¡32 proyectiles contra el lince!

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Antonio Mata

Leo, con estupor y retraso –quizá porque no son estos días para sobresaltos adicionales, que bastantes nos está dando ya la cruda realidad que no respeta ni los cuatro miserables días que disfrutamos de solaz reposo−, la noticia de los dos nuevos ejemplares muertos de lince ibérico. Y van… No tienen suerte, ni nuestros queridos ‘gatitos’ ni sus ‘intrépidos cuidadores-manipuladores’. Leo, también, los comentarios que acompañan a la noticia en esta misma página. Y, claro, es unánime la repulsa y la condena contra el malvado ‘cazador’ que ha tenido la genial idea de descerrajarle ¡32 proyectiles!, que así se afirma en la noticia de la web de RTVE, citando como fuente a la mismísima Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía.

¡32 proyectiles, supongo plomazos, ni uno más ni uno menos, recién contados! (A primera vista, con los cadáveres descompuestos, según la misma fuente, y sin haber pasado por la mesa de necropsias. ¡Joder con los adivinos!). También se anuncia, cosa que me alegra, por supuesto, la puesta en marcha, inmediata, de una investigación que ponga a buen recaudo al, o a los, culpable de semejante desaguisado. Hasta aquí todos, o casi todos, de acuerdo en todo, o casi todo.

De entrada, me… fastidia la insinuación implícita que se hace, en todas las noticias que he leído sobre el tema, bastantes por cierto, sobre la autoría y culpabilidad de un cazador en esta barbaridad. ¿Cazador? ¿Por qué? No puede haber sido un churrero, un zapatero –perdón, uno que arregla zapatos−, un fontanero, un panadero o un… ¡yo que sé! El mala bestia que haya disparado sobre el animal es, a demás de un hijo de… su santa madre, cualquier cosa menos cazador. ¿Por qué tantas prisas por cargar el muerto sobre los cazadores? ¿No es, como mínimo, sospechoso…? No es la primera vez que digo que si un cazador, de los de verdad, por error, por supuesto, tuviese la mala suerte de abatir a uno de estos preciados animales, desde luego que no lo iba a dejar a la vista de todo el mundo para que se arme la marimorena. Alguien que le coloca un par de tiros a un lince y lo deja a la vista de todo el mundo, desde luego que sus intenciones no son precisamente las de un cazador, sino las de alguien con tan mala leche como para querer dejar un mensaje, muy claro, a otro alguien o alguienes.

También me jode, más que me fastidia, la urgente necesidad que tienen siempre algunos por convertirse en ‘acusación particular’, y porque se investigue, se juzgue y porque se meta, no sé cuantos años, en la trena al culpable. ¡Por supuesto que hay que hacerlo, faltaría más! Pero me hace una gracia espantosa cuando veo, y leo, las opiniones de los de siempre, ecologistas de salón y subvención, que lanzan sus garras clamando justicia y rasgándose las vestiduras contra, también, los mismos de siempre, y esconden la cabeza en el hoyo, cual avestruces, cuando de denunciar a otros se trata.

Todavía estoy esperando la denuncia de ‘esos’ y de la mismísima Junta de Andalucía, o su Consejería, contra una más que cierta y famosa negligencia por parte de los ‘cuidadores’ del ‘gatito’, cuando −y repito negligencia, y digo mala praxis profesional, e, insisto, inutilidad total− se cargaron unos cuantos linces, ocho o nueve, que se sepa, por confundir un aporte vitamínico con una enfermedad renal crónica, camuflada, también, como epidemia. A la responsable de semejante desaguisado, porque esto sí que fue un desaguisado en toda regla… a la responsable del envenenamiento masivo de los linces del programa de Cría en Cautividad a base de Micebrina (porque fue un complejo vitamínico suplementado en la alimentación el causante de las muertes), en lugar de pedirle responsabilidades, le otorgaron el Premio Andalucía de Medio Ambiente. ¿Dónde estaban entonces todos esos que se apresuran a denunciar cualquier cosa –como en este último caso− que, según ellos, implique a la caza? ¿Dónde están, ahora, las voces de denuncia y personificación en los jugados como acusación en el reciente caso de desfalco, malversación y expolio de la naturaleza de los del proyecto de recuperación del águila imperial?

Aquí, siempre, los culpables son los mismos. Y lo más lamentable es que, también siempre, algunos de nosotros salimos a darles la razón. Por supuesto que hay que investigar y escarmentar a los culpables, al del escopetazo, que es cualquier cosa menos un cazador, y a los responsables de cuidar al lince –que sus miles de euros se llevan por el intento− por permitir que uno de ellos, tan escasos y que tantos millones nos cuesta, sea atropellado en mitad de una carretera. Si no son capaces de cumplir sus funciones, que se dediquen a otra cosa, y que asuman responsabilidades por la parte que les toca.

¡Denunciemos todo lo denunciable! Pero ya está bien de insinuaciones, de acusaciones infundadas, de la más absoluta falta de presunción de inocencia con un colectivo que, con honrosas excepciones (como en todos los ámbitos de la vida), cumple a rajatabla su papel y su función social, que es necesario, le pese a quien le pese, para el desarrollo del medio rural y la evolución de la naturaleza −y clave en la evolución de las especies y en la suya propia−, y que está hiperlegislado, superfiscalizado e infinitamente más vigilado que los que campan por sus respectos en cualquiera de los ámbitos de éste nuestro querido y maltratado suelo patrio.

Descorazona, y mucho, ver como día tras día, y de que no es por puta es por monja, estás siempre en el ‘candelabro’ –que hubiera dicho y dijo un viejo amigo−. Pero duele, y mucho más, ver como algunos de los tuyos, los ‘eternos defensores de la pureza sin par’, están, también, siempre a la que salta, para soltar una carga de profundidad y ver, con regocijo, a quien se dejan por el camino. Harían bien, en lugar de proporcionarles argumentos a los de siempre, dedicándose a otra cosa.

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