‘¡Cazar!’, por Michel Coya

La creciente carrera de las armas, la óptica y la cartuchería por facilitarnos el instante final, desvirtúan por momentos la esencia de nuestra afición.

Cazar es mucho más que tirar, es mucho más que matar, debemos ser nosotros mismos quienes limitemos el uso de las nuevas tecnologías aplicadas a la caza; de otra forma, simplemente, nos estaremos engañando, adulterando el acto cinegético en sí.

Las marcas y mercados, en continuo movimiento, poco entienden de ética, lo suyo son las cifras. Los desarrollos son cada vez más precisos, son cada vez más fáciles de utilizar, pudiendo convertir, sin casi esfuerzo, a un tirador mediocre en un letal sniper a larga distancia.

En el fondo, el pecado: la vanidad, que es en el cazador una mancha que puede llevarle a sumergirse, de lleno, en el universo de la técnica para tratar de eliminar sus carencias personales… las mías las primeras. Inflar nuestros egos a costa de lo artificial, solamente es mentirnos a nosotros mismos.

Eche la vista atrás y recuerde cómo era el mundo de la caza y armas hace sólo unas décadas. Ahí va un ejemplo muy cercano, repase el diario de Yebes, verá como los tiros largos de un gran cazador, enamorado del rifle y del rececho, fueron muy pocos, con cifras que en la actualidad pueden llegar a parecer ridículas, únicamente por lo habituales.

El 13 de diciembre de 1992 cazábamos en el Piqueru. Junto a Peláez, el guarda, ocupaba el puesto de la Xerra, un precioso balcón asomado al valle que sube de las minas. Sin casi perros, apenas se escuchaban las voces de los monteros en el infinito: «¡Mira, mira, por dónde vienen los xabalinos!». Efectivamente, por la otra parte del valle subía una piara de jabalíes tratando de escapar de la batida. «¡Tírales, tírales, aunque sólo sea para asustarlos, que los de arriba no se enteran!». Apoyado en las rodillas metí nueve aumentos, monté el pelo y apunté al más grande a lo alto de la paleta, disparando a continuación sin ningún tipo de esperanza… ¡Ese cayó! No me lo podía creer. Y es que en esos años muy pocos se atrevían a tirar a cuatrocientos metros, había que hacerlo ‘a pelo’, sin conocer la distancia real, compensando a ojo, sin telémetros ni torretas.

Hoy ésta ya parece una distancia superada, ¿o no? Hombre, pues, sinceramente, pienso que quienes lo han superado son las marcas de óptica; dudo mucho que sin tecnología la mayoría consiguiese hacerlo.

El cazador es cada vez menos cazador, más cómodo, incluso menos tirador. Atreverse al reto de la distancia compensando a ojo estaba reservado a unos pocos, cualidades y conocimientos que, hoy en día, ha suplido la tecnología. He matado a un kilómetro, a ochocientos metros, a setecientos… quedándome siempre una mezcla entre la superación personal y el regusto amargo vinculado al engaño de los sentidos de la pieza, por pura incapacidad para detectarnos.

¿No cree que debemos ponernos un límite? El otro día subí a cazar a la montaña, subí a cazar con una paralela. El reto de la distancia es realmente ése: conseguir colocarse tan cerca de un rebeco que nos sirva con un cartucho bala.

¡Viva la caza!

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