‘Injuriar’, por Felipe Vegue

La verdad no hace tanto bien en el mundo como el daño que hacen sus apariencias. (François de la Rochefoucauld)

En la actualidad disponer de perfil en Facebook puede parecer una imposición al tener la necesidad de informar y por ser éste un método rápido y universal que nos sirve de socialización e información. Para mí y las entidades en que estoy incluido, buen instrumento para estos cometidos y para relacionarme con amigos y familia y, cómo no, tengo que  reconocer que algo de adicción produce.

La rapidez y el enorme interés de las novedosas redes hacen que nadie pueda resistirse a su uso en ocio y comunicación. Lo que nadie parece esperar es que estas redes se conviertan en el medio propicio del que se valen energúmenos sin principios para caer en el insulto, la amenaza y la injuria; y es que todo son facilidades y en cualquier momento del día o la noche se pueden publicar misivas en Twitter o Facebook, incluso con perfiles falsos.

Pero, ¿qué es una injuria? Según el Código Penal es «la acción o expresión que lesiona la dignidad de otra persona, menoscabando su fama o atentando contra su propia estimación, con conocimiento de su falsedad». Se trata, en definitiva, de lo que todos conocemos como insultos, expresiones vejatorias que tienen como finalidad ridiculizar, humillar y menospreciar a otra persona.

¿Existe en nuestro país conciencia judicial para perseguir los posibles delitos de difamación y calumnias? A estas alturas, y con la vitalidad y rapidez de la red en difundir todo tipo de opiniones y por el alcance y la difusión tan fácil para reproducir las ofensas, cualquier persona, en muchas ocasiones y situaciones de la vida, puede considerarse gravemente perjudicado en su honor y reputación. Por tanto, para dar a conocer opiniones o hábitos familiares o personales, para estar seguro y conocer los muchos errores que cometemos en la red, sería mejor medirnos en lo que publicamos o no hacer uso de algunos de los medios que tan despreocupadamente utilizamos.

Existe una problemática cinegética que trata temas de indudable interés y estamos obligados a difundir todas las personas que dedicamos tiempo y esfuerzo en asociaciones o entidades y hacemos uso de la red como una eficaz herramienta, quizás un tanto despreocupados, por lo que contamos con varios hándicaps, uno difícilmente superable, como son las opiniones en tonos que buscan causar sólo graves perjuicios a los destinatarios.

Es inconcebible que estos amigos sean cazadores y conozcan los resultados de los virulentos ataques que recibimos a diario los discípulos de San Huberto por parte del mundo anticaza, y que estos mismos ‘colegas’ utilicen falacias, prepotentes y omnipresentes en la red y otros medios de forma habitual, términos iguales o superiores siempre amenazantes, y promulguen al mismo tiempo la unidad sin fisuras de nuestro sector y todos los cazadores en sus habituales y ridículas diatribas mediáticas que nos dejan un poso de ¡contrainformación!, desgastando en tiempo y recursos a quien los sufre y con propósitos contrapuestos a sus propias críticas destructoras en una oposición frontal al trabajo que ellos no realizan… Estos mensajes invaden la red esforzándose en desacreditar ética y moralmente, sin debate de ideas previo y obviando el derecho que todos tenemos de expresarnos libremente. Son conscientes de que sus comentarios lesivos y publicaciones difamadoras son leídas por miles de usuarios. ¿Qué buscan?: producir el mayor daño social o maltratar psicológicamente. No parece importarles, o ¡al menos me extrañaría!, que estos individuos sean o no capaces de inducir conductas negativas y males mayores a personas en malos momentos o bajos de estima, un acoso que recuerda a los que sufren nuestros adolescentes y jóvenes y que tanta gravedad pueden ocasionar .

Es tal la ignorancia y mala uva de estos individuos en estos ataques estériles y desacreditadores, que tendremos que advertirles cuando es un delito flagrante  la difamación,  explicarles con claridad que toda situación o aseveración que se atribuye a cualquier persona por sus hechos, cualidades o condición que pueda perjudicar su honor y reputación, y que ésta se cometa con la difusión de la noticia en redes sociales como Facebook (donde la lista de amigos que sigen tus aportaciones puede llegar a los cinco mil…). Con lo cual, todo usuario debe de poner especial atención en el vocabulario y comentarios, ya que el lado oscuro de cada uno puede arrastrar irremediablemente hacia el delito, y de estos ejemplos todos conocemos muchos y es mejor no reproducirlos. Existen otras ocasiones en que, amparados por la libertad de opinión, se vierten comentarios que, en principio, no parecen atentar a lo dignidad del afectado, tales como: «Aunque no nos guste personalmente» o «Fulanito, no me parece inteligente» o «El trabajo profesional que realiza es mediocre», esto simplemente quedará como una opinión personal.

Las leyes están para proteger a las personas de este o de cualquier país; el coste de la defensa en el nuestro es costosa y de farragosos procedimientos. Las injurias afectan gravemente a la reputación, dado el efecto de transmisión inmediata de la información en internet y en las redes sociales. La rápida propagación de injurias que se realiza de forma exponencial, entra en colisión con la lentitud, en muchos casos, de los procedimientos legales existentes para combatirlos. Y es que «aunque se produzca una rectificación o desmentido, el impacto del mismo no afecta con la misma repercusión que el provocado por la información injuriosa» y «todas las injurias dejan daños difícilmente cuantificables y aunque sean objeto de rectificación, el mal ya estará hecho».

Por Felipe Vegue

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