‘Días de lobos’, por Juan Caballero de la Calle

En unos días de pesar, por el accidente que un buen amigo tuvo en las cuerdas de Valmayor, en el transcurso de una montería, cuando pienso en las auténticas calamidades que durante horas tuvo que sufrir, recuerdo su historia sobre la loba, un bonito ejemplar que abatió precisamente en esa misma sierra, cuando la especie estaba catalogada como de caza mayor en toda España.

En la actualidad, sólo algunas autonomías con tierras al norte del río Duero consideran la especie como tal, es el caso de Galicia o de Castilla y León. El crecimiento importante que tienen sus poblaciones, derivado de las rigurosas exigencias para el control de predadores y de las dificultades que ponen para llevarlas a cabo, ha hecho que los importantes daños que estos animales producen en la ganadería y en las especies de caza, no queden restringidos a dicha franja de nuestro territorio. El lobo se reproduce como pueda hacerlo cualquier perro, con camadas abundantes, y es un animal con una astucia superior al resto para evitar cualquier engaño.

Lleva décadas extendiéndose hacia el sur, dejando rastros innegables en tierras de Ávila, Madrid o Guadalajara. En los términos de distintos pueblos alcarreños se están produciendo ataques de lobos de forma cada vez más frecuente, como el acecido hace un par de años, cuando mataron doce cabras y un ternero en El Ordial. Dicho ataque ha dado lugar a la primera sentencia que condena a la Junta de Castilla-La Mancha a una indemnización por esta causa; fue dictada por el Juzgado de lo Contencioso-Administrativo número 1 de Guadalajara, debiendo la administración indemnizar al ganadero con 5.000 euros.

En la comunidad castellanoleonesa, en su zona oeste, durante el pasado otoño, se produjeron más de una decena de ataques a la ganadería que hayan sido denunciados. Es el caso de lo acaecido en una explotación del municipio de Sotalbo, en el que en un solo ataque los lobos acabaron con la vida de cinco ovejas y cuatro carneros. Igual de llamativo fue lo ocurrido en el también municipio abulense de Santiago del Collado, cuando un ganadero se disponía a dar de comer a sus vacas y se encontró con un ataque de los lobos, no era de noche, eran las diez de la mañana. Pero el daño no fue este hecho en sí, sino que varias noches antes los lobos habían acabado, en la misma explotación, con la vida de siete de sus vacas y terneras. Un ataque continuado, incluso con la propia luz del día. Lo que demuestra que los lobos no se limitan a cazar una solitaria res para aprovechar su carne, sino que matan y hieren todas aquellas que se ponen a su alcance.

De estas cuestiones sólo nos enteramos por las denuncias que realizan asociaciones como la UCCL o ASAJA, no las vemos en los telediarios nacionales, ni sirven para el argumento de una serie televisiva. Por el contrario, nos hartamos de ver imágenes de seguidores animalistas, como el Lobo Marley, y de las celebraciones de sus seguidores cada vez que evitan o dificultan el control de lobos en zonas donde están ocasionando daños. Hace unos meses, el argumento de la conocida serie, de la primera cadena de TVE, Olmos y Robles, versaba sobre un ganadero chusquero que pretendía engañar a la administración, matando sus propias ovejas como si hubieran sido los lobos. Además, uno de los protagonistas era un veterinario, de corte podemita, que venía a asegurar que el lobo sólo mataba lo justo para comer.

En Castilla-La Mancha, los ecoabandonistas y ciertos responsables administrativos, con vela en el entierro, ya están poniendo picas en nuestro futuro rural, en forma de definiciones, para que la modificación de la nueva Ley de Caza no deje fisuras a las que agarrase, en el caso de un necesario control de las poblaciones de lobos. Harán lo imposible para que no exista la posibilidad de que pueda darse ni un permiso que permita abatir un lobo.

El problema que tienen los ganaderos es realmente grave, y más con una sociedad que los deja a su suerte y mentaliza a los suyos con historias totalmente alejadas de la realidad, buscando que el lobo termine siendo para los españoles algo similar a una vaca para un hindú. Para ellos el herbívoro es símbolo de fecundidad y maternidad, respetándolas aunque familias enteras, incluidos los niños, vivan en la más absoluta pobreza. Para el lobo supongo que los animalistas y seguidores desconocedores de la realidad rural tendrán reservado que sea el símbolo del abandono del campo, sueño de cualquier ecoabandonista a los que su egoísmo les lleva a no importarles nada la economía de un pastor o un vaquero… o, en general, de todo aquello de lo que no maman.

Por Juan Caballero de la Calle

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