‘Tecnología y el cierre de Le Baron’, por José García Escorial

Me encantan los gadgets electrónicos. Lo anterior es como una rotunda declaración de amor. En mi primer safari, el chaval alto, delgado, moreno y con mucho pelo que reflejan las fotos soy yo, aunque ahora lo dude, no llevaba ninguna pila ni componente electrónico alguno. Una solitaria cámara de fotos convencional de arrastre manual era lo más técnico y avanzado que llevaba.

Ahora llevo una maleta entera de cosas, tanto que cuando paso por el escáner del aeropuerto y me dicen que deposite en una bandeja todo lo electrónico que lleve, pues vacío la maleta y empiezo a llenar hasta tres bandejas.

Teléfonos, dos, el móvil y el satélite, todos con sus cargadores hasta de mechero. El iPad y un mini PC. Un iPod con música. Un altavoz con bluetooth que me sirve para reclamar acoplado al móvil donde tengo una app con todos los ruidos animales, y algunos más que he creado a lo largo de los años. Un foco portátil, por si cae un fareo en condiciones. Una linterna poderosa con su acople al rifle. Un par de linternas para pistear de noche. Una linterna de cabeza potente para el campo, otra menos poderosa para leer. Una linterna que dejo en el baño, una más en la mesilla… Dos walkie/gps Rino, más otro gps de bolsillo. Un aparato de visión nocturna. Láser para apuntar, también otro  láser como comprobador de miras telescópicas. Un acople de visión nocturna para el rifle. Prismáticos con medidor de distancia. Visores con punto rojo. Más sus cables, conexiones, pilas y otras zarandajas. Dependiendo de destinos, mis CD favoritos de música para escuchar en el coche.

Estoy convencido que si sólo viajara con el teléfono, tendría todo lo que necesito, pero no honraría mi condición de viajero pesado de equipaje. Si iniciara mi viaje con un rifle exprés, aparte del teléfono, es a lo que quedaría reducido mi especial equipo de caza tecnológico.

De paso me habría ahorrado un montón de dinero. Pero no hubiera podido disfrutar de la investigación previa a la compra, como si fuera a preparar el puesto. Luego, pasar a la acción e ir a la armería es como si iniciara el rececho. Por fin, pagar y llevarte la bolsa con tu adquisición, es como si  pegara un tiro y me colgara la pieza. El ahorro en tiempo sería también importante y las visitas a las distintas armerías no tendrían sentido junto con las charletas con los colegas.

Todo está dentro de la afición cinegética y saber de fauna, armas, munición y su balística, calzado, y ropa está muy bien, igual que saber de tecnología aplicable a la caza.

Cuando entro en una armería, en cualquier parte del mundo, es como si entrara en un templo del saber. El cierre de un armería me produce un gran disgusto, que puede ser enorme, si es el caso de alguna en concreto en que has pasado muchas horas, te han enseñado de todo y disfrutaste hablando con clientes y personal a lo largo de muchos años. Le Baron era desde hace casi treinta años mi referencia en Montreal, Canadá, entrar por primera vez en un edificio dedicado en exclusiva a nuestra afición me deslumbró, como luego lo han hecho las visitas que he realizado en Estados Unidos a los BassPro, Cabelas y Sportsman Warehouse. Tampoco me dejaron indiferente las vistas armeras en Alemania  y a los templos armeros londinenses en donde he entrado de puntillas, para no perturbar el venerable polvo del ambiente.

Seguro que Le Baron tuvo una gran parte de culpa de mi afición por la tecnología aplicada a la caza, sus catálogos en gran formato de 250 páginas los conocía al dedillo. Pero… ¡qué se le va hacer! Uno deja a lo largo del camino de la vida pequeños e inútiles cadáveres, y grandes tumbas, la de Le Baron será siempre un gratísimo recuerdo para mí, para mi equipo y para los cientos de cazadores que hasta allí nos acompañaron a lo largo de los años.

Por José García Escorial / garciaescorial@safariheadlands.com

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