Mi primer corzo con Mario Migueláñez

Corzos

Este breve relato lo escribí, hace unos años, a petición de Mario Migueláñez, después de cazar con él mi primer corzo. No tiene ningún valor literario ni tampoco cinegético, pero creo que es buen ejemplo de los muchos ratos magníficos que he disfrutado en su compañía. Descansa en paz, Mario. Te voy a echar de menos.

Llevaba varios fines de semana diciéndole a Mario que no podía aceptar su invitación para ir a cazar un corzo por culpa de los malditos exámenes, pero ahora, con las notas en el bolsillo, por fin he podido decirle que sí. Para hacer más llevadero el madrugón corcero, mi padre y yo decidimos salir la tarde del viernes hacia Tamajón (Guadalajara). Hora y media de viaje, y después de dejar los bártulos en casa de Mario, nosotros nos fuimos a cenar a Cogolludo, mientras Mario se fue a hacer una espera.

No sé si sería por los nervios, porque extrañaba la cama o porque Mario volvió a las tantas y me desperté, pero no había dormido prácticamente nada cuando, a las cinco, sonó el despertador.

A las seis, con las primeras luces, y una vez que llegamos al coto, Mario se baja del coche y me deja conducir. Dejamos el todoterreno en lo alto de la ladera de un barranco y mi padre se queda en unas peñas, mirando la ladera de enfrente, por si ve movimiento, mientras nosotros, acompañados de Bobby, el teckel de Mario, iniciamos el descenso para recechar desde abajo. No es la primera vez que cazo con Mario, así que cuando me cuenta el plan no me llevo a engaño y me huelo que me espera una paliza de cuidado.

Después de dos horas de caminata, me dice Mario que tenemos un corzo a unos 400 metros, arriba de nosotros y a la derecha. Llamo a mi padre por si lo ha visto desde enfrente, para que no se le ocurra tirarlo, y comenzamos la aproximación para intentar ponernos a tiro. Nos cuesta más de media hora ganarle 200 metros, pero llega un momento en que Mario coge el medidor y me dice que lo tenemos a 210 metros y que hay que tirar. Él que ya sabe que el corzo es bueno, no me lo dice para no ponerme nervioso, pero me pasa su monotiro diciendo que lo tiene puesto a 200 metros. Apunto al codillo y pulso con suavidad el gatillo hasta que, como mandan los cánones, el tiro me sorprende. El corzo sale corriendo, mientras Mario me dice: “¡Has fallado!”, y me coge el rifle para cargar otra bala. No le da tiempo a abrirlo cuando vemos que el corzo cae redondo. Me da un abrazo (de esos que te da Arbeloa en el área pequeña, digno de tarjeta roja y cuatro partidos de suspensión) y me dice: “¡Chaval, no sabes lo que has cazado! ¡Vamos a verlo!”.

Otra subidita más y llegamos hasta el corzo. Ocho puntas, largo, perlado, buenas rosetas. ¡La leche! Dejamos a Bobby que muerda un poco, hacemos las fotos, cargamos con el trofeo y la carne y desandamos el camino.

No sé cómo todavía me quedaron fuerzas para ayudar a mi padre y a Mario a revisar los comederos y preparar los puestos, lo que si sé es que el viaje de vuelta lo hice dormido y que el día siguiente me desperté a la una del mediodía. El día fue completo. Ya sólo me falta homologar el trofeo y que sea mejor que los que tiene mi padre. ¡Anda que no iba a tener que aguantar el hombre!

Por José Mª Echevarría

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