El rincón de Polvorilla `Un percance casi mortal´

venado Paco BASARAN Berrea 2012 015 copia«El Fulle que entre por la mano bajera que tiene perros con vientos, con nervio, avispados y espabilados». El Fulle tiene pies, mala leche y una pizca de ignorancia. El Fulle casi me mata… y casi le mato yo.

Esta mañana en el sorteo –qué grata imagen– hay gente de bien, monteros de casta, raza y conocimiento. Y entre todos ellos vinieron a bien dar un sentido aplauso al más importante de los presentes, don Paco Basarán, montero toledano, ágil, fuerte como un roble y listo como un zorro albino. Don Paco es el montero más viejo y con más experiencia de los que campean por las sierras españolas. Ha cazado en todos lados, conoce todas las sierras y le adoran todas las gentes que habitan en ellas.

Vamos partiendo lentiscos en un día entre frío y seco. Hay una pizca de aire, lo suficiente para no poder parar quieto en una postura. Asesino anda nervioso, y su amo también, pero eso no es nuevo. La mancha parece que pinta en balas y poco a poco los perros van dando con los encames… Alguna carrera, algún agarre. Parece que el día avanza con éxito. Asesino menea el mosquero de oreja a oreja. Qué bonito es montear a caballo…

Vamos llegando al remate, al final, donde veo a don Paco que ocupa un barranquete en un sopié. Efusión y cariño es poco la que tiene este hombre con cada uno que le aborda. Recuerdos, historias, qué pena que el mundo no se detenga y nos permita agotar una botella de vino con esa conversación. Le quiero, le admiro y siento orgullo de que sepa mi nombre y acaricie a mi jaco. «Don Paco, Dios le guarde, sigo con el remate del día. Nos vemos luego en la junta y me acaba usted de contar lo que es imposible de terminar por la cantidad y calidad de las historias…».

Llego a los rasos, estamos ya de recogida. Mando tocar caracolas, cada mochuelo a su olivo. Un montero me comenta que un gran cochino se ha metido en unos zarzalones pequeños junto a su puesto y que no le ha visto salir. Estamos en un sopié medio sucio, cortado por alambradas ganaderas, y en medio el matojo de espinos. De ahí no ha salido. Lo juro. Está ahí. Pues lo veremos. Llamo al guía por la emisora: «Manda al Fulle, al de la mano bajera que ha chocado con la nuestra, pero que no he visto; ése que dices que tiene canes con vientos. Mándalo echando mixtos. Aquí, al sopié, donde está el caballo alazano. Vente ligero para acá que pongamos la guinda al pastel…». Lo veo en la distancia, saliendo del montarral con su recova pegada a los delantales… Lo vi venir a lo lejos… Bufó Asesino, centré mis instintos en la que se me venía encima… Su puta madre… Las dos recovas del Fulle –de ese mamón– venían como flechas directas a mi caballo, venían a más de cuatrocientos metros soldadas al suelo latiendo y con toda la mala leche del mundo. No puede ser. Tanta fama para esto, no me lo creo. Perros malditos. Giro a mi caballo, me pongo a correr raso abajo, les gano distancia… Alambrada… Me vuelvo por otro lado, los perros se arremolinan, echo el látigo a estallar. Me están acorralando. «Vamos, amigo, salgamos de aquí…». Galope tendido, galope de tumba abierta con cuarenta perros detrás. Asesino está cansado de toda la mañana. Los perros no lo parecen. A galope pego tres latigazos que ponen a dos perros con las costillas a la vista. No es suficiente. El montero con el que estaba un segundo antes, aterrado por la escena, dispara tres veces al suelo para espantar perros. Me van a agarrar, tengo otra alambrada delante… Paré en seco, parada a raya. Di vuelta sobre los posteriores… Venían a pocos metros… Se terminó. Todo el mundo contempla un espectáculo tan desagradable y dantesco que si tengo que matarme será encima de mi caballo por defenderle… Espolazos, solté rienda y le animé a hacer daño, a pisar cráneos y pegar coces, a no dejar un maldito can vivo. Y mi látigo de piel de hipopótamo no paraba de rajar hocicos y acompañar estallidos con blasfemias… Asesino está bufando, repartiendo estopa a galope tendido; el Fulle, a lo lejos, me grita, me insulta… Me voy directo a él, a llevármelo puesto como a sus perros, a sacarle los hígados y hacérselos comer por no educar a su saco de huesos en lo humano… y en lo divino…

Asesino quebró por un hueco de la alambrada, corrió campo a través en dirección al puesto del montero viejo, de ése que lleva los delantales gastados y que le brindó dos palmadas un rato antes. Don Paco contemplaba en la distancia el disparate, me vio llegar agotado, soltó el rifle, partió una retama con sus ochenta años y al pasar a galope junto a él se plantó en mitad del camino a pegar voces, a menear la retama y a parar los canes que a punto estuvieron de acabar conmigo…

Mientras corría, huyendo enajenado, oí sus voces de ánimo: «¡Corre, sobrino, que ya estás seguro…!».

Gracias, Don Paco, en nombre de mi caballo que piensa más que su amo y siente esa sierra con la escuela que tú representas.

 

  Por Lolo De Juan

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