In memoriam… del Maestro Miguel Delibes

miguel delibes

Clarea cresteando por el cerro La Tiñosa. Por el sopié de La Peñahueca una carama meona aletarga matacanes que se rebullen entre el albardín. El solano, siempre de cara, se recuela por las rendijas y espelitra hasta la tiritera. Un manto deshilachado de pimentoneras brumas, que se tinta con la sangre de la luz que se desvela, evoca, tenue, la pesadumbre y la melancolía… la cercana tristeza se aviva con los recuerdos de la memoria perdida.

Por el arroyo Culebro, se esfuma entre la neblina la fugaz sombra del Nini. La Fa, haciendo muestra a las ratas, se aciega entre los carrizos. Puebla el oreo tempranero el olor de la merulla y el doblar cansino de las cencerras rompe el sosiego. Una alondra sesga el cielo. Y una bandá de avarientas torcaces lo rasga con su aleteo. Aleteo infinito de silencio que Lorenzo vislumbra con la mano en el entrecejo. Y no cuchichean las perdices…

Brinca un caramono y se encara ‘la de los dos ojos’. Gazapea el raposo y grazna la marica que busca almuerzo. Cuquea el cuco. Ningún zurriagazo quebranta, por respeto, el tedio de rastrojos y barbechos que ya pierden la cencella con el templar del despunte al abrigo acogedor del Cerrijoso. De lo mejor… la mañana, como siempre. ¡Y que no falte!

Junto a la calor del hacho, que hace crepitar la güera, se ablientan los espelitres y se remenda la estampa. Con un par de longanizas y un cantero de candeal en las brasas de sarmientos, y el áspero del retinto, que salpica de la bota p’a reavivar el gaznate, se recompone el resuello y se espanta la friura del solano calamocos. Un pito de la petaca, atizao con el chisquero, ensimisma el sentimiento y retrotrae a otros tiempos… La vetusta paralela, del calibre 28, asobiná en las retamas, sueña sueños de perdices peoneras en las pampas con calambres. Sueños, siempre sueños…

Poco más de seis años y los recuerdos se esfuman por los páramos de Torrecillórigo, los páramos del olvido. Somos del olvido fácil. Somos más de chicha y nabo que de palabra a cumplir, de apuestas en la taberna y de calzones caídos, nos jalamos a la liebre antes de que pegue el salto y hacemos guiño a la luna…

Y así nos pasa y así nos va…

Poco más de seis años y hemos dejao en la cuneta al que fuera el padre de lo hermoso, el artista de lo sencillo y de la palabra humilde y bella, el hermano de lo humano y el sentir del pueblo llano, perdido y abandonado en la memoria baldía. Pronto, demasiado pronto, hemos dejao en los barbechos de la indiferencia a Lorenzo y sus perdices, al matacán del majuelo, al Aniano y el chopo del Elicio, al chusco del castellano o las cangrejadas de San Vito… Demasiado pronto hemos abjurado, negándolo siete veces, del dios que creó al Mochuelo, al Moñigo y al Tiñoso, a la Mica con sus pecas y a las Guindillas hermanas. Nadie recuerda ya el sufrir de Paco, el Bajo, allá en la raya, el dolor tan hermoso y tan profundo como humano de la Régula por su Charito, su niña chica, la niñez perdida del Quirce, de la Nieves y Rogelio, y la simple y bendita inocencia del Azarías ¡milana, bonita!–. Bendita inocencia de los inocentes, que no necesitan ser santos…

Un lustro y poco más, apenas poco, comparado con la inmensidad de su obra, ha sido necesario, para que nadie, y nadie es nadie, haya escrito una reseña miserable en un papel de estraza –con la loable excepción de alguna perdida escuela de su Castilla–. Ninguna academia ni ateneo ni biblioteca ni fórum ni teatro ni universidad ni colegio… y no sé si fundación. Tampoco el mundo de la caza (que se sepa, hasta estos momentos) ha rebuscado en su memoria, la memoria del que fuera su más egregio defensor, aquél que le escribiera sus más hermosas y sentidas páginas, sus más poéticos lances, sus vivencias más eternas…

Nadie, y nadie es nadie, ha deslizado por sus mejillas una triste lágrima de nostalgia… Nadie se ha perdido entre sus letras, para saber qué fue de Don Eloy y de la Desi; de Pedro, Alfredo y don Lesmes; de Jacinto San José y del todopoderoso Abdón («el padre más madre de todos los padres»); de Cecilio Rubes y su idolatrado SiSí; de Quico y Cristina; de Pacífico Pérez; del Mario y de la dichosa Carmen; del tío Ratero, la Fa, el Nini y doña Resu, el undécimo mandamiento… Nadie ha evocado las emociones y los sentimientos de esa Mujer de rojo sobre fondo gris

De regreso pica el sol. Apenas un soplo de céfiro refresca las tostadas sienes que resudan bajo la gorra y nublan la visual. La senda, alfombrada de brozas y lecherines, amortigua el paso y abana las albarcas y peales. La planicie se estira en derredor de la vista que no alcanza a vislumbrarla. De regreso todo es murria, evocación, remembranza de otro tiempo difícil de regresar… La percha, vana, marca el cansino caminar a ritmo de mula vieja. Nada queda de lo que fuera atávica herencia. Se ha perdido, con el voraz avance de una vida que devora, todo aquello que un día nos legaron los ancestros… El amor por el silencio de una tierra árida, rajada por surcos viejos arañados con las uñas. El respeto y la vergüenza. La verdad y el sentimiento…  y la esencia de las almas. Se han perdido las palabras hermosas escritas en la memoria: el serijo y el baleo, la yunta y la parva en la era, el chirriar de la garrucha en el brocal, el graznar de los vencejos en la torre, el rumor del agua en la acequia, el olor de la cenacha y el pisto en la merendera, el aroma del mosto en la prensa, los suspiros en la reja, los requiebros y los besos, el reprender de una madre… y la sombra alargada de los cipreses.

Perdónanos, Maestro, porque no sabemos lo que hacemos…

A. Mata

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