Todo pasa… y todo llega

maria-romero01
Con esta acertada frase de la famosa canción de Serrat, quiero comenzar mi artículo de hoy.

Fin de temporada. ¿Cuántas veces en estos días oímos y decimos esta frase? Para algunos, es tiempo de engrasar zahones y botas para guardar, sacar el polvo producto de un invierno seco a remolques y caracolas, y sentarse a esperar, que pasen la primavera y el verano lo antes posible para que una nueva temporada de monterías, con sus alegrías y sinsabores ,de comienzo.

Anécdotas, lances y vivencias de pasadas jornadas monteras, estarán presentes en sus palabras y pensamientos hasta el otoño siguiente. Ellos son los auténticos monteros, aquellos que no conciben otra idea de practicar la caza que la montería. Aquellos que entre octubre y febrero se convierten en auténticos nómadas, recorriendo la geografía española en busca de ese “puesto” que los convierta en leyenda, aquellos que en sus sueños, ven al “Solitario” y a “Candiles”. Los amos de cortaderos, traviesas, cuerdas y sopiés.

Para muchos otros sin embargo, estos días son la antesala del comienzo de lo que para ellos es su “temporada”. La temporada de los recechos, la de ver como día a día el campo se va transformando, dejando de lado ese tinte pardo del invierno, para dar paso al verdor que trae consigo la tan ansiada primavera. Para ver como los grandes venados amos de las sierras pierden su bravura cuando desmogan, dejando que sean otros los que en este tiempo, se adueñen de siembras y barrancos, de perdidos y claros de monte: los corzos. Y tras ellos, llegará la época de cosechar lo sembrado, tiempo de los calurosos aguardos estivales, tiempo de codornices y palomas, tiempo de volver a escuchar ese grandioso espectáculo, que es la berrea, que cada año la madre naturaleza nos regala de forma gratuita. Para ellos, estos son días de cambiar calibres, y balas, de sacar brillo a las lentes de los prismáticos, de armar trípodes y varas, de soñar con esos amaneceres y atardeceres observando escondidos , las líneas de monte, los bordes de las siembras, en la inmensa quietud del campo, esperando a que en algún momento, ellos, los duendes del  bosque, decidan hacer su aparición.

Yo personalmente, creo que debo incluirme dentro de este segundo grupo de cazadores, aunque, comparto el parecer de los primeros y participo en numerosas monterías, invito a todo aquél que no lo haya probado, a vivir la soledad de una espera o la tensión de un rececho. Les invito a que midan su habilidad para acercarse a su objetivo sin ser vistos, oídos ni olidos, dándole , en caso de fallo, una oportunidad de huir. Les invito a vivir la experiencia de ver las más bellas puestas de sol desde enclaves privilegiados. Les recomiendo salir de madrugada para llegar al cazadero con la aurora. Les aconsejo salir una mañana  de agosto con las rastrojeras puestas y sus perros en el remolque a sacar codornices de los arroyos, me gustaría que viviesen una tarde calurosa situados en algún paso de palomas con la escopeta echando humo. Sin duda alguna deberían probar la experiencia de recechar un bravo venado en celo.

Pero, en cualquiera de los casos, si hay algo que tenemos en común todos los cazadores, seamos” recechistas” o monteros, de menor o de mayor, es nuestro incontenible y en ocasiones implacable amor por el campo.

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