Las brumas del Duero: ‘¿Animalistas o ecoterroristas?’

Tras aterrizar de la feria cordobesa Intercaza y de haber comprobado en primera línea como las actividades con perros de rehala estaban siendo acosadas por organizaciones animalistas, con perfil de fundamentalismo religioso y dirigidas por personajes que han sabido dar la batalla mediática, ofreciendo imágenes estudiadas, a un victimario propiciatorio, de sentimientos de lástima y compasión, roles muy agradecidos y rebuscados por medios de comunicación, dedicados al periodismo fácil de carnaza y odios viscerales. Los útiles, los mismos carteles y fotocomposiciones de siempre: el mismo galgo ahorcado que desde hace años acompaña a sus protestas, gestos y aptitudes que dan pena a una sociedad que sólo atiende a las miserias cercanas, animales humanizados, marionetas trágicas de perros y gatos, con connotaciones enfermizas. Les importa muy poco el sufrimiento humano, aunque se encuentre junto a los carteles que portan.

Los mismos estereotipos y mentiras: «El ser humano, la maldición de nuestro mundo», afirmación, oída y leída en cientos de panfletos animalistas, donde afirman que si el ser humano es la maldición del mundo, habría que proceder, antes de que sea tarde, a la «eliminación de la mayoría de la población» y ya está, y se quedan tan panchos, como arrastran esta propuesta entre los enfervorecidos y convencidos de estas ideas que propugnan la reducción de la población mundial, cuántas minorías deben sobrar y, claro, por alguno de estos grupos se debe de empezar.

Los manipuladores tienen tres objetivos en que centrarse: toros, rehalas y galgos. El primero, la cobardía de un Gobierno autonómico les ha hecho coger fuerza y audacia reivindicativa, la batalla a todo un pueblo (Tordesillas) puede provocar la pérdida de muchas de nuestras tradiciones y eso en la Junta de Castilla y León no lo han entendido, como en otros casos otras autonomías, dando cobertura a reivindicaciones viscerales en una avalancha de intolerancia.

Estos grupos se encuentran muy ufanos de sus réditos políticos, han conseguido votos en las recientes elecciones, que nunca pondrán al servicio de los partidos que gobiernen, y nunca terminaré de entender como estos forjan alianzas en su permisividad negociadora, dándolos participación mayoritaria en consejos de toda índole, provocando situaciones de ingobernabilidad a poco que no les compensen con réditos competenciales que, a la postre, es lo que buscan desesperadamente, so pena de enviar provocadores y hacerlos responsables (chantaje político) de cualquier tragedia que ocurra.

El terrorismo mediático que emplean estos ecologismos tienen técnicas y tácticas depuradas por mediación de sus financiadores, que les influyen en variantes de signos políticos, y que en nada tienen que ver con el viejo ideario de capitalismo de estado o rancios marxismos. El pensamiento intelectual tiende a reservarse todos los derechos sobre la opinión y el trato hacia la naturaleza y sus seres, sin ocultar su último fin: el control de las clases descontentas que abundan por la inoperancia y escándalos de nuestros políticos en una clase social muy abundante en todos los países, que nunca votan a no ser al partido del castigo y son cada vez más numerosas.

Primero, tienen que hacer sentirse culpable a todo la opinión pública; después, implantar su ideario creciendo en votos y fuerzas parlamentarias, manipular leyes y controlar las mismas por sus acólitos, imponer el terror en aquellos que sigan utilizando la naturaleza de una forma tradicional, imposición de una policía del medio ambiente al cuidado de los extremos, exaltando la inocencia del entorno en nuestras relaciones con modernas y avanzadas técnicas de reeducación y fanatismo colectivas.

A todo esto lo llamarán ‘cultura’, tienen mesías que practican la activismo y la provocación, y no de dejan de ser sectarios violentos, sus publicaciones están adornadas con abundantes imágenes de los extremos en que se encuentra el desarrollo del planeta, también están aderezadas con otras imágenes del paraíso perdido o a punto de extinguirse, no aceptan otras realidades científicas ni más estudios que los suyos, el resto, está comprado al servicio de las oligarquías que quieren destrozar el planeta, sean estas multinacionales o una simple sociedad de cazadores.

Las organizaciones animalistas, en un copia y pega, de informes y antecedentes, inundan con recursos y panfletos a las administraciones autonómicas y convencen a juristas de aprobar leyes, que aun aprobando, saben imposibles de cumplir, como la erradicación de especies alóctonas, tan reciente en la contestación social. Quien sufre con sus ocurrencias, quien a perdido su negocio o puesto de trabajo, son daños colaterales que les importan una higa. No hay en estos momentos, ni habrá en el futuro, ni dinero ni posibilidad de extinguir a tantas especies como las condenadas a muerte por estas asociaciones de protección animal, en una absurda ley, aniquiladora de truchas, lucios, percas, siluros o arruís. La mayoría en su integración faunística han demostrado capacidad de generar riqueza en el entorno. Otras agresivas y sin valor ni comercial ni deportivo, simplemente al no ser de interés para cazadores o pescadores deportivos, las ignoran.

Cómo no despreciar a unos grupos de fundamentalistas de la ecología que, por una parte, liberan a miles de animales de granjas y criaderos, poniendo en grave riesgo a la fauna autóctona, y por otra, condenan al exterminio a cientos de miles de animales ya adaptados al medio. Extrema, irracional y todo lo que ustedes quieran, pero real en este nuevo y cada vez más fuerte enemigo, que utiliza todos los pensamientos que la sociedad democrática ha rechazado, causantes de violencia y muerte.

La explotación de los animales por el hombre es un hecho, hay quien permite filosofar sobre el tema, hablan del dolor causado y la destrucción brutal de todo cuanto nos rodea, esto, es un hecho brutal, empleado por la misma naturaleza y todos sus seres sin excepción.

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