‘¡No seas animal! (I)’, por Patxi Andión

 

La humanización del animal y la animalización del hombre

La gente sabe que las relaciones entre el hombre y el resto de especies animales fue competencial mientras no llegó la conciencia, el lenguaje flexible, articulado y, consecuentemente, la inteligencia. Y, curiosamente, este hecho está relacionado y cuestionado desde que Robert Ardrey publicó en 1998 su famosa Hipótesis del Cazador, posteriormente desmitificada por Longino y Doell, que supuso la puesta en escena de la relación entre el aumento de tamaño del cerebro humano y la progresiva ingesta mayoritaria de carne.

De los animales que le circundaban y de sus mismos parientes, el hombre se va separando del resto de animales de manera trascendental. Mientras estos van manteniendo sus poblaciones adaptándose cada vez mejor al medio, desarrollando sus peculiaridades fisiológicas al entorno, el hombre toma el camino contrario. No se dispone a adaptarse al medio, sino a dominarlo, a transformarlo en su beneficio. A transformarlo. Lo que parece claro es que en ese camino de humanización se produce un progresivo interés y acercamiento del hombre a la naturaleza animal en un intento, probablemente, de descubrir algo más sobre su propia naturaleza. Y, como consecuencia de ello, ya en las primeras culturas, como la egipcia unos 5.000 años antes de nuestra era, aparecen las primeras fábulas, o pequeños discursos como se les llama en la leyenda de Tefnut. Relatos de ficción protagonizados por animales e, incluso, por plantas como la famosa El libro del sicomoro y el moringa. En esos relatos se pone a los animales a bromear, pensar y filosofar, es decir, se les hace parecer humanos, que no es lo mismo que humanizarlos. Incluso dioses teriomorfos se convierten en animales. Deificados. Y quizá sea la prueba más palpable de la incapacidad del hombre para comprender el entorno: todo lo hace humano para comprenderlo. Necesita traducirlo. No es capaz de entenderlo instintivamente.

Las fábulas nos han acompañado desde entonces en todas las culturas subsiguientes proporcionando diversión y ejemplo. Mientras, el humano prosiguió su camino de cazador, extrayendo del resto de animales las proteínas que precisaba para medrar. Mientras las sociedades humanas se mantuvieron en contacto directo con el entorno, esta relación predador-presa no sólo constituyó, puede que la más importante en el progreso humano, sino que se la relacionó con la magia, las creencias y el progreso social y, por tanto, el estatus. El más alto al que se podía llegar.

Más tarde, pero no mucho más, el humano descubre el valor de la competencia y desarrolla la manera de deshacerse de sus competidores, aunque fueran de su misma especie. Asunto del que ni era consciente ni aportaba ningún significado ético a su existencia. Desarrolla las artes de la guerra, sofisticando la disputa y la estrategia de la horda y, para ello, toma de la caza las formas ya comprobadas y eficaces para el arte de guerra. El mejor de los entrenamientos posibles, empeñarse en dar caza a los animales diferentes a él para preparar la caza de sus semejantes. En eso tampoco se diferencia de los animales, está canibalizado.

El hombre moderno usa el término «animal» como un descalificativo humano. Al que se comporta tercamente, sin ponerse límites o aquel que instintivamente atropella el orden humano establecido. Aquel que no respeta la norma social. El que se deja dominar por el instinto más acuciante, que no más bajo. Los que se ceban en la inconsciencia. Los que renuncian a la lógica o desprecian la razón. A los que vemos con alguna deficiencia social humana les espetamos aquello de: ¡no seas animal! Continuará…

Por Patxi Andión

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