Un P.P. de ejemplo

Sucedió no ha muchos días, en una de las últimas monterías a las que pude asistir en las cercanías del montero Almadén, pago de bellas tierras, en los Valles del Quejigo.

Por anticipado dejaré por delante que considero la primera Ley, en el ejercicio de la caza en general, y de la montería en particular, la que garantiza la seguridad de todas y cada una de las personas implicadas en la misma, norma básica, fundamental, primigenia e inquebrantable bajo ningún concepto. Luego ya vendrán las demás.

Y en esta montería que les refiero sucedió algo que me marcó profundamente por su desenlace y cuyos hechos quiero compartir con ustedes para dejar constancia pública de su detalle, para orgullo y ejemplo a los nuestros, y que pone una nota discordante en el deambular de tanto ignorante, abrazafarolas y sueltabilletes que hay por el sector, pues la cosa últimamente es de escándalo.

Me encontraba en el puesto acompañando a un amigo montero, cuando una res a descastar entró en lid, marcando una trayectoria longitudinal por una amplia vaguada en siembra que separaba a dos posturas situadas en las laderas opuestas de la “v”, una en lo alto y la otra en lo bajo, la nuestra. Calculo que unos 50 metros antes de estar la cierva en línea de tiro, como digo desde nuestra postura enterrando el tiro y desde la otra postura con cierto riesgo si fuera un tiro elevado o desviado, ambos monteros dispararon casi simultáneamente, resultando indemne la res, por cierto. Tras un par de pensamientos interiores del posible riesgo sufrido, ahí quedó la cosa. Un lance un tanto arriesgado, pensé, sin darle mayor importancia al asunto. Mi compañero, no obstante, no pensaba lo mismo y me indicaba que en la posterior junta hablaría con el montero sobre ese semiarriesgado lance, si es que tenía ocasión.

Tras el toque de caracolas, se recogían los puestos para disfrutar de una agradable y soleada comida y a la cual llegamos cuando estaban la mayor parte de las mesas ya ocupadas, dando cuenta de un soberbio plato de garbanzos con cordero.

Encontré sitio junto a dos compañeros monteros a quienes ya conocía y que en ese momento se encontraban comentando los lances vividos junto a un tercero, P.P., a quien en este momento aún yo no conocía ni reconocía. Estaba él narrando, para su propia vergüenza y escarnio público, un lance que había vivido y que le había dejado muy trastocado, decía.

Refería un lance con una cierva en el que por ansiedad venatoria y ganas de hacer puntería había dejado irresponsablemente un margen angular de seguridad mínima de 30 grados, y una distancia de unos 50 u 60 metros sobre una postura que tenía enfrente, y confesaba de forma pública y abierta, de corazón, que se encontraba absolutamente desolado por su personal actuación. Se arrepentía profundamente de no haber contenido tal innecesario tiro, dejando algún margen a la mala fortuna para algún indeseable rebote de bala e injustificable accidente con la postura enfrentada.

Aseguraba además, a pesar de que nada había pasado, y es cierto pues observé un comportamiento similar al descrito con mis prismáticos, que tras ello se sentó abatido y deshecho en su silla, maldiciendo su honra montera, renegando de su actuación y replanteándose sus principios monteros.

En ese momento le interrumpí y me identifiqué, indicándole que yo era uno de los del puesto de enfrente y que ciertamente su tiro nos había dejado un tanto inquietos. En esta situación, y al contrario que muchos pretendidos “señores monteros” que restan importancia a este tipo de hechos tan frecuentes y ni tan siquiera piden perdón pues nada ha pasado-pero podía haber pasado, este señor se levantó de la mesa y presentó sus más sinceras y honradas disculpas, analizando y juzgando como nefasta su propia actuación, ante lo cual me quité el sombrero ante él aceptando con agrado sus disculpas, sin dar mayor importancia al asunto y pasando a dar buena cuenta de los garbanzos, al calor de una muy grata conversación cinegética.

Me consta tras la montería, que también pidió excusas formales al orgánico por su erróneo comportamiento, quien también las tuvo a bien aceptar y loar. Señores, de humanos es equivocarse y aprender. Y de humanos también arrepentirse y pedir disculpas, así como saber aceptarlas.

Si señor. Un ejemplo de sinceridad, honestidad, humildad y saber montero desde el anonimato de unas, hoy en día, paradójicamente inquietantes siglas, P.P., para mí un ejemplo de señor montero. A pesar de su juventud, todo un señor de los pies a la cabeza, con quien en la junta de carnes tuve la fortuna de continuar conversando y de conocer su amplio y experimentado bagaje cinegético, curiosamente junto a su amigo J.J., la cosa va de dobles iniciales.

No le quepa la menor duda que acudiré tranquilo y gozoso a muchas monterías en el futuro a su lado. Será todo un placer.

Luis de la Torriente
@Wonke 3.0

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