nunca.  De recogida y hacia la finca y mientras cobraba la caza abatida no pude por menos fijarme en los comederos y bebederos que la finca posee para las perdices y de la poca o escasa huella de zorros en ella , sin duda esto garantiza el éxito reproductivo de la perdiz roja. Se nota que la finca está dedicada a la caza menor y en especial a la perdiz roja, un verdadero paraíso para los que nos declaramos “perdiceros”.

Una vez colocadas las piezas en el tapete y hechas las fotografías de rigor, me despedí de mis compañeros  con muchísima pena por no poder disfrutar más tiempo de esa fantástica finca y compañía y partí hacia mi casa, a dos horas y media de viaje.

Sobre todo quiero dar las gracias a  Vanessa y a Federico por su magnífico trato y por ser grandísimas personas a las que les apasiona como a mí la caza. También a mis compañeros de caza y a la guardería por el trabajo bien hecho.

Os invito a todos a visitar la finca y cazar en ella, yo volveré, no es necesario que os diga, en busca de esas perdices que cantaban al lado de mi puesto  y sobre todo poder disfrutar al caer el sol de una cena entre amigos y escuchar el cárabo en el pino del patio.

Por Juan Lobón

 

 

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