‘Hay que apoyarse’, por José García Escorial

Me quedo muy sorprendido cuando visito las armerías de España por la variedad de elementos de apoyo para disparar con rifles. Hasta hace muy pocos años lo más sofisticado eran las varas de madera, y las que se podían partir en dos o tres piezas, para facilitar su transporte, eran ya inventos de física recreativa. En la actualidad se disponen de más artilugios para asegurar el tiro en nuestro país que en las megas armerías americanas.

Los motivos, creo, que se deben a que los monteros estábamos hartos de fallar reses e intentamos, a base de estos apoyos, minimizar nuestra más o menos falta de habilidad para tirar a mano alzada, después de comprobar que cuando recechamos y disparamos nuestra arma apoyada somos mucho más eficaces y certeros. Ya es muy frecuente ver como los cazadores se dirigen a las armadas con su monopié, o bípode o trípode, hasta alguno de estos últimos nos permiten hasta apoyo muy eficaz de cañón y de culata.

Lo que significa que el montero, o en general el cazador español, se ha hecho más técnico, o que en las monterías de alto precio hay que asegurar los disparos, o que en las económicas no se deben perder las oportunidades producto de nuestros fallos. Fue hace muchos años cuando un cazador, a través nuestro, se fue a África con su arma semiautomática sin visor y sin punto de mira, afirmando que no se le iba una res. Fue un desastre de viaje, los pocos animales que cobró lo fueron después de unos largos pisteos. La verdad es que era un fenómeno disparando a la carrera, soltaba muy rápido dos o tres tiros a las reses, las empanzaba, las rompía las patas, se quedaba con algunas de disparos afortunados, pero la gran mayoría las remataban, terminando el sufrimiento, los puestos vecinos o, heridas, las enganchaban los perros. Nunca tuve un caso parecido, pero no lo hubiera consentido.

Hay que apoyarse siempre que se pueda, o que se deba. Muchas veces he dado un patada al trípode en África, cuando se lo ponían para disparar al cazador de un elefante apenas a veinte metros, el tirador perdía tiempo y la mayoría de las veces se tropezaba, hasta se caía al suelo, cuando quería dirigirse al animal después del disparo.

Pero no sólo hay que apoyar las armas, los cazadores empezamos a estar perseguidos con saña, en los mejores casos incomprendidos hasta dentro de nuestro círculo familiar, y esto no se había producido en España hasta hace muy poco tiempo.

Y está siendo tan grave que se cometen actos tan aberrantes como el se está dando en la Comunidad de Madrid con los miles de cabras monteses que se deben eliminar, pero que de modo taxativo se ha impedido que lo hagan los que deben hacerlo: los cazadores.

Las sociedades populares de caza, tipo la Real, o la Federación Madrileña de Caza, resolvían en un pispás el laberinto que de modo incompetente se ha metido la administración de referencia en este asunto, tan mal llevado y con pavor a verdes sandías –ya lo dijo Alfonso Ussía, que son rojos por dentro y verdes por fuera–, y no sólo se resolvía de modo eficaz por los cazadores, sino que, además, no perdiendo dinero público como hasta la fecha.

Por tanto, doble apoyo: eficaz con las armas para ser mejores cazadores y con el resto de la población para que nuestro mensaje de conservación a través de la caza pueda empezar a entrar tanto en los ciudadanos, como dentro de algunas cerriles administraciones públicas.

Por José García Escorial / garciaescorial@safariheadlands.com

Deja un comentario