Hemos pisado una…

images_wonke_opinion_carlos-elopez_carlos-enrique-lopez-foto-portadaNuevamente aparecen los astifinos pregonaos con ganas de echársenos a los lomos, buscándonos las zapatillas con ahínco en cada pase. Ya avisaron al no derrotar en el burladero de la segunda suerte y cuando se pararon en el caballo, echando el hocico al aire queriendo cogernos hasta los vientos.

Mira que no queríamos entrar con este ganao, que ya sabíamos manso y descastado, y que, con no mirarlo, nos dábamos por satisfechos. Pero los mansos son así: te buscan los muslos queriendo partirte la femoral, aunque estén en campo abierto y no tengan motivo para ello.  Pero, al final, el que nos busca, nos encuentra.

Nosotros, los cazadores, somos más de escuchar bramidos buscadores de pelea en la sierra y de cantos de aguerridos garbones que defienden su territorio en nuestros campos. Si han de ser mugidos, que sean de ganado con casta y con bravura. Ejemplares nobles que busquen el cara a cara de frente y sin buscar la querencia cobarde del chiquero, para, desde allí, expresar con balidos de servidumbre borreguil, lo que hubieran querido que sonara con la elegancia del mugido de un Miura.

Henos aquí para contestar la ignominia disfrazada de sentimiento ecologeta, de quienes se ponen título a sí mismos y, por llamárselo, creen que es suficiente para serlo. Se dicen humoristas y hasta parece que como tales cobran, pero son tan necios, tan zafios y tan ignorantes que para hacer lo que ellos consideran humor, arremeten, dando tornillazos desde la misma puerta de chiqueros y en oleadas, contra quien nunca les ha provocado y ni siquiera estaba interesado en su lidia.

¡Dios mío! Si Gila levantara la cabeza. Si Tip pudiera echarse en cara a semejantes personajes. Si Cassen pudiera, les envestiría con su ‘seiscientos’. Si Eugenio regresara, se vestiría de blanco ante la osadía de autodefinirse humorista de semejantes esperpentos.

Pero, en fin, ahí están, y ellos, los incapaces para crear nada, arremeten contra alguien que ha dedicado ingenio, tiempo, conocimiento y dinero para crear un personaje infantil que transmita a los pequeños los Valores de la caza. Sí, ‘Valores’, entre comillas y con mayúsculas. Empezando por el conocimiento de la naturaleza y sus especies, por la esencia de la existencia del hombre, por el respeto a nuestra especie. A esa especie a la que pertenecemos (aunque algunos renieguen de ello y de sí mismos) y nos sentimos orgullosos. Nosotros, los que educamos a nuestros hijos en el arte de la caza y les enseñamos a respetar y a conservar el legado que la naturaleza nos ha otorgado, los que desde pequeños les hemos enseñado a diferenciar el tomillo, el romero, la mejorana, la salvia o la jara, enseñándoles las propiedades de cada una de ellas, a diferencia de otros, muy ecologistas, que les enseñan a cultivar marihuana en una maceta. Nosotros, los que enseñamos a nuestros hijos a diferenciar el vuelo de una perdiz del de una paloma o el canto de un jilguero del de un pardillo, a diferencia de esos que, con su comportamiento, consiguen que sus hijos crean que los pollos nacen en las bandejas de los hipermercados. Nosotros, los que después de una jornada de caza compartimos con nuestros hijos ese delicioso bocadillo con un trago de la bota, mientras desmigajamos cada acontecimiento de la jornada riendo y disfrutando de la conversación, a diferencia de los que nos llaman asesinos mientras exigen a los ayuntamientos espacios donde sus hijos puedan emborracharse hasta la madrugada por menos dinero. ¡Eso sí es educación! Que no maten animalitos indefensos, que no compartan jornadas con sus padres, que se emborrachen hasta el coma donde no molesten y que les roben unas hojitas de marihuana de la maceta familiar para ir deteriorando el cerebro hasta el estado, en que puedan cobrar como humoristas en cualquier programa de una televisión basura.

No, la verdad es que no es tanta la ofensa, sobre todo si tenemos en cuenta lo que decía mi abuela: «No ofende quien quiere, sino quien puede». Y la verdad es que estos pobres no pueden. De tal modo que no hay ofensa, pero sí molestia.

Molestia porque siempre aguantamos estoicamente todo lo que nos viene encima de gente a la que nunca hemos faltado el respeto y ni siquiera nos preocupa su existencia. Pero muchos de ellos, sabedores de que responderemos con el silencio, quieren señalarse a costa nuestra.

Son un poco como esa mosca que no te deja leer el periódico tranquilamente: no nos preocupa su existencia, no nos hace daño su presencia, pero nos incomoda con su comportamiento. Y, al final, pues doblas el periódico y… ¡a tomar fanta la mosca!

En fin, yo creo que, en esta ocasión, lo que nos ha ocurrido a los cazadores es que hemos pisado una mierda. No es peligroso para nuestra salud, no podemos considerarlo una agresión, no debería ni molestarnos… pero es que ya estamos un poco sensibles y hay veces …¡qué hasta pisar una mierda nos molesta, joder!

Que las mierdas me perdonen, no trataba de ofenderlas, ya decía mi abuela que las comparaciones son odiosas. Al fin y al cabo, a mí me han servido para cerrar mi artículo del mes.

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