Para raposos… los de dos patas

 «¡He dejado pasar muchos cochinos pequeños!».

Esa fue la respuesta que recibí el otro día cuando le preguntaba a un conocido que qué tal se le había dado la montería. Cuanto menos… sorprendente y encantadora a mi parecer. Cada vez somos menos los que aún, en montería, con independencia del cupo establecido (en caso de haberlo), seleccionamos las piezas abatibles. 

«¡Se pueden tirar ciervas!».

Terrible frase. Cada vez que la escucho se me ponen los pelillos del brazo como escarpias. Soy de las que opinan que está bien tirar alguna cierva, siempre y cuando sea absolutamente necesario por cuestiones de gestión, pero el hecho de poder tirarlas, no significa que sean éstas las piezas clave de la cacería en cuestión, ¡para eso están pensados los descastes, señores organizadores y cazadores! 

Tener permiso para poder tirar ciervas, implica que nosotros, los monteros, debemos de saber diferenciar entre cierva, añoja y gabata (lección básica que muchos parecen haberse saltado), y saber que, aunque no lo ponga en ningún sitio, ni se explicite en los sorteos, ¡las ciervas acompañadas de sus crías no se tiran! ¿Estamos todos de acuerdo? ¿Cuántas veces hemos recogido posturas y nos hemos encontrado una junta conformada por un magnífico plantel de gabatas y rayones, de muflones que no dan la talla de bananero y de venados que no suman las ocho puntas… ¡Lamentable espectáculo! 

Un fallo lo tiene cualquiera, y es muy posible confundir la talla de un cochino que trota zorreao entre las jaras, incluso es más que factible, para los menos experimentados, confundir una cochina grande a la carrera con un macho. Pero el problema no es ese. Esas cosas las aprende uno con el tiempo. El problema es tirar a todo lo que se menea por sistema. ¡Vamos hombre! ¡Qué somos cazadores, amantes y defensores del campo y de la actividad cinegética que abogamos por la conservación de la flora y fauna y no depredadores ávidos de carne!

Hay veces en las que yo misma me avergüenzo viendo el espectáculo tan nefasto que logramos crear en algunas monterías. No me extraña que luego nos den caña por ahí si en vez de coleccionar preciosos trofeos y memorables lances lo que hacemos –en muchas ocasiones– es cargarnos la raíz de la caza… Si no aprendemos a seleccionar, a ser monteros de verdad, a no ser francotiradores apostados en pedrizas, testeros, cortaderos y traviesas… ¡apañados estamos! Con estas actitudes, dentro de unos añitos no van a quedar ni chicharras en el monte.

Y para variar, en esta nuestra querida España, que todo legisla y todo tipifica en innumerables códigos y reglamentos –de los cuales nos podríamos ahorrar más del setenta por ciento–, por ningún lado se castiga este tipo de conducta, y esto puede convertirse, a medio plazo, en un grave problema: «¡Qué más da, luego prohibimos la caza directamente y ya está!», pensará el escuadrón de absurdos, ignorantes y descerebrados que conforman el cuerpo de legisladores y políticos nacionales. ¡Pues no, no y mil veces no! Así no se funciona (bueno, en este país, parece ser que si). Debería de estar penalizado tirar a lo que no se debe y, ya que parece que a muchos compañeros monteros no les han enseñado los principios básicos de la conservación y el savoir faire en el monte, no estaría de más empezar a multar o a apercibir con algún tipo de efectiva amonestación a aquellos que se planten en la junta con piezas que no dan la talla. Como somos así de mendrugos, y lo único que parece preocuparnos es el dinero, puede resultar una medida muy eficaz. 

¿No presumimos los cazadores de ser los mayores amantes de la naturaleza? ¡Pues vamos a gestionarla bien! Siempre habrá algún matarife de pacotilla dispuesto a meter ruido por un primalón de 30 kilos, pero si los demás nos concienciamos un poco a la hora de tirar, nos estamos auto garantizando cantidad y calidad de piezas para futuras temporadas y generaciones. 

Una vez más me sale la vena ‘ecologista’, pero es que hay ocasiones en las que, pensando en el futuro de la caza, lo veo, como decía un gran guarda que tuve el honor de conocer hace años, «Más negro que el sobaco de un grillo». 

 

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